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Anuario 2000 - Editorial



El año: un instante

La letra del terror con sangre entra y así ocurrió en Málaga, marcando a fuego de balas el signo del año que se va, con el atentado contra el concejal José María Martín Carpena. Desde la transición, esta tierra ha visto regresar en ataúdes a varios agentes del orden nacidos aquí y ha sufrido campañas de amedrentamiento dirigidas al corazón económico de la provincia, pero el asesinato de Martín Carpena manchaba por vez primera de sangre exánime las calles de Málaga. Aunque habitualmente la percepción del asunto con mayor centralidad a lo largo de un año es materia interpretable, y siempre puede haber desacuerdo en función de las jerarquías del observador, en esta ocasión quizá nadie cuestionará el intensísimo efecto en toda la sociedad de este crimen execrable, capaz de generar un estado de ánimo colectivo sin precedentes al menos desde finales de los años setenta. El memorial del año que se va parece plegarse en ese instante terrible en que los terroristas le quitaron la vida a este servidor público de Málaga, sencillo y discreto como el gesto de su fotografía que se adhirió imborrablemente al recuerdo de la ciudad. Y el Ayuntamiento supo catalizar esa conmoción liderando una respuesta cívica tan honda como emocionante, cuya expresión más intensa se vio en la impresionante manifestación que recorrió el centro histórico; expresión posteriormente renovada ante el intento de asesinar también al líder del socialismo malagueño, José Asenjo, uno de los políticos con mayor aprecio y respeto en Málaga por su talante prudente e inclinado siempre a la conciliación. Estos episodios constituyeron un amargo bautismo para Francisco de la Torre, elevado a la condición de alcalde tras el nombramiento de Celia Villalobos como ministra de Sanidad. Si en la ordenación de su equipo de Gobierno se ha mostrado indeciso (el escándalo urbanístico que se cobró la dimisión de Antonio Álvarez pudo haberse paliado de haber tenido una actuación más firme cuando decidió retirarlo de Churriana), el nuevo alcalde, ante la presencia de ETA, dio una medida de gran altura y sobria dignidad institucional.

Entre ese dolor, los meses siguientes se abrieron paso apuntando un alentador horizonte de expectativas de Málaga: la licitación de las primeras obras del AVE, sin duda el proyecto más ilusionante, la remodelación de la estación y el Palacio de Ferias; el Plan Especial del Puerto, una vez corregidos ciertos defectos; y el Plan Málaga de infraestructuras hidráulicas, cuyo desarrollo aún debe confirmarse toda vez que se han incumplido demasiados compromisos en este sector y es inaceptable la demora para el programa de saneamiento integral en la Costa del Sol, sobre todo cuando los indicadores del turismo evidencian la vitalidad del motor industrial de la provincia. De cualquier forma, mal podría negarse que la agenda de Málaga, en el inmediato presente, muestra un descorazonador pulso bajo. Como denunció la Confederación de Empresarios, se constata el escaso compromiso inversor de las administraciones con Málaga quedándose en un tercio de lo presupuestado y comprometiendo el progreso de una provincia que crece por encima de la media nacional y lidera los registros de creación de empresas en la Comunidad. La propuesta de reparto de inversiones universitarias por la Junta resulta muy significativa, pero probablemente éste ha sido el año de la cultura, ya que en la ciudad ha arraigado la certeza del valor infraestructural de ésta para Málaga, y así han cobrado centralidad la Aduana, Alcazaba, Teatro Romano, el Museo de Bellas Artes, el Museo Picasso, focalizando intensamente las reivindicaciones de la ciudad ante las expectativas de desarrollo. Si todos los años ofrecen luces y sombras, éste ha sido un ejercicio de penumbra, apagada por el oscuro dolor por Martín Carpena y aliviada por la luz del futuro.