Un mismo ámbito urbano, tradicionalmente
conocido como Marina, hizo famosas la plaza y acera del mismo nombre. Ambas nacieron en
los primeros años del siglo XIX, cuando fueron demolidas las murallas musulmanas del
paño sur malagueño que, si bien acabaron con los airosos arcos que lo decoraban,
abrieron la ciudad a la mar que rompía a sus pies.

Acera de la Marina según la
podemos recordar
hacia finales de 1940
|
Cuando en 1845 Pascual Madoz logró reunir los datos
históricos, estadísticos, censales, toponímicos y económicos de nuestra ciudad y
provincia dando a la imprenta el volumen «Málaga» de su Diccionario
Geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, del Distrito
I de la ciudad, decía: «... principia en la plazuela de los pasillos de Puerta Nueva,
estribo izquierdo del puente, pasillo de Atocha y Alameda de los Tristes (actual Alameda
de Colón); continúa por el Espigón a las playas de Pescadería, Muelle Nuevo o
Embarcadero, Cortina del Muelle, Muelle Viejo, La Malagueta y paseo de Reding; vuelve a la
Alcazaba y Aduana Nueva y se dirige por la calle del Cister, la de Santa María, plaza de
la Constitución, calle de San Sebastián o de la Compañía, hasta dicha plazuela de
Puerta Nueva».
Como observa el lector, no hay ninguna alusión a la plaza ni tampoco a la Acera de
la Marina. La razón de la aparente omisión de tan señaladas localizaciones urbanas
está en que, para dicho año, tanto una como otra formaban parte de un conjunto de
construcciones no demasiado meritorias, que, diseminadas en cinco isletas separadas entre
sí por ocho callejas angostas, ocupaban lo que se designaba popularmente como Explanada
del Puerto, más tarde plaza de Augusto Suárez de Figueroa y, a partir de la demolición
de dichas viviendas, plaza de la Marina, de Queipo de Llano y de nuevo de la Marina.
Francisco Bejarano Robles, al documentar la historia de este entrañable ámbito
urbano, situado frente a la entrada principal del puerto y entre las actuales calles
Sancha de Lara y Molina Lario, dice de todo él que correspondía casi exactamente a parte
del paño de la antigua muralla árabe que discurría desde la Puerta de Espartería hacia
la de los Siete Arcos, y agrega: «La primera de éstas se abría en lo que hoy es entrada
a las calles San Juan de Dios y Sancha de Lara, y la segunda, hacia el comienzo de la
calle Ancla. En dicho lugar se encontraba el famosísimo Castil de Ginoveses, fortaleza,
factoría y barrio propio de los mercaderes de aquella república italiana, que quizá lo
establecieran durante la dominación árabe, y que después de la Reconquista continuaron
aquí ejerciendo el comercio con ciertos privilegios, pasando aquella fortaleza a depender
del alcaide de la Alcazaba».
Fue durante siglos, pues, explanada que permitió a la ciudad extenderse hacia el
mar como un pequeño apéndice urbano extramuros gracias a la existencia del recinto
fortificado del Castil, brillantemente descrito por Hernando del Pulgar cuando los Reyes
Católicos pusieron cerco a la Málaga musulmana en el mes de mayo de 1487 hasta su
rendición en agosto del mismo año.
Pero la que hoy llamamos plaza de la Marina, con sus antiguos e intrincados grupos
de construcciones irregularmente dispuestos a su ancho y largo, tuvo un uso eminentemente
portuario. Fue en realidad gran auxiliar de nuestro puerto, pues al carecer de vallado y
al estar situado su principal embarcadero muy dentro de la propia urbe las faenas de
embarque de nuestros productos tradicionales (vinos, pasas, almendras, cítricos,
salazones, cordelería, encurtidos y otras manufacturas industriales y artesanas) se
realizaban prácticamente en ella.
La línea divisoria entre el mar y la ciudad tras la antigua muralla era el propio
rebalaje, toda vez que la playa que se extendía por delante de la Puerta del Mar se
estrechaba en este lugar y permitía un uso portuario constante. La Acera de la Marina,
tal como la podemos contemplar en los viejos grabados de los siglos XVII al XIX, comenzó
a diseñarse de forma espontánea y sin previa intención estética ni arquitectónica a
partir de 1725, año en que se constata creciente deterioro de la muralla, lo que produce
el progresivo derrumbamiento de parte de ella.
Sobre esta circunstancia tomo nuevo apunte de Bejarano Robles:
«Arruinada la muralla y terminada de derrocar en sus trozos más resistentes, a
comienzos de la centuria siguiente (siglo XIX) se iniciaron las construcciones
particulares aprovechando los cimientos y materiales de los antiguos muros, y bien pronto
quedó constituida esta vía que, por su especial anchura, con casas solamente a un lado y
por su proximidad a la playa y puerto, fue bautizada con el nombre de Acera de la Marina.
Esta calle es, por tanto, coetánea de la Alameda, de la época del sombrero de copa, la
levita entallada y el ampuloso miriñaque; y, en principio, tuvo su empaque señorial y
opulento».
TEODORO REDING. En efecto,
la Acera de la Marina nació a impulsos de la propia Alameda Principal, cuando el mariscal
de campo Teodoro Reding decidió en 1806 relanzar los viejos proyectos y órdenes reales
relativos a la demolición de las murallas árabes en cuyos terrenos resultantes, una vez
adjudicados a las principales familias del dinero, el comercio y la industria locales, se
autorizaría la construcción de numerosos palacios y casas, algunos de los cuales
todavía existen.
Si es cierto que cada calle, plaza o enclave ciudadano consiguen por su uso su
propio ambiente y personalidad característicos respecto a otros más o menos próximos,
no cabe la menor duda que tanto la Acera como la plaza de la Marina, dadas sus directas
relaciones con el puerto, alcanzan desde sus definiciones como plaza y calle,
respectivamente, un color y un pulso que los hacen exclusivos.
Vuelvo a Bejarano:
«Entrada obligada a nuestra ciudad por el puerto, fue
esta calle, desde sus orígenes, bulliciosa y cosmopolita, participando del ajetreo
mercantil del muelle inmediato con sus faenas de cargas y descargas y su afluencia de
negociantes, oficinistas, armadores, consignatarios, arrumbadores y carreros y demás
personal que participaba en los trabajos del puerto o acudía a los despachos, agencias y
almacenes próximos, o a los inmediatos edificios donde se hallaban establecidos el
Resguardo de Rentas Generales, que ocupaba el edificio que se llamó de la Parra, y la
Administración de las Salinas del Reino, que estaba al comienzo de la Alameda, esquina a
calle de los Carros, y que, posteriormente, sirvió para instalar la Aduana del puerto».
Existe una variada iconografía urbana, desde los grabados obtenidos del directo
por Francis Carter en los decenios finales del siglo XVIII hasta las primeras fotografías
del último tercio del XIX, que revelan con minuciosidad y detalle el ambiente de la plaza
y de la calle desde la Alameda hacia el Boquete del Muelle. En estos materiales gráficos
queda documentada la Málaga que ya dispone de plaza y Acera de la Marina.
En efecto, a la no intencionada belleza y sobriedad de las edificaciones que
formaban calle y cornisa, según fuera la Acera de la Marina o la llamada Cortina del
Muelle, respectivamente, teniendo delante de lo que es hoy la esquina del Málaga Palacio
uno de los embarcaderos sobre pequeña y recoleta playa donde varaban jábegas y
embarcaciones a vela, todo el sector reflejaba el activo pulso de la vida marinera.
Sobre la plaza levantábanse improvisados tinglados para la custodia de mercancías
y se veían por todas partes, diseminados de forma irregular, bocoyes y pipas para la
exportación de nuestros famosos caldos vinateros, pirámides de cajas de pasas dispuestas
para viajar a otros países y murallas de envases de licorería a la espera de pasar a las
oscuras bodegas de los mercantes. Por el lado occidental de la misma plaza, en el arranque
de la actual avenida de Manuel Agustín Heredia, la zona portuaria era absolutamente
abierta. Los barcos de escaso calaje amarraban prácticamente dentro de la ciudad, toda
vez que el muelle penetraba hacia la citada esquina formando un no desdeñable fondeadero.
Por el territorio intermedio entre la marina y las edificaciones pululaban
marineros de todas las latitudes, propietarios y representantes de no pocas casas
comerciales extranjeras que en la zona tenían instalados escritorios y oficinas.
Igualmente, las representaciones consulares, que tan importante papel desempeñaban con
las autoridades locales y grupos gremiales a la hora de fijar los precios de las pasas y
otros productos, también tenían sus oficinas en el mismo ámbito o sus proximidades. Y
estaban los fornidos hombres de la colla portuaria, arrumbadores y braceros, cargando y
descargando mercancías. Carros y bateas eran los medios de transporte utilizados, tanto
para arrimar como para retirar la carga, correspondiendo a dichos vehículos un papel
protagonista en las tareas de servicio del activo puerto comercial malagueño de los
citados decenios.

La Acera, vista desde el
centro de la plaza de la
Marina
|
CRISOL DE CULTURAS. Tomo
una nueva reflexión de don Francisco Bejarano:
«Esta Acera, desde su nacimiento, vio pasar marinos de todos los mares y a gentes
de todos los países, desde el rubio noruego al negro africano y desde el malayo al
inglés, teniendo para todos la misma acogedora simpatía y brindando a uno y otros, sin
distinción de raza ni color, el amable refugio de sus tabernas y cafés con el consabido
y famoso vino de la tierra; esta calle oyó desde un principio hablar las jergas e idiomas
más diversos y escuchó las más variadas canciones cuando el moscatel, el
lágrima o el Pero Ximén hacían sus efectos en las firmes
cabezas extranjeras, inconmovibles, tal vez, ante la tempestad; pero incapaces de resistir
el dulce fuego de los caldos malagueños».
A partir de los decenios finales del siglo XVIII puede decirse que comienza a ser
realidad, en principio de forma larvaria y tímida y más tarde de manera decidida, el
definitivo ensamblaje de la urbe con el puerto, o al revés, y esta evidencia se traduce
en proyectos portuarios que se activan pese a las dificultades económicas de cada
momento.
Mas esta íntima relación no tiene únicamente efectos mercantiles. En el trasiego
de gentes que van y vienen, muchos de quienes llegan por una temporada acaban echando
raíces entre nosotros y crean, más tarde, sus propias industrias o entidades
mercantiles, y malagueñizándose los unos y las otras; Málaga actúa como crisol que
funde la cultura foránea con la vernácula y decanta, en favor de todos, un sedimento
más universalista por tanto menos provinciano del propio ambiente general de
la ciudad.
Del rebalaje a la zona de influencia portuaria surgida con la plaza y Acera de la
Marina, y en el dédalo de callejas estrechas y sinuosas que perteneciendo al tejido
urbano de la ciudad musulmana intramuros le quedó a la espalda, nació toda una suerte de
relaciones humanas, mercantiles, comerciales y aun afectivas. Allí, en los ambientes
taberneros y posadas marineras, se dice que nació nuestra voz «merdellón» o
«merdellona», de «merde» o mierda en francés, que, todavía en uso y aplicado en
principio al criado o criada que sirve la mesa con desaliño, sigue en nuestra ciudad
designando a la persona que física e interiormente desagrada por sus modales, formas de
hablar y maneras de defender sus puntos de vista.
Otro clásico de la historiografía malagueña, el
canónigo Medina Conde, al documentar las distintas puertas que Málaga tuvo y tenía
hasta el año 1790 en sus viejas murallas árabes tanto abiertas como cegadas en el
año de su estudio las designa una a una por su propio nombre, asegurando que eran
30 las existentes. Acerca de las más próximas a la plaza y Acera de la Marina, el
paciente documentalista dejó escrito:
«La diez y once (se refiere a dos de ellas que se
hallaban próximas a las actuales calles Sancha de Lara y Molina Lario) eran las de
Espartería y la del Valuarte de la Nave, que estaban inmediatas una de otra. Delante de
ellas estaban la Lonja, y Plaza de Armas que tenía la Ciudad para resguardo del muelle y
puerto, situado aquí en lo antiguo, y aun en el siglo pasado. Viendo amenazada ruina la
de Espartería, que estaba en el muro de su nombre, mandó la Ciudad en Cabildo de 17 de
Marzo de 1654 se cerrase ésta, y quedase la del Valuarte bien fortificada, poniéndole
otra enfrente, como se ve ahí. Desde entonces quedaron con ésta los dos nombre de
Valuarte de que subsisten los dos torreones de él, y de Espartería, que es el más
común; también la Cruz, por una que le puso el Corregidor Carrillo, cuando la reedificó
en 1675 y le puso puertas nuevas».
Y ofrecía otro dato:
«En la tribuna que está por la parte de adentro se venera la imagen de Nuestra
Señora del Buen Suceso, que en 1640 colocó el célebre Abogado D. Alexandro de
Montoya». También informó de una inscripción cercana a las puertas de referencia:
«Reinando la Católica Majestad de D. Carlos II, reedificaron estas murallas desde el
Torreón a la Puerta del Mar, y se hizo el parapeto y puertas de Espartería, siendo
Gobernador de esta Ciudad D. Fernando Carrillo y Manuel, Comendador de Almendralejo, Orden
de Santiago, y Adelantado mayor de Andalucía, D. Pedro Muñiz de Godoy, Gentil Hombre de
la Cámara de S. M., Marqués de Villafiel, Conde de Alva de Tajo, del Consejo de Guerra,
año de 1674».
INESPERADO ADORNO. Como
consecuencia de las obras de construcción de calle Larios, y con el fin de acomodar al
nuevo atirantado la plaza de la Constitución, se mandó desmontar la fuente de las Tres
Gracias, diseño y construcción del francés Durenne en su fundición de Sommevoire, y se
traslada al espacio que ya para entonces quedó libre delante del puerto al crearse el
Parque en 1896. Por tanto, al iniciarse el siglo XX la plaza de la Marina ya tiene en su
centro la bellísima fuente en su segunda ubicación. Ello hace que la gran explanada,
desde el punto de vista urbano y de uso, alcance un desarrollo posterior distinto. Ya no
se utilizará como solar auxiliar del puerto en las tareas de carga, descarga y
almacenamiento, puesto que en el interior del perímetro portuario ya existe espacio
suficiente para ello, además del primer tinglado cubierto.
La fuente fue instalada a mayor nivel del piso, de manera
que su albercón quedara a suficiente altura para ser contemplado desde cualquier lugar de
la plaza. Rodeada de su clásica verja pintada de verde oscuro, a partir de ella se
extendía en círculo y a ras del adoquinado un bien cuidado parterre en el que los
jardineros municipales de la época pusieron arte y gracia al diseñarlo, cuidarlo y
mantenerlo hasta que el Ayuntamiento, de nuevo, acordó trasladarlo de manera definitiva
al lugar donde hoy se encuentra, frente al Hospital Noble.
Todo expedito, la plaza tenía en su esquina occidental el viejo cuartel de
carabineros La Parra, resto del antiquísimo Resguardo de las Rentas Generales, que allí
existió hasta el año 1780. A su espalda, la calle de los Carros, en parte surgida de la
demolición del edificio que albergó la Administración de las Salinas, permitió
establecer en ella (de ahí su título) una parada de carros y bateas al servicio
permanente y exclusivo de las operaciones portuarias.
Al llegar 1900 era todavía peatonal la Alameda según estudiaremos en la
correspondiente entrega y la nueva plaza estaba limitada al oeste por el obelisco al
II marqués de Larios; al este, por los jardines del Parque; al sur, por la entrada
principal del puerto, y al norte, por un frente de edificaciones en cuyo extremo
occidental destacaba, por su actividad constante, el célebre Café de la Marina, durante
decenios centro de reunión no sólo de desocupados sino de tratantes, comerciantes y
marineros. |