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Puerta de entrada y salida del Valle del Guadalhorce por sus cuatro costados, Alhaurín de la Torre hunde sus raíces en un próspero pasado árabe cuyos moradores ocuparon lo que hoy se conoce como el centro histórico y su santo y seña: el Barrio Viejo. Crisol de culturas, ha experimentado en los últimos años el gran salto urbanístico propio de una zona próxima a la capital.

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El culto que se rendía a San Isidro, hoy perdido, llegó a ser muy importante

La tradicional ausencia de estudios serios y exhaustivos dota de una dificultad añadida a la búsqueda de las raíces de Alhaurín de la Torre. Deudora de un pasado próspero en la época fenicia y, sobre todo, de la romanización —prueba de ello son los yacimientos arqueológicos hallados en zonas del diseminado rural como La Alquería, Molina, Torrealquería o Mestanza—, los primeros poblamientos urbanos de Alhaurín de la Torre, por su estratégica situación geográfica y, sobre todo, la gran riqueza agrícola de la zona, florecen fundamentalmente en la era de la dominación musulmana. De hecho, las primeras constataciones documentales del nombre histórico de esta villa datan de esa época: Laolín, Laulín o Alaulín. Los historiadores siguen sin ponerse de acuerdo con el misterio semántico que encierra esa palabra árabe —las versiones van desde el «Jardín de Alá» hasta «Dios es grande»—, como también hay opiniones que cuestionan si el antiguo nombre latino verdaderamente existió: «Lauro Vetus» o laurel viejo.
Polémicas aparte, lo que sí resulta evidente es la distribución de los asentamientos en poblados denominados alquerías, conjuntos de casas no excesivamente amplios pero muy concentrados, donde solía haber mezquitas, y estratégicamente ubicados en derredor de una gran área geográfica que antes se conocía como el Valle de Santa María, esto es, entre las sierras de Mijas y la de Cártama —de sur a norte— y entre las localidades de Alhaurín el Grande y Churriana —de oeste a este—. El núcleo más importante estaba situado en lo que hoy conocemos como el origen del municipio: el Barrio Viejo, también denominado barrio antiguo o casco histórico, que conserva exquisitamente su original configuración tan típica en la época islámica con callejones sin salida y callejuelas que simulan estructuras de laberinto propias de las medinas árabes.
El símbolo de Laolín por excelencia, que ha acompañado a esta denominación desde la toma de la villa por las tropas de los Reyes Católicos en 1485, es la torre: esta construcción-vigía para la defensa de la ciudad se encontraba probablemente a la altura de la finca Tobalo —muy cerca de la oficina local de Correos y del Juzgado de Paz—, y no en la zona donde hoy se erige su réplica, en la entrada de calle Álamos, es decir, unos 500 metros más alejado. Esta tesis es corroborada por el pronunciado desnivel que siempre ha existido entre el Barrio Viejo como núcleo y la parte alta, donde se presume que estaba la torre originaria.

La gran prosperidad del campo que rodeaba aquellos asentamientos —cereales, regadíos, árboles frutales y cítricos, sobre todo—, así como la existencia de molinos para la transformación del trigo en harina y una red de acequias envidiable —que aprovechaba la incalculable riqueza de aguas procedentes de cientos de arroyos y manantiales— convirtieron a Alhaurín de la Torre en un referente importante de la provincia en cuanto a transacciones comerciales.
Pero la llegada de las guarniciones cristianas, en marzo de 1484, propició la quema indiscriminada de cultivos y la destrucción parcial de los poblados árabes, al tiempo que sus moradores fueron expulsados. Esta política de «tala» o «de tierra quemada» fue aplicada con especial virulencia en la fortaleza de Laolín, cuyo proceso posterior de reconstrucción urbana, administrativa y social fue lento y tardío entre los siglos XVI y XVII, debido a la cercanía con la capital y la apatía de sus autoridades. Por eso, los poblamientos de esos años eran escasos e inestables, si bien fueron numerosos los ciudadanos de la capital a los que se distribuían propiedades y huertas para reactivar la agricultura.
En efecto, en los repartimientos, las tierras de la antigua Laolín, ya Alhaurín de la Torre, fueron solicitadas por el cocinero real Toribio de la Vega, quien decidió restaurar el santo y seña de la villa: la torre. Entretanto, los núcleos diseminados también comenzaban a consolidarse: Aldea Bermeja, al pie de Jarapalos (hoy coincide con Pinos de Alhaurín); Ismael (áreas residenciales de Cortijos del Sol y El Lagar), Churriana, La Alquería y Torrebermeja, situada ésta al lado del río Guadalhorce, y equivalente a los partidos de Santa Amalia y El Romeral.
Poco a poco, el pueblo comienza a tomar la configuración que hoy se conoce. En 1505 se funda la parroquia de San Sebastián, cuya construcción en la plaza de la Concepción data de 1610, sobre las cenizas de la antigua mezquita. Un terremoto la destruye parcialmente en 1680 y sobre ese solar, en 1816, se empieza a edificar el templo tal como hoy se conoce, obras que se prolongaron hasta 1868. Entretanto se concluía la construcción, la ermita del Santísimo Cristo del Humilladero, ubicada en la esquina de calle Ermita (hoy, bar La Baranda), se empleó como improvisada iglesia. Pronto, el casco viejo de Alhaurín de la Torre comienza a desarrollar un sentir religioso y un fervor popular que no desaparecerían jamás. Por aquellos años, existía una fuerte devoción por Nuestra Señora de la Fuensanta, que siglos después se vio incrementada por otras manifestaciones e imágenes y, cómo no, a los sagrados titulares de las dos cofradías de Semana Santa, Moraos y Verdes, en torno a las cuales se articula la profesión de fe e incluso la forma de entender la vida y las relaciones sociales alrededor de esos dos colores, como más adelante veremos.

Fachadas encaladas, macetas con geranios, rejas y forjas ancestrales, callejuelas laberínticas... El paso del tiempo apenas ha afectado un ápice a la estructura del Barrio Viejo, germen del pueblo. No sería atrevido decir que en estos últimos 50 años del siglo XX se han sucedido más cambios —y de infinitamente mayor calado— a nivel urbanístico y geográfico que entre los siglos XVIII y XIX con respecto al centro histórico de la villa.
De toda la vida, según cuentan los mayores del lugar, la calle principal del barrio antiguo es y ha sido El Albaicín, eje central en torno al que giraba la vida de los vecinos y punto de confluencia de las calles principales Amargura o Santa Teresa de Jesús, Enmedio o Jesús del Gran Poder, Almidón —dentro del sector conocido como La Peana— o Daoíz y Velarde y otras adyacentes, que configuran el ala de El Testerillo.
Ambos núcleos desembocan en el conocido como arroyo del Gato y El Barrancón, que poco o casi nada han variado con el paso de los años. De allí brotaba un manantial que servía para el abastecimiento personal, la limpieza de las calles y cuantos usos dictara la imaginación y las necesidades de cada época. Aquella era la antigua entrada al pueblo, su acceso natural. A la capital y a Alhaurín el Grande se llegaba cruzando obligatoriamente toda esa franja, cuya arteria aorta era, sin duda, la calle Málaga. Un rápido trazado mental nos sitúa en la embocadura del Barrio Viejo, sobre el puente del arroyo del Gato, para atravesar calle Málaga, alcanzar la plaza principal, subir por Mesones —hoy, Juan Carlos I, pero que, según épocas y regímenes políticos, se llamó 14 de Abril o Generalísimo, y que respondía a ese nombre genérico por servir como parada y fonda de cientos de arrieros en busca de un trago, sopa caliente o una cama para descansar—, Caleta, El Alamillo y encaminarse hacia La Alquería.

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El parque municipal construido en 1987, es el pulmón del centro urbano

Vía principal para el animado tránsito de panaderos, arrieros con sus burros cargados de frutas y cosarios de todo pelaje, la vigencia e importancia de calle Málaga como centro neurálgico de la villa fue indiscutible durante todo el siglo XIX y hasta el primer cuarto del siglo XX, cuando se construyó un antiguo camino —hoy, la carretera de los alhaurines o A-366, cuyo tráfico es infernal— y se abrió otra vía de acceso por La Torre, la parte alta del pueblo.
Era una estampa habitual ver a los molineros, campesinos y agricultores llevar sus productos a Málaga tras cruzar todo el barrio antiguo y tomar, a varias millas de distancia, el vetusto puente del Rey, único acceso sobre el río Guadalhorce que conectaba a Alhaurín con la capital, construido en madera en 1796 como proyecto hidráulico que nunca llegó a utilizarse —cuentan los historiadores que en esos años se pensó en la necesidad de llevar el agua de Churriana a la vega para regar las huertas, pero no alcanzó la ribera derecha del Guadalhorce, pues Málaga halló agua de sobra a través del acueducto de San Telmo. Los arcos de la barriada de Zapata forman parte de ese proyecto inacabado—.
Los más viejos del lugar explican que entre sus antepasados existía el convencimiento de lo imprescindible que era Alhaurín de la Torre como ruta del comercio y del suministro de productos hortofrutícolas para Málaga, salvo «si se sale el río, porque entonces no hay pantalones de pasar». De hecho, se cuenta que una vez un alcalde de la capital tuvo que dimitir ante el desabastecimiento de los mercados y las iras de los ciudadanos... todo por un desbordamiento del cauce del río y la incomunicación de los arrieros.
Y es que la riqueza agrícola del campo de Alhaurín durante el siglo XIX no dejaba lugar a dudas: cultivo de cereales y productos de secano; olivos por doquier, campos llenos de vides, zonas de regadío —sobre todo, frutales, alcachofas y maizales— alrededor del río o por los manantiales de Fuente Seca, Fuente Grande y Sanguina; un fructífero comercio de harinas que abastecía a buena parte de la provincia y que se evidenciaba en la gran cantidad de molinos existentes en el casco antiguo: Garbey, Pollito, Romero, Moyano, Los Callejones...

La plaga de filoxera que a finales del siglo pasado azotó a toda la provincia terminó por arruinar este sector agrario e hizo que los vecinos se las ingeniaran para salir adelante. Fue entonces cuando se consolidó y creció una industria artesanal compartida con la vecina Alhaurín el Grande: el arte de la panadería y la repostería, de la que todavía quedan buenas muestras en diversos puntos del pueblo.

Como ya se ha apuntado anteriormente, la configuración urbana del centro del pueblo se mantuvo invariable hasta prácticamente los años 50. Perdida la hegemonía del paso de carruajes desde la entrada en vigor, 30 años antes, del camino principal del pueblo por su parte alta, el Barrio Viejo y otra decena escasa de calles constituían todo el núcleo urbano. En medio, una gran huerta poligonal que separaba las zonas y fincas y tierras de labores por doquier. Álamos, arroyo Blanquillo (avenida de España), calle Choza (Real), Mesones, Ermita, Caleta (continuación de Juan Carlos I y cerca de la cual se encontraba una bellísima finca-cortijo señorial del siglo XIX cuyo último propietario, el británico Bryan Hartley Robinson, cedió al municipio) y El Chorrillo (Doctor Fleming) cerraban el trazado casi circular del casco. Poco a poco van aflorando nuevos barrios urbanos, como el Huerto del Coscorrón, La Alegría y barriadas ubicadas a la falda de la montaña.
Con fama de pueblo tranquilo y gentes trabajadoras y afables, Alhaurín de la Torre se introduce en la modernidad muy poco a poco.
Los años sesenta son tiempos todavía de calles sin asfaltar, lavaderos públicos —como los de la calle Alta o la fuente de calle Cantarranas, donde se cocía la vida social y los chascarrillos tan del gusto del vecindario—, zonas sin electrificar y, cómo no, las entrañables escuelas de la plaza del Conde, donde se hallaba el grupo escolar de las niñas, la casa del maestro —construidos a instancia de Manuel García del Olmo, a la sazón gobernador civil de Málaga, y al que se dedicó el ágora—, el colegio masculino de la calle Empedrada y el de la calle Toril, donde antiguamente se encerraban las vaquillas para las capeas esporádicas en las fiestas patronales.
Eran también los años de rodaje de una película estadounidense, «El demonio, la carne y el perdón», que revolucionó a los nativos tanto por la presencia de las estrellas del cine —Dirk Bogarde, entre ellos— como por el posterior estreno en las salas comerciales de Málaga, al reconocerse unos a otros en la gran pantalla. Y también por aquel entonces tenía un fuerte peso en las comunicaciones del pueblo el transporte por ferrocarril a través del tren suburbano que unía Coín con Málaga y que dejó de funcionar al final de esa década. La nostalgia invade a los lugareños cuando se les pregunta por los apeaderos de La Alquería, Menaya o Los Callejones —también denominada «Espantazorras», por el ruido que hacía la máquina—.

En perfecta convivencia con el progreso y la modernidad, todo el sabor popular y tradicional de este pueblo y sus gentes empezó a experimentar un fenómeno conocido años antes en localidades costeras: el crecimiento urbanístico y demográfico producto del «boom» inmobiliario de los años 70 y 80 que ha dado como resultado la existencia de decenas de conjuntos residenciales periféricos y la llegada de miles de ciudadanos en busca de un lugar tranquilo y cercano a la capital, que han quintuplicado la población en apenas 30 años. Pero ni es un fenómeno de «colonización capitalina» ni ha supuesto la pérdida de la identidad e idiosincrasia propia de los torrealhaurinos. Antes al contrario, la integración y la concordia presiden las relaciones sociales, amén de un fuerte avance económico y la conversión de pueblo en ciudad pequeña, así como el cambio de las fuentes de empleo y riqueza: el campo ha quedado en un plano casi testimonial, mientras que el sector servicios y, parcialmente, el industrial llevan las riendas de la economía local.
Y, a pesar del paso del tiempo, el Barrio Viejo permanece imperturbable. Su vida y la de buena parte del pueblo se articula todavía en torno a la iglesia parroquial de San Sebastián y las ermitas repartidas en distintos puntos. Prueba de ello es el fervor popular que despierta en la feligresía el culto a numerosos santos: el patrón de invierno, San Sebastián, joven y guerrero (20 de enero); la Virgen de la Candelaria, famosa por la tradición de bendecir las roscas de pan (2 de febrero); el patrón de verano, San Juan, que coincide con la feria y fiestas y es protagonista de la gran romería de inicio del estío; la Virgen del Carmen, en julio, a la que se profesa devoción no como pueblo marinero, sino por su condición de Abogada de las Ánimas del Purgatorio, y la Inmaculada Concepción. Antiguamente, tuvo gran influencia la procesión de San Isidro Labrador, devoción iniciada tras la guerra civil, cuando se organizaron en el pueblo las hermandades de labradores y ganaderos. Además, en la ermita de El Alamillo, que data de 1875, se rinde culto a San Francisco de Paula, a quien los campesinos hacían rogativas de lluvia en épocas de sequía. La tradición marcaba que debía colocarse un bacalao seco bajo el santo. Y, hundiendo sus raíces en el escenario de la Reconquista, el Cristo del Santo Cardón —protagonista de un vía crucis el Miércoles Santo por la zona de Los Callejones—, cuya leyenda cuenta que un soldado advirtió la figura de un Crucificado plasmada en un palo de madera.
Tradición y modernidad. Costumbres ancestrales y una frenética vida comercial. La tranquilidad del labriego a lomos de su burro frente a los atascos de tráfico propios de una gran ciudad. Alhaurín de la Torre ha experimentado un profundo cambio en todos los sentidos, aunque sus habitantes nunca han renunciado a sus raíces, que pasean orgullosos por doquier. El Barrio Viejo y el casco histórico son claros exponentes. Sus calles estrechas y serpenteantes rezuman historia y todavía recuerdan a la época de las alquerías musulmanas y al prototipo de pueblo andaluz de casas bajas y fachadas de un blanco reluciente adornadas con bellos zócalos. Es, en suma, un pueblo lleno de contrastes y de matices para saborear sin prisa.