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Alora, la Bien Cercada. Así reza el romance fronterizo que en el medievo cantaba las alabanzas de la fortaleza árabe del cerro de las Torres. Mora y cristiana, de casas blancas, esta bella localidad, alzada sobre la sierra y en la corona del Guadalhorce, tiene en el Barranco el punto de referencia más importante del casco histórico, en el que el visitante se adentra de forma casi mágica.

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Fachada del beaterio del convento de
las Monjas de Álora

El Barranco se sube por la calle Ancha o por la calle del Postigo. Los pueblos viejos, y este lo es, conviven con la historia con la misma naturalidad que las brisas de la mañana juegan con las hojas más altas de los árboles.
Llegará, cuando se acerque, a las raíces del pueblo, en la Plaza Baja de la Despedía, y al frente se abren dos posibilidades: subir al castillo o visitar la iglesia de la Encarnación, que la tiene al alcance de la mano. Le sugiero, primero, que inicie el paseo. Luego, al bajar, se puede acercar al templo.
De entrada debe saber que, hasta los años 50 en que se levantó San José de Carranque, fue el mayor templo de la diócesis después de la Catedral. Es soberbia. En piedra, de estilo columnario. Al verla sabrá por qué los obispos de Málaga, cuando venían destinados a esta tierra, entraban por aquí y evitaban el conflicto con la Colegiata antequerana.
Se topará con un barrio antiguo, con sabor acumulado, después de muchos siglos oteando vientos y horizontes con su blancura encalada. Folclore, en Frasquita Benítez; El Piyaya y El Mosca, Catalina, La Calabaza... O el nacer de algo tan único como la malagueña cunera, que creó Juan Reyes «El Canario», al que, por celos, mataron una noche de agosto en el puente de Triana, en Sevilla.
La Álora primitiva se asentó en Canca, cerca de aquí. La ladera era propicia: buena orientación y agua, pero era difícil de conservar. Luego, por mor de las defensas, los miedos, y por el andar del tiempo decidieron abandonar el costado oriental del Hacho y se trasladaron al Cerro de Las Torres, que es como aquí se le llama al castillo. En su cumbre se asentó la Iluro romana (un aljibe recientemente descubierto) y luego Al-a-orá, Al-ura, y ahora Álora, en torno a la fortaleza.
Suba despacio por la calle Ancha. Casi en el entronque con la plaza se encontrará la primera sorpresa. Una placa en cerámica vidriada dice «El ingenioso hidalgo Don Miguel de Cervantes Saavedra ejerció en este lugar por los años de 1586 a 1593 su empleo de comisario del rey».
Después fue pósito de granos, aljolí de la sal, carnicería y cárcel del partido. Construido en el siglo XVI, se usó de Sala Capitular.

CALLE ANCHA. Felipe García publicó en un documento, hace muchos años, en el periódico «Afán» que la habitación llamada Garipola, nombre de la prisión preventiva, tuvo su entrada por la calzada de la calle Ancha y tres ventanas a la plaza sobre soportales de la cárcel. La calle Ancha asciende, paralela, al arroyo Hondo. Profundo y seco. No le diré cuándo ni dónde debe pararse. A ratos, según la marcha, se le cortará el resuello; o será la vega amplia que se abre, con un río manso y lento, la que requerirá su atención.
Ahora, cuando apenas haya subido unos metros, tendrá la primera opción de elegir. Se puede introducir, girando a la izquierda, en el dédalo de calles que compusieron los primitivos arrabales en torno al castillo. Algunas ya no existen. Otras han cambiado el nombre. Y del primitivo arrabal el caserío se transformó en casas blancas, al que hace 35 años declararon Conjunto Histórico-artístico y que componen casi la misma estructura de hace 500 años.
Si continúa ascendiendo, en el entronque con la calle Churrete la vista es hermosa y placentera. A lo lejos, el Hacho de Pizarra, la Sierra de Mijas y la blancura de Alhaurín, recostado en la ladera. Abajo, la vega y el río. Meandros, mordiscos en las laderas en dentelladas feroces de riadas... Si baja sólo un poco estará en el Rancho de las Monas. Cuando retorne, si se acerca hasta el final de la calle Churrete, pregunte por la Cueva del Gato, por la Joyanca.
Garrido Palacios, en una publicación reciente, dice que «aquí no se enterraba a la gente en el cementerio (el Castillo, hasta 1998 y desde el siglo XIX, es decir, algo más de un siglo, ha sido cementerio), sino que se hizo un hoyo para los muertos del cólera. Cerca —continúa— hay un hornacina con un Cristo al que se alumbra con una vela». Ahora tiene casi al alcance de la mano la fortaleza. Bueno, lo que queda de ella. La torre de la Vela y el antiguo alminar, después campanario cristiano, y lienzos de muralla que han pervivido en el tiempo dando amparo y cobijo a los que después de su andar por la vida permanecen en el reposo que da sentido a las palabras siempre, jamás...
De la mano de Felipe García, que siguió los apuntes históricos de don Antonio Bootello en su hojita parroquial de los años 20, es hora de que vaya conociendo que la calle Ancha se llamó, primeramente, del Pósito Viejo o sólo del Pósito y también de las Torres. Leemos el nombre de Ancha en documentos de 1775, cuando Cristóbal del Castillo y María Navarro, su mujer, impusieron un censo a favor de los beneficiados sobre casa de dicha calle, lindera con el Callejón del Corral del consejo y solar de él, y por los corrales del Muro. Que en el repartimiento de 1639 figura con cinco contribuyentes y en el padrón de 1680 con 27 vecinos. Que se abrió la Hoyanca; que al sepulturero Cristóbal Sánchez, que debió trabajar a destajo, se le conocía por el sobrenombre de «El tío Toledano». Que su acera derecha fue prolongada a partir del año 1831 y las casas de la izquierda, entre los años 1860 y 1863. Actualmente está formada por una calzada de hormigón abierta a la circulación rodada en ambos sentidos.

EL CASTILLO. Si ha subido ya, párese en la explanada de entrada antes de acceder al interior. Retire todo lo que de valor tuvo que emplear y entrégese a la contemplación de esos paisajes únicos. Después pase al otro lado de la verja de hierro. Antes, eche un vistazo a las tres inscripciones del muro. A la izquierda, el romance fronterizo anónimo del siglo XV que narra la muerte, en el cerco de Alora, allá por 1434, de don Diego Gómez de Ribera, Adelantado de Andalucía en el reinado de Enrique IV de Castilla. Trovadores lo cantaron en Castilla y Aragón, en Valencia y Murcia, en tierras de lo que quedaba de Al-Andalus y en tierras cristianas.
El muro del lado derecho conserva trozos del mosaico que se colocó cuando se celebraba el V centenario de la Reconquista (1484-1984). Ha sido el último colocado y el primero en caerse. El castillo le impresionará por casi todo: por su estado actual, por el emplazamiento, por los lienzos de muralla —que a pesar del tiempo sobreviven—, por la torres que se elevan, enhiestas, apuntando a un cielo casi siempre azul. Y también el paisaje, por su belleza. Si es verano, todo, absolutamente todo, aparecerá ante sus ojos seco y traspillado.
La historia dice que la mayoría de las fortalezas tuvieron su origen en otras anteriores sobre las que se asentaron y destruyeron. Aquí no lo consiguieron del todo y los expertos reconocen restos de ruinas fenicias, romanas y las que ahora ve, que son árabes. Pasó lo de siempre. Primero la arrasaron los visigodos; luego los moros; los castellanos, que vinieron una, dos, tres... bueno, muchas veces. Tantas que fue pieza apetecible por esquiva y segura, por ser la llave de entrada a Málaga y frontera occidental del reino nazarita.

En mil ciento y pico ya dicen las crónicas castellanas de ella, pero, como después se va a repetir muchas veces, la conclusión es idéntica: «asaltaron sus arrabales, pero no consiguieron tomar su ciudadela»... Alfonso XI, el del Salado, Enrique IV y Juan II, en escaramuzas con los moros de Granada. Se dieron las escaramuzas de Rodrigo de Narváez, el Adelantado, que por la muerte tuvo la gloria de la posteridad romanceada... y los ínclitos Reyes Católicos, doña Isabel, que no estuvo en el cerco, aunque hay quien opina lo contrario, y don Fernando, que sí vino y tomó posesión el 22 de junio del año 1484, cuando de manera definitiva emprendían el asedio total al reino de Granada.
Los árabes elevaron las murallas, edificaron y reedificaron en función de las necesidades, y los cercos durante el emirato, el califato y los taifas, hasta su destrucción total. El río Guadalhorce y los arroyos Hondo y de la Tenería constituyeron un foso natural. Entre la fortaleza y los accidentes naturales y profundos, la muralla de la barbacana, donde buscaron cobijo, al amparo del tiempo y de las estrellas durante los cercos. La muralla de la propia fortaleza, la alcazaba y la torre del homenaje, residencia del alcaide. Torres albarranas rodeando, laderas con grandes pendientes, barrancos cortados a plomada, cerros escarpados... por los que era muy difícil trepar y daban seguridad a los que se enriscaban en la cumbre.
Si ya ha logrado situarse, entre. Se encontrará con dos monumentos: la iglesia y el arco. La iglesia tiene un techo gótico flamíngero, como corresponde a finales del siglo XV, y fue mandada construir sobre la antigua mezquita. Se veneran, en su interior, un Nazareno y una Dolorosa, obras del imaginero «granadino» nacido en Álora José Navas-Parejo Pérez. Luego, suba despacio hasta el último panteón, antaño residencia del alcaide. Antes habrá cruzado un arco al final de la escalera. Es monumento y dicen que único en Occidente.

CALLE CARRIL. Baje, cuando haya terminado, por la calle del Carril. Primero eche una ojeada a la estación. Se le aparecerá como el primor de una miniatura. El río, con su puente de hierro casi en desuso, y las huertas, que se encuentran salpicadas de casas blancas y que se agrupan en dos núcleos, Bella Vista y la barriada del Puente. Ambas se dispersan hacia los lagares.
En un recodo, casi de sopetón, volverá a aparecer el pueblo. Mejor, baje, porque vendrá haciéndolo desde que dejó el castillo, del que ha bordeado la muralla. Un trozo de lienzo —«el mojón del barranco»— recuerda cómo y de qué manera los habitantes se pegaron y usaron las murallas como paredes de la propia casa.
La calle del Carril arranca de la de Toro, junto a la plaza Baja, saliendo al camino que desemboca en el asiento de los clérigos y que continúa hasta lo alto del monte de las torres, hallándose enclavada entre las de Postigo y la de Toro. Formó parte del antiguo arrabal, como lo atestiguan las paredes de algunas de sus casas de la acera derecha, con ventanas que recuerdan la época de la conquista.
En aquel tiempo había un camino con una empinada escalera formando zigzag que, descendiendo por la rápida vertiente del monte, ponía a la población en contacto con el nombrado después real de Córdoba. Y a Coín por el río, cuyos cortes en el macizo rocoso y rápidas vueltas se conservan todavía en algunos sitios.

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En la fuente de la calle Parra (1957) las mujeres
solían abastecerse de agua

CALLE TORO. Deberá recorrer un corto espacio de la calle Toro para llegar a la plaza. Fue calle principal; salida natural, primero al campo, después de salvar el río por el puente, y sobre todo residencia de los curas, que fueron muchos y poderosos en tiempos pasados hasta que Mendizábal llevó a cabo su desamortización y los bienes saltaron por los aires. Las casas le mostrarán la solera de la calle y antes de regresar a la plaza de la que partimos podremos volver a subir, ahora por la calle Postigo.

CALLE POSTIGO. Es la más antigua de la localidad. En el libro del Repartimiento de 1492 se habla de ella como «del postigo de la muralla», que efectivamente lo era. Servía para subir de incógnito o salir precipitadamente, según aconsejaran las circunstancias y los tiempos. Ahora es una calle llena de encanto y primor.

PLAZA BAJA. Antes se llamaba de la Despedía, nombre que se le dio en reconocimiento del emérito acto que cada mañana de Viernes Santo se celebra entre las cofradías de Jesús y Dolores, donde los portadores delanteros de los tronos, a la señal convenida de un maestro de ceremonias, llevan el regocijo a propios y el asombro y admiración a los extraños que cada vez en mayor número abarrota la plaza.
Esta plaza está situada en la parte inferior del pueblo y su antigüedad corresponde al periodo inmediatamente posterior a la conquista, cuando comenzó a extenderse por la vertiente norte del monte de las Torres. En ella desembocan las calles Postigo, Ancha, Bermejo, Real y Toro, formando el dédalo de calles referido anteriormente. En 1536, hacia la calle Toro y a espaldas de la Real —de lo que se deduce que la plaza no estaba cerrada como lo está hoy—, había una pequeña huerta y varios solares, según Antonio Bootello.

IGLESIA DE LA ENCARNACIÓN. Durante los siglos XVI y XVII sufrió grandes transformaciones, a causa de las obras llevadas a cabo, principalmente la iglesia (1600-1699), que sustituyó a la primitiva de las Torres, edificada sobre la primitiva mezquita. A mediados del siglo XIX se le hizo una verja de hierro —hoy desaparecida— y que bordeaba la puerta principal. En este tiempo se edificó en la plaza, esquina a la calle Bermejo, el Hospital de San Sebastián, que desapareció a raíz de la desamortización.
Nuestra Señora de la Encarnación vino a sustituir a la primitiva que los Reyes Católicos mandaron construir sobre la mezquita existente en el castillo. Es citada en los repartimientos tras la conquista en junio de 1484 con un lote de tierras «de las mejores».
La destrucción de este primitivo templo planteó la necesidad de edificar uno nuevo que se lleva a cabo a lo largo de todo el siglo XVII. Rosario Camacho, en su obra «Arquitectura y urbanismo del barroco», lo atribuye a Pedro Díaz Palacios. Es una obra de cantería de tipo columnario, cubierta de armadura mudéjar y a la que se añadió una cabecera cupulada en 1699, obra de Pedro Manuel García.
Su construcción fue financiada por el municipio y por el Obispado. El primero contrata en especies. La «joya de la corona» de la iglesia fue su retablo. Acontecimientos felizmente superados tuvieron mucho que ver en su destrucción. Fue este retablo, según notas de la época, magnífico y grandioso, y ocupaba el frontal de la capilla mayor. Su autor fue Francisco Martínez Primo.
Según la hojita parroquial, el beneficiado don Tomás Estrada lo trae a sus expensas y costea otras obras que se realizan en el altar mayor. «El retablo —continúa el mismo documento— estaba labrado, modelado y esculpido en madera. Se componía de tres cuerpos superpuestos rematados por un Calvario que lo coronaba hasta la media naranja en que se remata la capilla mayor. La única muestra que ha sobrevivido son los cuatro frescos que representan a los evangelistas y que según Moreno Carbonero son de inferior calidad a los frescos que representan al resto de los apóstoles que aparecen en los arcos de la nave central. Fueron restaurados en 1859 por el pintor antequerano José María Batún. Cuando estas líneas vean la luz ya estarán en marcha las obras de recuperación de tan estimable obra que recuperará una Casa de Oficios.
Dejará Álora, cuando salga, desde el templo, por la puerta principal que se abre a la plaza Baja de la Despedía, bajo el balcón de los beneficiados. Álora fue rica, con un pasado lleno de gloria y leyendas. Para muestra, la del Abidárraez Abancerraje:
«Nacido en Granada,/ criado en Cártama,/ enamorado en Coín,/ frontero en Álora».
Cuando viene a desposarse es hecho prisionero por las tropas de Rodrigo de Narváez, alcaide de Álora. Llora apesadumbrado su suerte después de un combate valeroso. Conocido por el alcaide, le concede la libertad con la promesa de volver, cosa que cumple en compañía de su esposa. Admirado por tanta nobleza, Rodrigo solicita el perdón del rey de Granada, cosa que obtiene concediendo la libertad.
Convendrá conmigo que tan hermosa leyenda es una pena que no fuese verdad.