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Situada en un lugar privilegiado de la geografía malagueña y andaluza, Antequera permite leer en sus barrios la historia desde los tiempos más remotos. Pasear por sus calles es hacer un recorrido por las páginas que dejaron escritas iberos, romanos, musulmanes y cristianos, huellas de las que se siente orgullosa la ciudad y trata de conservar para las generaciones futuras.

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La Alameda de Andalucía, en una imagen muy distinta a la que presenta hoy

A la mañana siguiente, a muy temprana hora —era el 4 de mayo—, di un paseo por las ruinas del viejo castillo moro, construido sobre los restos de una fortaleza romana. Allí, sentado junto a una desmoronada torre, gocé de un amplio y variado paisaje, que, además de bello, estaba cargado de recuerdos históricos. Me hallaba en el verdadero corazón de la comarca, famoso por las caballerescas contiendas entre moros y cristinaos. A mis pies, sobre su regazo de colinas, descansaba la vieja ciudad guerrera que con tanta frecuencia se cita en crónicas y romances».
Esta fue la primera impresión que causó el amanecer en Antequera a Washington Irving en 1829, según relata el propio escritor norteamericano en el capítulo «El viaje» de «Cuentos de la Alhambra». El camino de Sevilla a Granada preparaba a Irving para lo que se iba a encontrar en la última ciudad. En apenas dos páginas el escritor reflejó la admiración que le causó Antequera, sin saber que más de un siglo y medio después su nombre iba a quedar ligado a ella.
Buscaba Irving la magia con que los avatares de la historia habían dotado a España y en Antequera encontró una de las puertas del ya consolidado romanticismo europeo, que consideraba a la Península Ibérica como su, entonces, particular «última frontera». Desde su privilegiada atalaya rememoró a «aquellos caballeros del más alto linaje y fiero aspecto, que hacían correrías en los tiempos de la guerra y conquista de Granada».
Avanzada la tarde del 3 de mayo del año citado, a sus espaldas «Fuente la Piedra», «dimos vista a Antequera, la vieja ciudad de fama guerrera, situada en la falda de la gran sierra (sic) que atraviesa Andalucía». Por la descripción que hace, esa misma sierra, la de El Torcal, la tiene Irving a sus espaldas al día siguiente mientras deja vagar en su imaginación escaramuzas, algaradas y duelos singulares en la vega antequerana. Lo caballeresco privó al escritor de la vista del barrio de San Juan, surgido en torno a la iglesia que le da nombre.
Es un barrio arrullado por la corriente del río La Villa, que mana de los pies de El Torcal, donde se cuela la lluvia por grietas y dolinas. La fuerza de esta agua ha sido aprovechada desde antiguo y, así, numerosas norias han movido diversas industrias.
Una hija anónima —según se mire— de este barrio puede ser la moza de la venta-castillo que le calza la espuela de caballero a Alonso Quijano en el capítulo tercero de la primera parte de «El Quijote». Requerida su identidad por el novel caballero, la moza dijo llamarse Molinera, por ser hija «de un honrado molinero de Antequera». El héroe cervantino, cuya figura aún no había sido entristecida por las tundas y apaleamientos recibidos en los caminos manchegos, le rogó que en adelante tuviese a bien llamarse Doña Molinera.
Lo más seguro es que, en sus industrias buscadoras del maravedí y la fama —con los discutibles resultados conocidos—, el ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes anduviera por estos pagos y calles; como también que la investida «doña», de haber existido, hubiera sido lavada del pecado original con las aguas del cercano río, que discurre a escasos metros de la iglesia de San Juan.
Además de por su proximidad a la corriente que sacia desde hace siglos la sed de los antequeranos, este templo renacentista está ligado al líquido elemento por albergar una de las imágenes que más devoción tiene en la ciudad: el Cristo de la Salud y de las Aguas, popularmente conocido como El Señor.
Atribuye el saber popular a esta bella imagen el poder de conminar a las nubes para que vacíen su contenido sobre la tierra de la vega; de hecho, en épocas de sequía se ha procesionado fuera de su tiempo —el último domingo de mayo— para implorar su intercesión. Existe también el dicho de que moviendo al Señor llegan las aguas.
Con la fachada principal de San Juan a la espalda la Cuesta Real nos lleva hasta el Portichuelo, plaza que da nombre a otro barrio, en el que reina La Socorrilla, una de las Señoras del Viernes Santo antequerano y en cuyo honor muchas antequeranas han sido bautizadas. Además de la hermosa iglesia de Santa María de Jesús, tiene la plaza una capilla tribuna —construcción nada extraña en la ciudad— dedicada a la Virgen citada.
Las calles del Portichuelo conservan en su mayoría el trazado sinuoso y rampante del urbanismo añejo de la ciudad. Al igual que nombres llenos de sabor, como Herradores, la calle que desemboca en la plaza Alta, uno de los miradores más privilegiados para contemplar Antequera.
Debe su nombre la calle a las herrerías que existieron en la misma hasta, quizá, bien entrado el siglo XVII. Desde la toma de la ciudad, en 1410, por el infante Don Fernando, lo que se conocía como la plaza Alta —una explanada situada bajo la muralla oriental del castillo que ocuparon los hispano-musulmanes— fue el lugar elegido por «los vezinos desta çibdad e forasteros que a ella vienen los lunes de cada semana e aunque los demás días de la semana se juntan a contratar e vender ganados de todo género, e abastimentos de todas suertes».
En esta plaza estuvieron las casas consistoriales hasta su traslado a la parte baja siglos más tarde. Fue el centro de la actividad ciudadana y como tal el gobierno municipal de aquel tiempo se preocupó de embellecerla. Así, a los pies del castillo se levantó lo que hoy se considera una de las mejores muestras de la arquitectura renacentista andaluza: la Real Colegiata de Santa María la Mayor.

Pese a tener una enorme cantera a sus espaldas, la sierra de El Torcal, en la fábrica de la Colegiata se utilizó buena parte de los sillares de Singilia Barba, antiguo municipio romano que se ha usado —hasta que se apreció su valor— como proveedor de piedra de la ciudad, además de utilizar el material propio. Buena prueba de esto último es el pedestal encastrado en el muro oriental de la Colegiata, en el que puede leerse «Julia Cornelia Materna, hija de Materno y madre de Corneliana, dispuso en su testamento que se hiciera esta estatua al Genio del Municipio de Antequera».
Durante mucho tiempo se consideró a Singilia Barba como la antigua Antikaria, germen de lo que hoy es Antequera. Posteriormente se ha comprobado que el castillo árabe se asentó sobre otros estratos históricos. Esta tesis se confirmó con el hallazgo de las termas romanas al pie mismo de la Colegiata. Durante las excavaciones realizadas entre 1988 y 1991 se constató que su construcción data del siglo I antes de Cristo y al parecer fueron remodeladas dos siglos después, así como que estuvieron en uso hasta el siglo VII después. Asimismo se descubrió que en el siglo XVI se le superpuso un barrio de la ciudad.
Singilia Barba está situada al noroeste de Antequera, en los terrenos del Cortijo del Castillón. Las investigaciones arqueológicas realizadas hasta el momento han puesto de manifiesto la existencia de un núcleo urbano importante de época romana imperial, que tuvo la categoría de «municipium». Los restos localizados demuestran que la ciudad estaba organizada mediante un trazado posiblemente octogonal, escalonado en ladera y, en parte, superpuesto al núcleo prerromano que le precedió.
Su importancia comercial y económica se reafirma a través de la existencia de un alfar. Todos los hallazgos testimonian la importancia de la ciudad en época alto-imperial, que continuaría ocupada en época musulmana, no remontándose más allá del siglo XII. En la ciudad se han encontrado huellas de una zona monumental, probablemente el foro, un alfar en la ladera oeste del cerro, en donde también se localizaron tumbas de sillares de arenisca, y los restos de un teatro en el noreste. Por los materiales arqueológicos se deduce la existencia de un núcleo de asentamiento anterior, al que pertenecerían los restos de cerámica ibérica pintada, que se ubicaría en la zona superior de la ciudad romana. En 1997 aparecieron nuevos restos, en esta ocasión de lo que pudo ser la muralla que protegía la ciudad y ante la que se estrelló una de las primeras invasiones africanas en el imperio de Marco Aurelio.
También es posible que las venerables y cultas piedras de Singilia Barba sirvieran como proyectiles para expugnar Antequera en 1410. La reconstrucción del Torreón del Asalto, en la plaza del Carmen, dejó al descubierto en el verano de 1997 más de una veintena de esferas labradas en piedra. Los conquistadores no se molestaron en recuperar el preciado material y se limitaron a utilizarlo como elemento de relleno del foso de la fortaleza.
El pasado de «la vieja ciudad guerrera» que tanto impresionó a Irving tuvo hasta la guerra civil una muestra palpable en el castillo. Allí, según cuenta Francis Carter en su libro «Viaje de Gibraltar a Málaga» «se conserva todavía —en 1772— una curiosa armería que perteneció a los moros y que dejaron tras sí cuando los cristianos se apoderaron de la ciudad».
Es probable que mientras a Irving se le iban los horas en su atalaya oyera los sones del reloj del Papabellotas, sobre la torre del homenaje del castillo. En 1585 se construyó en ella un templete campanario, que se financió con la venta de encinares propiedad del municipio, a lo que debe su nombre el reloj, porque «se papeó» las bellotas.

Desde esta torre se ve la calle Estepa o Infante Don Fernando, posiblemente la «espaciosa calle» a que hace referencia Irving, donde se encontraba la posada de San Fernando en la que el escritor y sus acompañantes se alojaron.
«Al anochecer llegamos a las puertas de la población», escribe Irving. Por el punto de origen del viaje, Sevilla, estas puertas no fueron otras que los Arcos de Estepa.
Los Arcos de la Puerta de Estepa se construyeron en 1749, bajo el mandato del corregidor —alcalde— Don Rodrigo Navarro. El artífice de esta obra fue el alarife municipal Martín de Bogas, quien un año antes realizó la Puerta de Granada. El concejo, que en 1748 obtuvo del rey Fernando VI el privilegio para celebrar una feria en agosto —que este año cumplió su 250.º aniversario—, quedó tan satisfecho de la obra que envió «en unas cajas acharoladas» dibujos y planos de cómo era la puerta, en cuyo centro se encontraban las armas del rey, dicen las crónicas. En 1931 fueron derribados por las dificultades que representaban para el incipiente tráfico rodado de la ciudad.
En su emplazamiento original la construcción se hallaba casi en la misma línea de la fachada del cuartel de la Guardia Civil. La reconstrucción inaugurada en agosto de 1998 se ha llevado a cabo unos metros más atrás, en la glorieta de la plaza de la Constitución, y cuenta con varios de los elementos originales, como los basamentos, el escudo real y los del corregidor y la ciudad.
El otro nombre lo debe la calle al conquistador de la ciudad, que a raíz de la hazaña llevó el apelativo de «el de Antequera». La tradición y las crónicas atribuyen al infante un conocido dicho.
Antes de acometer el cerco definitivo de la ciudad, el infante zanjó una discusión de sus nobles con la frase «nos salga el sol por Antequera», con la que reflejaba la impaciencia por no perder ni un momento más, se iniciara la marcha desde lo que hoy es Sierra de Yeguas cuanto antes y que la amanecida cogiese a las tropas cerca de la ciudad a expugnar.
Por la poca luz de las horas en que entró Irving a la ciudad no se percató, o no mostró interés por la iglesia de San Juan de Dios, un primoroso edificio construido entre finales del siglo XVII y principios del XVIII, ni de la de los Remedios, también del XVII y casa de la Patrona de la ciudad, la Virgen de los Remedios, cuya imagen, según la tradición, fue entregada por el apóstol Santiago al franciscano tercero Martín de las Cruces «para remedio universal de la ciudad». La escultura, que mide algo más de 60 centímetros de altura, es una obra de principios del siglo XVI y en ella se advierte la transición del Gótico al Renacimiento. La Virgen de los Remedios fue la primera imagen de la provincia coronada canónicamente. En 1922 el arzobispo de Granada efectuó la coronación de la Patrona de la ciudad en el Paseo Real, en presencia del obispo de Málaga.
Junto a la iglesia se encuentra el Ayuntamiento, edificación del último tercio del XVII que fue convento de terceros franciscanos y en 1845 pasó con las desamortizaciones de la época a propiedad municipal, fecha desde la que ha sufrido continuas remodelaciones.

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  Vista de la calle Lucena, con la torre
  del convento de Madre de Dios

Más adelante se halla la iglesia de San Agustín. La estructura general de la iglesia se construyó entre 1550 y 1556, bajo la dirección del arquitecto Diego Vergara, maestro mayor de la Catedral de Málaga, y su construcción duró hasta el siglo XVIII, por lo que muestra la influencia de diferentes estilos arquitectónicos.

A lo largo de los siglos el templo ha sufrido varias reparaciones y remodelaciones. Una de ellas, en 1668, deshizo la armadura de la nave, traza de Diego de Siloé realizada por Melchor de Arroyo.
En octubre de 1997, en el curso de las obras que se llevaban a cabo en su interior, se encontró la cripta de los Narváez, familia ligada a la conquista de la ciudad y varios de cuyos miembros fueron alcaides de la misma tras la toma a los musulmanes en 1410. En este enterramiento se han depositado los restos de los Narváez desde el siglo XVI al XVIII.
La cripta se encontró en bastante mal estado. Una de las causas apunta a que la tumba fuera profanada durante la invasión napoleónica; de hecho, las tropas francesas quitaron de las cornisas altas de la capilla mayor las banderas que los Narváez portaron en las batallas en que combatieron, por lo que no resultaría extraño que entraran en la tumba en busca de supuestos tesoros.
Cerca de estos edificios debió pasar, bien esa noche, o a la mañana siguiente, Irving, cuando iba en busca de la leyenda fronteriza desde el castillo. Con toda seguridad el escritor tuvo que cruzar el Arco de los Gigantes para acceder a la fortaleza.
En 1585 se levantó esta construcción, que venía a sustituir a la Puerta de Estepa o de la Villa. Según el historiador Jesús Romero, «a su valor como ejemplo de arquitectura tardo–renacentista hay que añadir su importancia como muestra de la ciudad por legitimar su renacentismo de entonces a través de los vestigios romanos aparecidos en su suelo». Así, terminado el muro, el Cabildo ordena colocar en el mismo las estatuas y lápidas latinas que han aparecido en Singilia Barba, Nescania, Osqua y Antequera, para que «pueda verse por todas las personas que a esta ciudad vinieren». En los mismos años se construyeron las casas consistoriales, hoy desaparecidas.

Tras el arco se encuentra la plaza de los Escribanos, que antecede a la Real Colegiata. La bula para construir este edificio fue firmada por el Papa Julio II en 1503. Sin entrar en el templo, hoy propiedad municipal, la misma fachada da una idea de su grandiosidad y magnitud. La Colegiata fue sede de la cátedra de Gramática, de la que salieron importantes escritores. Quizá el más conocido de ellos sea Pedro Espinosa. Nacido a finales del XVI, fue considerado uno de los mejores poetas de su tiempo y el primero que compiló y publicó la obra lírica de sus contemporáneos. En 1605 salió de una imprenta de Valladolid «Flores de poetas ilustres». La existencia de la cátedra facilitó también la aparición de la imprenta; la primera fue instalada por un nieto de Antonio de Nebrija. Hoy la plaza de los Escribanos cuenta con una estatua dedicada a Espinosa como reconocimiento a su labor y genio.
Muy cerca tuvo lugar un hecho que, de haberlo sabido Irving, lo habría reflejado. En la hoy desaparecida iglesia mayor de la ciudad, San Salvador, el rey Enrique IV de Castilla fue humillado al intentar contrariar el derecho de los antequeranos. Tenía previsto el monarca entregar el gobierno de la ciudad a Alonso de Aguilar, para lo que estaba dispuesto a un golpe de mano. Recibido con el mayor respeto por Hernando de Narváez, fue conducido a la iglesia, donde se encontró con un profundo silencio y un luto general de los presentes. Sobre un catafalco se había colocado la momia de Rodrigo de Narvaéz, primer alcalde y a cuya familia se le concedió tal derecho; en sus manos descarnadas tenía las llaves de la ciudad. Ni qué decir tiene que el rey no se atrevió a cogerlas.