De la antigua Málaga de conventos, monasterios,
cenobios y ermitas de los siglos XV y XVI se conservan todavía muchos restos que ilustran
nuestro ayer clerético, así como no pocos rastros de arcaicas toponimias que recuerdan
que los barrios, como el de Capuchinos, tomó prestado nombre del convento de franciscanos
que se erigió sobre la ermita de Santa Brígida.

Portada del viejo cementerio
de San Miguel, inaugurado en 1853
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El primer convento verdaderamente organizado por los
franciscanos capuchinos de Málaga fue erigido sobre una extensa colina de la zona
noroeste de la ciudad. Desde la misma construcción, el edificio monacal de grandes
proporciones permitió poco a poco diseñar la plaza principal del barrio, luego la
alameda del mismo nombre hacia el barrio de la Victoria, la Carrera de Capuchinos en
dirección a Dos Aceras, la calle de Capuchinos hasta enlazar con el Molinillo y la de
Eduardo Domínguez Avila que lo hizo hacia las huertas de Mangas Verdes.
Barrio de lomas y lometas, de fértiles tierras labrantías entreveradas de los
yermos páramos de El Ejido y Puerto Parejo, permitió durante siglos la pacífica
coexistencia urbana de tejares, alfarerías y tahonas. Capuchinos fue un pequeño pueblo
que década a década y a partir de los primeros años del siglo XVII supo ceñir a la
ciudad en un arco que se iniciaba en el barrio de la Victoria y concluía en lo que fue
recinto murado del arrabal donde los árabes recogían su ganado, es decir, la enorme
explanada entre el río Guadalmedina y la calle Ollerías entre ciénagas, lagunillas y
pozos.
Según dejó escrito en una deliciosa y breve monografía sobre el barrio Juan
Estrada, desaparecido párroco de la iglesia parroquial de Santa Teresa, «era el año
1619 cuando el padre provincial de los Capuchinos, fray Bernardino de Quintanar, se
encontraba en Antequera verificando la visita canónica al convento de dicha ciudad.
Estando allí, recibió una carta que le enviaba don Diego Polín, vecino de Málaga, en
la que le proponía la fundación de un convento de capuchinos en Málaga. No tardó mucho
fray Bernardino en personarse, de manera que la entrevista con el ofertante pudo
realizarla prontamente. Era entonces obispo de la diócesis malacitana don Luis Fernández
de Córdoba, que antes lo había sido de Salamanca y más tarde arzobispo de Sevilla».
Se preparó con fortuna la entrevista de fray Bernardino, el señor Polín y el
obispo. El resultado fue extremadamente beneficioso para el fraile y el ciudadano
malagueño autor de la idea de dicha fundación, pues del encuentro se alcanzó la
licencia para crearlo y la promesa de ayuda episcopal al proyecto.
Ante tan prometedor recibimiento, se hizo visita de cortesía a los caballeros
regidores de la ciudad, a quienes presentaron un memorial del proyecto de fundación. Al
hacer la petición y solicitar autorizaciones, ayudas y suficientes apoyos, don Bernardino
y el señor Polín tuvieron el buen cuidado de dejar caer sobre la mesa edilicia que el
propio rey estaba muy interesado en dicha fundación conventual, de manera que las cosas
se obviaron de tal modo que el cabildo municipal celebrado el día 13 de septiembre del
citado año concedió cuanto de sus competencias administrativas dependía.
Sigue el padre Estrada informando de las primeras
gestiones:
«El señor obispo entregó a los capuchinos una ermita
situada en la calle Nueva dedicada a la Concepción de María, donde el 14 del mismo mes y
año se celebró la inauguración del convento con la asistencia del prelado Fernández de
Córdoba, los caballeros municipales, autoridades y representaciones y gran entusiasmo por
parte de la ciudad».
Pese a que las cosas marcharon rápidamente, aquella primera comunidad debió
sentirse incómoda por el lugar elegido para su primer asentamiento monástico. Era obvio
que la calle Nueva, en medio del alegre y ruidoso mundo del centro urbano, sin huerta
además en la que cultivar productos para la alimentación comunitaria, no era óptimo
lugar para las prácticas religiosas ni reunía las debidas condiciones para la vida en
soledad que era característica de los franciscanos.
Expuesto el tema ante el obispo, de nuevo se buscó un
lugar más adecuado. Y éste surgió como consecuencia de una visita que el prelado y el
superior realizaron juntos a las afueras de Málaga, concretamente al lugar donde existía
desde antiguo la ermita de Santa Brígida, «situada en un cerro al noroeste de la ciudad,
junto al camino que conducía a Casabermeja, cerca del Guadalmedina. El lugar dice
el cronista Estrada era espléndido, con vistas admirables, y desde él se dominaba
la ciudad y el mar».
SOBRE UNA ERMITA. El
obispo, complaciente con el provincial capuchino y deseoso de favorecer el desarrollo en
la capital de la comunidad franciscana, concedió la ermita; el Ayuntamiento, por su
parte, les ofreció todo el terreno que la rodeaba. Así, el día 28 de febrero de 1620,
los padres fray Esteban de Lérida y fray Juan de Granada en nombre de la comunidad
tomaron posesión de las tierras necesarias para edificar el convento y diseñar la
huerta, dejando el resto para que se sirvieran de él sus vecinos. La ermita se
transformó en iglesia, se edificó el convento y se trazaron la plaza y calles poco más
o menos a como hoy existen, y así, en torno a la iglesia y convento, se formó el barrio
de Capuchinos.
Las obras constructivas fueron llevadas a cabo rápidamente, merced a que los pocos
vecinos de la zona no sólo alentaron a los frailes, sino que constribuyeron con
abundantes limosnas y ayudas para que todo el proceso pudiera ser culminado en el más
breve tiempo posible. En efecto, la totalidad del convento e iglesia, diseño de la huerta
y realización de todos los servicios indispensables fueron totalmente terminados 12 años
más tarde, puesto que «... el día 30 de abril de 1632, conmemoración de Santa Brígida
virgen, y en la tarde del siguiente día, en solemne procesión, fue trasladado el
Santísimo Sacramento de la antigua a la nueva iglesia».
Le faltaba al cenobio lo que, para entonces, era factor de escasez en toda la
ciudad, el agua. Todavía lejano de alcanzarse en Málaga el famoso acueducto de San Telmo
primorosa obra de ingeniería del arquitecto José Martín de Aldehuela que costeó
el obispo Molina Lario, fue necesario gestionarla, de cuya mejora no sólo se
beneficiaron los frailes, sino todo el vecindario colindante.
«Don Baltasar Cisneros, caballeroprincipal y regidor malagueño, entre los muchos
favores que había concedido a los religiosos, les procuró el agua, mandando construir un
acueducto que la llevase al convento. Los religiosos, agradecidos por éste y otros
beneficios, le concedieron el patronato del convento. En los escudos que existen,
todavía, a la entrada del presbiterio, puede leerse claramente la inscripción «Armas de
los Cisneros».
CAPUCHINOS FAMOSOS. El
convento llevó una vida próspera, fue ejemplo entre los de su tiempo por lo crecido de
su comunidad y lo edificante de su ejemplo y porque en él, en distintos momentos y
décadas, protagonizaron ejemplares vidas de mística piedad diferentes sacerdotes que
alcanzaron fama de santidad, ciencia y sabiduría.
Merece destacarse el celo apostólico de los religiosos durante la epidemia de
peste que sufrió Málaga durante los años 1636-37. En aquellos días trágicos para la
ciudad, los capuchinos cuidaron espiritual y corporalmente a los enfermos que, en número
de 800, se albergaron en un hospital provisional instalado en el Molinillo, próximo al
convento, y que se llamó hospital de Santa Brígida. Murieron cinco religiosos: el
guardián, fray Alonso de Guadix, fray José de Málaga, fray Jacinto de Granada, fray
Francisco de Toledo y fray Miguel de Antequera. Sus cuerpos recibieron sepultura en una
capilla levantada en la huerta del convento, en la que sin citar nombres ni otros detalles
identificativos se leía la siguiente inscripción: «En esta capilla y sitio están
enterrados los religiosos capuchinos que ofrecieron a Dios Nuestro Señor sus vidas, por
ayudar corporal y espiritualmente a sus próximos, en la peste que padeció Málaga en el
año 1637».
Esta eventualidad histórica que durante generaciones pasó de padres a hijos
y quedó magnificada con el paso de los tiempos fue la que concedió a los
franciscanos capuchinos y a su convento e iglesia la enorme popularidad devocional que los
capuchineros de hace más de tres siglos y medio le dispensaban. Y sigue la crónica:
«Gozó de tanto prestigio este convento, que el ilustrísimo señor obispo, fray
Francisco de San José, intentó construir en él una celda para su retiro, para lo cual
obtuvo licencia del provincial el 11 de septiembre de 1705. Pero habiéndose presentado
diversas dificultades, murió el prelado sin conseguir su intento. En el año 1638 se
fundó en este convento la casa-noviciado de la provincia, y en 1701 tuvo principio la
Venerable Orden Tercera de San Francisco».

Fachada de la Iglesia parroquial de
Santa Teresa del convento de clarisas |
DESAMORTIZACION. El
periodo desamortizador del siglo XIX afectó a los franciscanos capuchinos. Obviamente,
por esta misma circunstancia histórica pasaron la totalidad de conventos, monasterios,
cenobios y la propia mitra malacitana, que vieron de qué manera se les expropiaban sus
bienes raíces, su patrimonio inmobiliario no de culto, así como sus tierras. Fue el año
1835 el de la exclaustración de la, para entonces, numerosa comunidad. «Los capuchinos
tuvieron que abandonar el convento. La iglesia pasó a poder del Obispado. El Estado se
apoderó del convento, edificando sobre él un cuartel y dejando para uso del templo una
parte del claustro, que se conserva, y algunas celdas monacales».
La anécdota, menuda si ustedes quieren mas en cualquier caso relevante por su
significado, fue que «en una de estas habitaciones quedó como camuflado el padre José
de Vélez, religioso de grandes virtudes, que vivía en la mayor pobreza dándolo todo a
los pobres y dedicado a la conservación y culto de la iglesia en espera de que volviesen
sus hermanos capuchinos. Era un apóstol de la Divina Pastora y a él se debe la
fundación de la hermandad, que tenía por objeto mantener el fuego sagrado de la
devoción y formar un coro que cantase en sus funciones, celebradas los primeros domingos
de cada mes, y en la novena, que tenía lugar todos los años».
Anteriormente a este fray de Vélez y está suficientemente recogido en las
crónicas franciscanas capuchinas otro gran apóstol de la Divina Pastora fue el
beato Diego José de Cádiz, en el mundo José Caamaño y García, nacido el 30 de marzo
de 1743. Este capuchino, que tuvo dificultades para entrar en la orden dada su escasa
preparación cultural, terminó siendo un brillantísimo orador sagrado, un hombre de
relevantes conocimientos teológicos y un destacado misionero urbano. Precisamente, y
desde su llegada al convento del barrio en 1773 en el que permaneció dos años,
estableció su centro misional, desde donde partió muchas veces a distintos territorios
andaluces para realizar su labor misionera. El paso de este santo por el convento de
capuchinos de Málaga fue, sin duda, otro de los timbres de popularidad de la casa
capuchina.
Dos momentos culminantes vivió el barrio de Capuchinos a
lo largo del siglo pasado, pues si de una parte las leyes desamortizadoras de Mendizábal
y Madoz obligaron a los frailes a su exclaustración con abandono del convento, por otro
significó, tiempo después, la incorporación de las clarisas. Ambos acontecimientos
jugaron un papel importante en el devenir del conjunto urbano y ciudadano capuchinero que
allí creció. En todo caso y aunque intentos hubo de borrar para siempre el nombre
de la plaza, la alameda, la carrera y la calle de Capuchinos en distintos momentos
revolucionarios el tercer barrio de Málaga nunca llegó a perder su nombre de
origen. Tampoco las calles que lo recordaban. En efecto, con la entrada en vigor de las
leyes confiscadoras, y una vez que la comunidad tiene que abandonar de urgencia el
claustro, el convento se convirtió en el gran acuartelamiento militar de la ciudad; de
nuevo, pues, los capuchinos prestaron nombre al edificio, que para muchos vecinos de hoy
es de quien el barrio recibe nombre y no del primitivo convento, lo cual es explicable
error.
La revolución de septiembre de 1868, conocida como «La Gloriosa» y que llevó al
exilio a la reina Isabel II, afectó igualmente a muchos monasterios malagueños, entre
ellos al de las monjas clarisas. Esta comunidad fue forzada a vivir junto a sus hermanas
rondeñas desde 1868 hasta 1889, en que, según la crónica disponible, retornaron al
barrio ayudadas por el obispo Spínola y Maestre, encargándoles de la custodia de la
iglesia como propia de su convento. Fueron estas monjas las que, a partir del año ya
citado, custodiaron la imagen de la Divina Pastora, verdadera copatrona capuchinera con
María Auxiliadora y a quien la ciudad debe su devoción a la imagen que todavía se
venera en la hornacina del altar mayor de la parroquia titular de Santa Teresa.
BARRIO ENTRE BARRIOS.
Capuchinos nació con vocación de barrio entre barrios, sin duda. Sus límites, según ya
quedó comentado, eran Victoria, Molinillo, Mangas Verdes y El Ejido con Puerto Parejo. En
datos de 1845, cuando la ciudad tenía 72.931 vecinos repartidos en 6.870 casas y éstas,
a su vez, se ubicaban en 301 calles, el barrio capuchinero pertenecía al IV Distrito,
Santa Ana, integrado por el barrio de la Alcazaba, Muelle Viejo, Malagueta, Campos de
Reding, camino y población de El Palo, Barcenillas, Amargura, Cristo de la Epidemia,
alameda de Capuchinos y Ejido.
Por estos datos socio-urbanos se extrae la consecuencia de que, todavía y para
entonces, la Carrera y calle de Capuchinos serían, en todo caso, vías en formación no
densamente habitadas. Claro está que los censos municipales de la época presentaban
lagunas importantes; aun así y todo, queda la sospecha de que Capuchinos no había
alcanzado pleno desarrollo ocupacional al no reflejarse dentro del Distrito IV calles
fundamentales del mismo, entre las cuales figuraron más tarde las aludidas Carrera y
calle de Capuchinos, Eduardo Domínguez Avila, el popular «Caminillo de las Pencas»
hacia el viejo Camino a Casabermeja, alameda del Patrocinio, así como Alcaide de los
Donceles, Escobedo, Huerta, Doña, Molino, Argüelles, Zaragoza, Arapiles, Prolongo,
Hurtado, Cuervo, Cauce, Palafox, Santa Leocadia, Pastora, callejón del Lucero, Postigos,
etc.
De desarrollo lento, puesto que son entonces muchas las direcciones en que aquella
parte de la ciudad podía extenderse, Capuchinos comienza a poblarse a partir del primer
tercio del siglo XVIII. No obstante, para aquellas décadas las huertas y terrenos
fértiles para la siembra eran muchos y muy productivos, especialmente generosos para la
patata, verduras y flores y, por extensión, para el establecimientos de vaquerías por la
abundancia de pastos para el ganado. Su desarrollo urbanístico comienza, pues, por un
perímetro central cuyo eje lo marcó la calle principal capuchinera, su alameda, que
discurre desde la plaza hasta la misma e histórica Fuente de Olletas. |