Cártama, más conocida como el Valle del Limón,
ha sido a través de los tiempos un pueblo fronterizo, gracias a lo cual ha contado con
asentamientos celtas, romanos y árabes, que han dejado entre los vecinos la huella de la
hospitalidad. El paso del río Guadalhorce ha hecho posible el crecimiento de una
población diseminada a lo largo de ocho núcleos urbanos.

Vista de la torre de la
iglesia de San
Pedro Apóstol, que data de 1505
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Hace dos mil años, el principal camino para acceder desde
la provincia de Málaga al interior de la Meseta era un poblado ibérico que, a pesar de
carecer de denominación concreta, algunos llamaban Cartha; más tarde fue conocida por el
nombre romano de Cártima, y finalmente, durante la época medieval, adoptó la forma
actual, Cártama, de origen musulmán. Los caminantes y jinetes que, guiados por las
orillas del río Guadalhorce, se dirigían a los lugares más recónditos de España
hacían las primeras paradas en esta localidad, donde fondeaban gracias a la hospitalidad
reconocida de sus habitantes.
Cártama fue hospedaje de celtas gracias al control que ejercían sobre sus ricas
minas, hoy perdidas y olvidadas. También dejaron su huella los romanos, por más que no
existan datos que corroboren el paso de sus soldados por estas tierras, ya que se
conservan importantes restos de estos conquistadores, como el arco romano que se encuentra
en la zona conocida por el Santo Cristo, y que recientemente fue visitado por manos
expertas que restauraron las piedras que lo conforman.
CAUCE DE RELACIONES. La
importancia de este enclave se mantuvo durante un largo periodo, especialmente durante la
dominación islámica, ya que resultaba ser una gran fortaleza de paso hacia la capital,
Málaga. Según cuentan los historiadores, mientras se mantenía fiel a los omeyas
impidió eficazmente que Omar ben Hafsum, llegado desde Álora y entonces dueño de
Andalucía, pudiera añadir la perla malagueña en sus innumerables conquistas.
Cártama, debido a su situación en la zona media del valle fluvial, se constituyó
en un constante cauce de relaciones comerciales y culturales hacia todas las direcciones,
incluso como enlace con Ronda y Antequera. Su término municipal, que forma parte de la
conocida hoya de Málaga, cuenta con tierras muy fértiles y abundante en aguas de
regadío, ya que se sitúa en la terraza fluvial inferior a los cien metros, que sólo
superan algunas colinas de la zonas conocidas como Casapalma y los Pechos de Cártama.
Asimismo, hasta la fecha se han descubierto importantes sendas ibéricas que
atravesaban el valle en dirección a Anticaria, recorriendo los núcleos urbanos de Iluro
cercanías de Álora, Nescani Valle de Abdalajís y unas
importantes ruinas ibero-romanas del cortijo del Castillo. Además, los hallazgos de
cerámica ibérica en Cártama, Soto Moro, Casapalma, Arroyo del Chumbo y en las faldas
del cerro del Castillo de Álora demuestran que era la vía de penetración en época
ibérica, ya que aprovechaban la margen derecha del río Guadalhorce.
Según un estudio del cartameño Francisco del Pino Roldán, Cártama fue objeto de
numerosos romances fronterizos, especialmente los que cuentan el de una joven del pueblo,
Jarifa, que en la actualidad da nombre a una de las calles, y el mozo ilustre Abencerraje,
como ocurrió con Zaide y la Bella Zaida, personajes que hicieron populares hasta el
propio Cervantes. Juan Timoneda, nacido en Valencia, escribió en 1573: «En Granada fui
nacido/ de una mora de valía/ y en Cártama fui criado/ por triste ventura mía»,
romance que forma parte de la «Rosa de romances» y que alude al encuentro del alcaide de
Antequera, Rodrigo Narváez, con Abindarráez. En la misma época, y como protagonista Don
Rodrigo, este escritor valenciano, conocido como El Patrañuelo, escribió estos versos:
«Cuando nascí, cuitado,/ luego mi padre me envía/ para que criado fuese/ en Cártama,
aquesa Villa». Años más tarde, y siguiendo con el romance surgido en tierras
cartameñas con Jarifa de protagonista, Lucas Rodríguez escribió: «Crióse el
Abendarráez/ en Cártama, esa alcaidía/ hasta fue de quince años/ con la hermosa
Jarifa», para más tarde reconocer que el amor fraternal de los personajes se transformó
en un romance apasionado, al igual que hiciera el jiennense Pedro de Padilla en 1583.
Gracias a las batallas que hacen posible que estas ilustres plumas hagan de
transmisoras para el pueblo a través de sus espléndidos versos, Cártama cuenta con una
fortaleza árabe, que a pesar del mal estado en el que se encuentra debido al paso del
tiempo y al reprobable olvido de sus vecinos, tiene a sus espaldas numerosas historias de
personajes ilustres y anónimos que han pasado por épocas de hambre y sangre y también
de grandes glorias y triunfos. Durante la existencia del Reino de Granada, del que formaba
parte Málaga, era costumbre la localización de importantes puntos estratégicos donde se
construían alcazabas como la de Cártima, que cuidaba con especial esmero la defensa de
su capital.
DEFENSA. Tal como se
estableció en la época, de las partes más sensibles de Málaga la zona más frágil era
el Guadalhorce, posible vía de penetración de los enemigos a través del curso del río
y sus afluentes, por lo que levantaron y reconstruyeron numerosos castillos, formando casi
círculos en torno al punto final: Cártama, cuya misión era vigilar el curso final del
río y su fértil vega, como reconoce María Dolores Aguilar García en su colaboración
en la obra «Cártama en su historia».
Como en otros casos, la fortaleza, de estructura puramente militar ofrece pocos
aspectos estéticos, dada la funcionalidad del espacio. Las notas artísticas, aunque
escasas, se podían apreciar en sus proporciones, la armonización de su volumen y su
estrecha relación con el entorno natural, la colina de Cártama, que hacía posible que
la fortaleza pudiera camuflarse entre el terreno. Gracias a la pronunciada pendiente donde
se ubica, los árabes pudieron garantizar su defensa, que además fue reforzada por la
construcción de torres de diferentes plantas y solidez, de acuerdo con el carácter
abrupto del enclave.
Desde su parte más alta se divisan el este y el oeste, que coincide con el curso
del río Guadalhorce. Hoy día, los habitantes y, cómo no, sus numerosos visitantes,
pueden disfrutar de una panorámica completa de todo el entorno, principalmente de la
vega, aunque, según comentan algunos vecinos, desde hace algún tiempo se ha perdido el
interés por este enclave. Aún se conservan restos del pasado glorioso de la fortaleza,
poblada por 204 habitantes que en muchas ocasiones carecían de abastecimiento de la
guarnición durante algunas jornadas.
MOSAICOS. Cártama ha sido
objeto de numerosos hallazgos históricos y culturales, como los mosaicos. El primero de
ellos evoca la figura mítica de Hércules, que podría datar del siglo III, encontrado en
los primeros meses de 1858 en una casa de la calle Concepción, esquina a la del Padre
Navedo, y que pertenecía al marqués de Casa-Loring. Un autor resume así su significado:
«El de Cártama es el mejor de los pocos que se han encontrado en España y puede
sostener la comparación con los más apreciados de fuera de la Península».
El segundo de ellos, de carácter mediterráneo y que contaba con la figura de
Afrodita navegando en una concha y protegida por un velo, fue descubierto en enero de
1956, casi por casualidad, mientras se realizaban unos trabajos de construcción en la
casa número 94 de la que se llamaba calle de Abajo, hoy conocida como González Marín.
Ambos objetos, de gran valor histórico y documental, se encuentran en diferentes museos
nacionales y constituyen uno de los mayores orgullos de sus vecinos... a pesar de no
tenerlos cerca.
Sin desviar la vista de la colina, donde se halla la fortaleza, se observa un
serpenteante y empinado camino que atraviesa la línea inferior de la muralla. El acceso
conduce a una pequeña capilla en la que destacan un atrio, una torrecilla y el camarín,
que se adosa al cuerpo de la nave y que se convierte en el rasgo más destacado de la
ermita de Nuestra Señora de los Remedios, uno de los puntos de referencia para los
peregrinos de toda la provincia y seña de identidad de todo un pueblo. Hoy, además, en
el templo destaca una espadaña campanario de una sola pared en la que hay unos
huecos para colocar la campana que pudo ser construida en el siglo XIX ya que
resulta desmesurada en relación a las proporciones de la ermita de la que hasta el
momento no se ha confirmado la fecha de su construcción.
Sin embargo, algunos expertos, como la historiadora Rosario Camacho, aseguran que
el templo podría datar de 1493. Su construcción se relaciona con una leyenda, que hoy es
aceptada por los fieles que acuden a menudo a ella, similar a la de otros pueblos de la
provincia, como la ermita de la Fuensanta de Coín: junto al castillo tuvo lugar la
aparición de una pequeña imagen ante un pastor, y que determinaría la ubicación de la
ermita, que en 1579 adoptó el nombre de la Virgen de los Remedios, después de
procesionar la imagen durante una epidemia de peste y que se le atribuyeran grandes
remedios en la población.
Cada 22 de abril la Virgen es trasladada a la parroquia de San Pedro Apóstol,
donde permanece hasta el primer domingo de junio y recibe más asiduamente el homenaje de
los vecinos. Hasta que llega el día grande, 23 de abril, cuando se procesiona la imagen
mientras participa el pueblo entero en una ceremonia en la que entre oraciones, cánticos,
gritos de entusiasmo, velas y cohetes, junto a una lluvia de pétalos, el espacio humano
se transforma en un gran escenario religioso cargado de emociones.
Según cuentan los vecinos, durante un año la Virgen fue
sustituida por otra imagen que la imitaba. No se trataba de una profanación, sino del
plan del artista y recitador de versos José González Marín, que decidió llevarse la
imagen auténtica en un viaje a las Américas para salvaguardar «a la que remedia los
males de infinidad de feligreses de la provincia», como apuntan algunos mayores del
municipio que aseguran haber sido sanados por su intercesión, o haber encontrado trabajo.
Pero González Marín no sólo pretendía que otras personas tuvieran la oportunidad de
contemplar su belleza y sus poderes, sino que pretendía salvarla de los actos vandálicos
que se sucedían durante los días de la guerra civil española.

Vista del puente de hierro de
la Estación, santo y seña de esta barriada de Cártama
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CASCO ANTIGUO. El trazado
del casco antiguo de Cártama continúa por el Pilar Alto, una de las zonas más antiguas
de la localidad, donde se encuentra un manantial natural en el que las mozas acudían a
lavar las ropas y donde cada día se relacionaban mujeres y hombres, y que ahora se ha
convertido en una fuente de agua potable para que residentes y viajeros sacien su sed tras
visitar a la Patrona de la localidad. Tan sólo unos metros más abajo se ubica la plaza
de la Constitución, donde se halla actualmente el Ayuntamiento del municipio. Se trata de
un espacio que a lo largo de los años ha visto cómo su fisonomía se ha transformado en
numerosas ocasiones, pero muy pocas veces por mor de los cánones arquitectónicos de sus
épocas: los cambios han coincidido más bien, según sostienen los vecinos, con los
sucesivos cambios de gobierno, sobre todo desde la Segunda República y en lo sucesivo. El
entorno cuenta con una imagen más acorde con los años 90, «aunque demasiado moderno»,
discrepa Antonio, un vecino de 70 años que ha visto la progresión de la plaza a lo largo
de su vida.
Fue en este mismo enclave conocido antiguamente como
la plaza de Arriba, a través de unas excavaciones en 1751, concretamente en la
parroquia colindante, donde se encontró una columna, que al parecer formaba parte del
templo hallado años antes en el terreno del Pilar Alto, junto a una cruz de piedra que
fue denominada por el entonces párroco como Cruz de Humilladero. Con el tiempo, ambos
elementos se instalaron en la entrada de la villa en el camino de Málaga, que fue
descrita por el historiador Rodrigo Amador de los Ríos como «hermosa columna romana, de
almendrado y grueso fuste de dos piezas, y bello capitel corintio», en la cual se colocó
una cruz de hierro a principios de este siglo, que inicialmente se pudo contemplar en la
plaza del Ayuntamiento, donde algunos habitantes consideran que «debe ser su sitio».
Y como ocurre en los típicos pueblos andaluces, la iglesia parroquial, en esta
ocasión en honor a San Pedro Apóstol, se encuentra ubicada en plena plaza de la
Constitución. Según cuenta María Dolores Aguilar, este templo fue instituido en mayo de
1505 por el arzobispo de Sevilla, don Diego de Deza, en Segovia, y fue construido en un
solar de 160 fanegas. Se trata de una iglesia con tres naves, separadas por pilares que
sustentan arcos de medio punto, cubiertos con armadura de madera y a cuyos pies se
encuentra el coro, que conserva su solería original. En la nave izquierda se encuentra el
Nazareno de vestir, cuya imagen, que data del siglo XVII, es la única que no tuvo que ser
sustituida tras los destrozos de la guerra civil, mientras que en la nave lateral se halla
un camarín rectangular que acoge a la Virgen de la Inmaculada.
Sin salir del pueblo, dos calles más abajo se encuentra el teatro González
Marín, en honor al que fuera personaje más emblemático y reconocido de la localidad.
Nacido en Cártama el 28 de abril de 1889, fue uno de los recitadores de versos más
conocidos de su tiempo. En mayo de 1905 llevó a cabo su primera actuación artística en
el teatro Cervantes, donde encarnó el papel de Rodamantos en la obra cervantina «El
Quijote». Actuó en la compañía de doña María Guerrero por el año 1914. Por motivos
de salud, y tras triunfar en Madrid, se instaló en su tierra natal, donde en 1935 fue
nombrado hijo predilecto. El 31 de mayo de 1956 falleció en su casa, donde vivía
retirado desde 1950, «con gran sentimiento popular en numerosos lugares, desde donde se
envían testimonios de sincera condolencia a sus familiares», según narra Francisco del
Pino.
El edificio que lleva su nombre, inaugurado en 1942 y que se encuentra en pésimas
condiciones desde que se cerró en los años 60, fue uno de los focos de cultura más
importantes de la comarca, ya que durante los años en los que se mantuvo abierto fue
escenario de numerosas obras teatrales y actos y donde se daban cita diferentes
compañías teatrales de la provincia durante más de 30 años. Ahora, tras numerosas
peticiones de grupos de vecinos del pueblo, está prevista su restauración.
Tan sólo hay que viajar un par de kilómetros para encontrar la Estación, barrio
que nació y se consolidó alrededor del río Guadalhorce y sobre el cual, como enclave de
bienvenida, se encuentra un puente de hierro que se construyó en 1928. Su historia se
remonta al momento en el que se llevó a cabo el Plan del Guadalhorce que el Gobierno de
Primo de Rivera elaboró con la intención de controlar las crecidas del caudal y crear
nuevas tierras de regadíos mediante la introducción de canales de riego. La obra, que
fue adjudicada a Rafael Benjumea, a la sazón ministro de Fomento y conde de Guadalhorce,
consiguió unir Cártama con la campiña a la altura del cortijo de Venta Romero, situado
en las cercanías de la estación de ferrocarril y donde se consolida la creación de un
nuevo núcleo urbano, la Estación, y donde se encuentra la parroquia de San Isidro
Labrador, que data del siglo XIX.
Cártama agrupa en la actualidad ocho núcleos Cártama Pueblo, Doña Ana, La
Ampliación, El Sexmo, La Estación, La Aljaima, Loma de Cuenca y Gibralgalia, todos
ellos nacidos a orillas del río y que a pesar de las distancias que los separan y de
sumar casi 13.000 habitantes siguen manteniendo el espíritu hospitalario de sus
antepasados. |