Ciento siete años cumplió el pasado mes de
agosto la que es hoy principal arteria urbana de Málaga. Nacida de un dédalo de
estrechas calles y abigarrada arquitectura, el año de su iniciación, 1887, todavía
presentaba en su trama urbana aspectos muy claros de su pasado musulmán. En cuatro años
pasó de ser parte de un barrio viejo a primerísima vía.

Arco levantado en 1891 para
inaugurar la calle
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Desde el día 15 de mayo de 1887 en que comenzaron hasta
el 27 de agosto de 1891 cuando oficialmente fueron recepcionadas por el Ayuntamiento, las
obras de construcción de calle Larios significaron la iniciativa malagueña de carácter
urbano y arquitectónico más importante del pasado siglo. Bien es cierto que, previamente
a ellas, se había acometido ya la reforma de las calles Luis de Velázquez, Cuervo
(actual de Calderería), plaza del Siglo, Molina Lario y Sánchez Pastor, entre otras,
realizadas por dos excelentes arquitectos de la época como fueron Jerónimo Cuervo
González y Eduardo Strachan Viana-Cárdenas. Precedentemente a las citadas iniciativas,
la ciudad no había conocido hasta entonces una actividad de renovación urbanística
semejante. Durante los cuatro años de la construcción de calle Larios, y pese al corto
periodo de tiempo que transcurre entre los procesos administrativos, las necesarias
expropiaciones y las obras en sí mismas, ocho alcaldes se sucedieron al frente del
Ayuntamiento local. Ellos fueron, en el orden cronológico de los sucesivos relevos, José
Alarcón Luján, Sebastián Souvirón Torres, Carlos Dávila Bertololi, Ildefonso
González Solano, Miguel Sánchez Pastor, Lorenzo Cendra Buscá, Juan de la Bárcena y
Mancheño y Liborio García Bartolomé.
Algunos de los mencionados, que repitieron nombramiento hasta dos veces durante los
cuatro años, ejercieron el cargo efímeramente, lo que prueba el convulsivo momento
político que protagonizó el nacimiento de la que hoy tenemos por primera calle del
centro comercial de la ciudad. Cierto que cada uno de los personajes mencionados jugó un
importantísimo papel cara a los pactos que hubieron de alcanzarse con la poderosa Casa
Larios; igualmente hay que atribuir un relevante protagonismo a la Sociedad Económica de
Amigos del País, verdadero Sanedrín de la economía liberal malagueña de finales del
siglo XIX.
Si para el alcalde Alarcón Luján fue un honor proponer al Ayuntamiento la idea de
su construcción, para el pueblo de Málaga significó una verdadera satisfacción, pues
don José, previamente a su planteamiento, había tenido la curiosidad de saber si los
ciudadanos preferían como proyecto de interés comunitario la terminación de la segunda
torre de la Catedral o desarrollar el proyecto de calle Larios. Históricamente, fue la
primera vez que la municipalidad malagueña sometía a plebiscito una pregunta de
semejante magnitud. La respuesta vecinal se inclinó por la calle y no por la torre.
¿Por qué calle Larios nace como posible eje de desarrollo moderno del centro
urbano de la ciudad? Existieron dos razones para ello: transformar el hediondo,
antiestético, revuelto y deshilachado tejido urbano que iba desde la plaza de la
Constitución hasta calle Martínez (antigua de Pescadores) formado por calles
entrecruzadas y estrecha, y ventilar, mediante el oportuno saneamiento, todo el amplísimo
sector, cuya estructura había quedado absolutamente envejecida con el paso de los siglos.
El proyecto de calle Larios partía de la plaza y se trazaba sobre las calles del
Toril, Siete Revueltas, Salinas, Callejón del Perro, San Bernardo el Viejo, Pescadores,
Almacenes, Mesón de Vélez, Espartero y Don Juan Díaz, toda vez que se buscaba
afanosamente conectar la plaza con la mar próxima.
PRESCRIPCIÓN FACULTATIVA. Lo
he escrito varias veces y en la presente ocasión resulta obligado repetirlo: calle Larios
nació por prescripción facultativa, además de ser su intención ordenadora y
regenerativa del territorio. En efecto, resulta curioso comprobar cómo históricamente el
núcleo más endémico ante cualquier epidemia fue siempre el situado entre la plaza,
donde estuvo la antigua cárcel local, y la explanada portuaria.
Dicho sector, por las aludidas razones de deterioro urbano y arquitectónico,
pésima ventilación, descuido de sus actividades relacionadas con la mar y el puerto,
promiscuidad vecinal, existencia de garitos, tabernas, antihigiénicas barberías,
posadas, mesones y albergues en los que se alojaban no pocos pillos, transeúntes y gentes
de aluvión o delictivas y ocultas existencias, producía el propicio ambiente para el
desarrollo y fomento de toda clase de epidemias que, en brotes recidivados, acababan por
afectar a media población.
Los médicos malagueños del siglo XVII ya habían advertido reiteradamente a las
autoridades que las peligrosas pandemias que la ciudad padecía de forma cíclica y que
precisamente se ensañaban entre la población que vivía desde la plaza a calle
Pescadores únicamente se acabarían saneando, ventilando y ensanchando el lugar. Los
últimos e inteligentes galenos que tanto lucharon en 1833 durante la epidemia de cólera
morbo, recogiendo la tradición y denuncia de sus antecesores, fueron los últimos en
recordar que los vientos de su mar cercana que inútilmente intentaban penetrar sus
angostos espacios se estrellaban contra la barrera arquitectónica de la actual
calle Martínez; por tanto, su insistencia continuó en este mismo sentido: o se abría
una brecha desde dicho punto en dirección a la plaza con el fin de airearla
convenientemente, o las epidemias continuarían atrincheradas sin posibilidad de acabar
con ellas.
PRIMERAS GESTIONES. Cuando
José Alarcón Luján en sus dos épocas de alcalde (1876-1880 y de enero a marzo de 1881)
se afana en los prolegómenos administrativos del proyecto de creación de calle Larios no
podía sospechar la gran importancia que tal iniciativa iba a tener, aunque sí tenía muy
claro que, dadas las circunstancias políticas de la época, no sería él quien
presidiera el acto inaugural de la misma.
Según acta del cabildo municipal de fecha 29 de mayo de 1878 que de inmediato se
dirigió a las Cortes, el Ayuntamiento pretendía del órgano legislativo nacional obtener
autorización para aumentar en veinte metros cada zona lateral de la futura calle en
estudio partiendo de los diez previstos inicialmente con el fin de poder
llevar a cabo nuevas expropiaciones. Naturalmente, el aumento implicaba mayor gasto, y,
aunque la legislación al respecto resultaba en extremo ceñida, la intención edilicia
era en realidad que se contemplara en el proyecto final y definitivo una posible acción
ulterior, de carácter urbano general, aprovechando el nacimiento de la nueva vía. En
otras palabras, que la anchura permitiera, mediante el oportuno retranqueo, invadir
terrenos cercanos a la Catedral, por un lado, y hacia calle San Juan, por otro.
«... Por ello, pues, a la Representación Nacional, respetuosamente, Suplica: Que
por las circunstancias aducidas y en vista de las razones legales que se exponen, se digne
expedir una medida legislativa que faculte para expropiar, además del terreno necesario
para la calle de diez metros de ancho, en aplicación de la ley general, hasta veinte
metros por cada una de las zonas laterales de edificación, y se ocurra a solucionar los
casos análogos que con posterioridad puedan presentarse. Así lo espera el Ayuntamiento
de Málaga de la ilustración y buen deseo que revisten todos los actos de las
Cortes...».
Todos pendientes de aquellas gestiones, el primer compromiso de compra entre el
Ayuntamiento y el propietario del inmueble situado en la plaza de la Constitución número
28 tiene fecha de 5 del siguiente mes de noviembre, día especialmente significativo para
la historia del proyecto porque dicha finca era la que tenía que abrir la brecha para
hacer posible la entrada a la propuesta calle desde la misma plaza.
Dos años más tarde, justo el día 1 de mayo de 1880, el Ayuntamiento hace
públicas las bases de una sociedad anónima para promover su construcción. El capital de
la misma se fija en un millón de pesetas, aunque queda claro que las acciones nominales
podrán aumentarse en función de las necesidades constructivas y de la propia demanda
ciudadana de ellas. Así las cosas, y en principio, el millón de pesetas del capital
social inicial se distribuye en cuarenta acciones de 25.000 pesetas cada una. En favor de
la sociedad el Ayuntamiento introduce una cláusula, verdadera canonjía, mediante la cual
aseguraba a los accionistas la cesión de «todos los arbitrios que por huecos,
atirantados, vallas, materiales en introducción de alcantarillas, tiene derecho a cobrar
en edificaciones de las zonas expropiadas, así como cualquier otro establecido o que se
pueda establecer en el futuro».
Tal como fácilmente se deduce de lo anterior, el Ayuntamiento trataba de hacer
atractiva la participación en dicha sociedad a quienes, en aquellos momentos dueños del
dinero local, recelaban de posibles, claras y rápidas ganancias, que era a lo que
justamente estaban acostumbrados. El proyecto de la nueva calle con sus bloques de
viviendas y locales comerciales para rentar era, desde luego, apetitoso desde una
perspectiva comercial hecha para comerciantes. Pero que el Ayuntamiento se echara a la
aventura con sus propios recursos era algo que no veían claro no sólo los hombres del
dinero, sino las más conspicuas familias de la burguesía dominante.
Con todo, y tras un paréntesis de expectación y seguramente luego de haberse
auspiciado más de un encuentro entre los pudientes localistas, se produce un
acercamiento. Representantes de significados clanes industriales y de la actividad
mercantil de la ciudad comienzan a dar muestras de interés hacia las peculiaridades de la
iniciativa. Al Ayuntamiento se acercan curiosos gerentes, activos apoderados, encubiertos
embajadores que no dan la cara de sus señores; y cuando toda la información técnica la
manejan y reflexionan, todos y cada uno de los que se habían mostrado relativamente
interesados o que simplemente hicieron ascos del proyecto esperan ansiosos comprobar los
nombres de las personas, empresas y familias dispuestas a aportar sus capitales, y en qué
cuantía.
Visto el asunto a la distancia que nos permiten ciento siete años después de
materializarse el proyecto puede parecernos sencillo el favorable rodaje de trámites
administrativos y legales. No fue así, sin embargo, ni siquiera teniendo en cuenta la
grandeza de la iniciativa y el esfuerzo que reclamaba por parte municipal y del capital
privado autóctono.

Obreros
malagueños el día inaugural de calle Larios
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MAQUINARIA ADMINISTRATIVA.
Las bases para poner en movimiento la necesaria maquinaria administrativa se origina el
día 1 de mayo de 1880, cuando el Ayuntamiento realiza el primer compromiso de compra, el
edificio número 28 de la plaza de la Constitución. Tras la adquisición del indicado
inmueble, nació una sociedad anónima que sería la que verdaderamente garantizaba la
viabilidad del proyecto. Diecinueve días más tarde, estamos ya a 20 de mayo de 1880, las
bases de la sociedad quedarían definitivamente aprobadas en sesión municipal. El
compromiso estaba firmado de puño y letra del alcalde Alarcón Luján y, según está
documentado, para esa misma jornada habían suscrito dos acciones: Sociedad Hijos de
Manuel Heredia, Hijos de Manuel Larios, Antonio Campos Garín, Jorge Loring y Simón
Castel, que totalizaron las 250.000 pesetas.
La cuestión más dura, difícil y cara era el tema de las expropiaciones,
verdadero escollo donde tradicionalmente naufragaron los proyectos municipales por su
endémica falta de recursos económicos. Visto hoy desde dicha experiencia, incluso los
primeros señores y sociedades que suscribieron las iniciales acciones dudaron acerca de
la viabilidad de tan importante proyecto, puesto que para desarrollarlo en su integridad
era necesario adquirir un total de 107 fincas para expropiar, demoler y, sobre ellas,
diseñar espacios y desarrollar volúmenes arquitectónicos. Por esta razón el tema
entró en extraño aunque comprensible letargo municipal hasta el mes de agosto de 1886.
En ese momento se descubre que la Casa Larios, más astuta y ligera en sus gestiones y
desde luego mejor saneada que las arcas municipales, había ido adquiriendo prácticamente
en secreto y poco a poco para no llamar la atención hasta 76 de los citados inmuebles. Si
el municipio conocía o no las citadas operaciones subrepticias, o si las bendijo
consentidor o apoyó desde la connivencia, es algo no comprobado. Mas el dato está
ahí...
UN PUÑADO DE ESCRITURAS.
Con las escrituras en sus manos entra en contacto con el alcalde Liborio García quien
entonces era apoderado general de los Larios, Antonio Jiménez Astorga asesinado en
Málaga por un anarquista en marzo de 1905 tras recibir doce puñaladas, y ofrece al
Ayuntamiento en nombre de la que ya se conoce en Málaga como Gran Casa su mejor
disposición para colaborar... En realidad, esta colaboración significaba el absoluto
protagonismo de los Larios en tan importante proyecto, por lo que a partir de dicho
momento la municipalidad queda ciertamente marginada lo cual, seguramente, hizo
respirar a los propios caballeros del cabildo edilicio y la iniciativa continuó
adelante bajo el control de la primera familia malagueña.
El alcalde Liborio García Bartolomé lleva el tema de esta colaboración al seno
municipal. Así, según dejó suficientemente documentado Francisco Bejarano Robles, «...
en la reunión de la comisión especial del día veinte de noviembre se da cuenta de las
conferencias celebradas con representantes de Hijos de M. Larios, en los que encontró la
mejor disposición para la ciudad».
El mismo autor recuerda que el 11 de mayo de 1887, ante el notario Miguel Cano de
la Casa, se escrituran una serie de acuerdos que, basados en 13 puntos, dejan a dicha
familia la responsabilidad absoluta de las obras. Varias eran las exigencias al respecto:
realizar la calle de acuerdo con las alineaciones y subdivisión de manzanas y rasantes
que figuraban en el proyecto, que las alturas máximas de los edificios no excedieran de
20 metros, que las obras deberían quedar finalizadas en cuatro años a partir de la firma
del acuerdo, y, entre otras cosas, que los Larios cederían en favor de la ciudad para
vía pública 4.800 metros cuadrados de terreno, «renunciando a percibir cantidad alguna
por este concepto».
La cláusula novena era definitiva: «El Ayuntamiento vende, cede y transfiere a
los Sres. Hijos de M. Larios la parte de las actuales vías públicas en la zona de
edificaciones de la nueva vía, y que son las siguientes (se enumeran a continuación 16
parcelas en calle Siete Revueltas, San Juan de los Reyes, Callejón del Gato, Almacenes,
Callejón del Fraile, Callejón del Perro, San Bernardo el Viejo, Salinas, Postas,
Espartería y Don Juan Díaz), expresando su extensión, situación, límites y precios
que por el total de parcelas ascienden a 102.333 pesetas».
El proyecto viario y arquitectónico de calle Larios entra a partir de estos
momentos en fase de definitiva impulsión. |