Las obras de calle Larios duraron cuatro años.
Las escasas fotografías de la época que aún se conservan nos trasladan con facilidad a
aquellos días plenos de actividad y movimiento cuando, todavía sin haberse experimentado
ni utilizado el cemento en Málaga, un ejército de 1.200 trabajadores albañiles,
canteros, plomeros, carpinteros, ferrallistas y de otras especialidades relacionadas con
el gremio de la construcción se afanaban huelgas aparte en el ambicioso
proyecto del que toda la ciudad estaba pendiente.

La calle fue el amable paseo
de los malagueños
de hace medio siglo
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Fue su arquitecto Eduardo Strachan Viana-Cárdenas, que
permaneció a pie de obra días y días dirigiendo de manera personal a las huestes
reclutadas por José Hidalgo Espíldora, maestro concesionario, que no obstante su falta
de experiencia en trabajos de tan significativa envergadura supo ceñirse al modelo de
organización que impuso desde los primeros momentos el director de las obras.
Poco a poco las 12 manzanas que se alinearon finalmente a lo largo de la vía
fueron revelando aun antes de que la obra estuviera totalmente terminada la singularidad
de la calle que se estaba construyendo desde la plaza de la Constitución a la calle
Martínez con salida a la Alameda Principal, en cuya rotonda la ciudad elevaría más
tarde monumento de gratitud a la Casa Larios en la persona de don Manuel Domingo Larios,
segundo marqués del citado título.
Las 12 manzanas que configuraron la calle son prácticamente gemelas. Tomando como
referencia la casa número uno, vemos el mismo ancho (23,52 metros), planta baja, tres
pisos y ático, y, entre los materiales utilizados, paramento enlucido, piedra, hierro y
tejas curvas. De su diseño sobresalen sus esquinas achaflanadas a las que se abren
antepechos planos y cierros y herrajes igualmente achaflanados, así como los balcones de
la segunda planta, en cuya fachada principal alternan corridos sobre dos huecos a la calle
y en medio tres sencillos para acabar en otro doble.
Iniciadas las obras en 1887 sin estrépitos ni demasiada publicidad, se terminaron
en el verano de 1891.
Previamente a su inauguración oficial, los trabajadores posaron, arracimados sobre
andamios, carros, bateas y plataformas, para la historia de Málaga en una fotografía que
constata la feliz conclusión de la calle. En ella asoman sus rostros el maestro José
Hidalgo Espíldora pasados los años rico industrial propietario de La Fabril
Malagueña y presidente de la Cámara de Comercio, Industria y Navegación y Antonio
Baena Gómez, su joven protegido, que con el transcurso de los años también alcanzaría
fama local como constructor-contratista y fundador y primer presidente de la Agrupación
de Cofradías de Semana Santa.
CALLE CON PARQUÉ. Si
arquitectónicamente los edificios que se alineaban a ambos lados de la calle
constituyeron una sorpresa para los ciudadanos de hace un siglo largo, lo que realmente
les dejó estupefactos fue el parqué del vial llamado entonces
«entarugado», un trabajo costoso y de difícil realización taraceada, y tan
magníficamente conseguido, que más parecía la calle salón de baile que calzada. Este
singular adorno lo perdió la calle dieciséis años más tarde septiembre de
1907 a propósito de la histórica «riá» por desbordamiento del río
Guadalmedina, que al inundar toda la zona del centro y permanecer encharcada durante
varios días hizo saltar los «tarugos» como consecuencia de su dilatación por humedad.
Debido a tan original adorno de la calle, la Casa Larios tenía solicitado del
municipio que prohibiera el estacionamiento en ella de cualquier tipo de carruaje privado
o de alquiler, entonces de tracción sangre, para evitar que sobre el lucido y elegante
parqué descargaran escatologías líquidas o sedimentadas los animales que tiraban de
ellos. Tal petición fue discutida tal como recordó en la revista «Diltel» Rafael
Bejarano Pérez en la sesión municipal del día 19 de agosto de 1891, en la que,
igualmente, se abordó el tema de su alumbrado, cuyas farolas eran distintas en calidad y
diseño a las que fueron inicialmente proyectadas.
Ambos datos parqué con prohibición de tránsito animal y cambio en el
modelo de las farolas indican que, efectivamente, la poderosa Casa Larios tuvo muy
claro que la calle que iba a llevar el apellido de la familia debía ser una de las más
bellas de Andalucía y entre las primeras y más notables del país. Desde luego, no
escatimaron nada. Es más, y como veremos más adelante, desde el punto de vista de la
ocupación vecinal y comercial, los Larios fueron muy exigentes y estrictos en cuanto a la
categoría de quienes iban a ocupar pisos y locales comerciales.
En su calle querían lo mejor y más granado de la ciudad. Soñaban con la calle
representativa de Málaga y, desde luego, con la instalación de los mejores comercios,
cuya decoración apetecían fuera lo más aproximada y moderna a los modelos francés e
inglés, a los que los Larios se sentían tan próximos después de haber abandonado
urgentemente la ciudad tras la revolución de 1868. En este sentido, dieron a sus
apoderados, administradores y representantes legales durante su larga ausencia
instrucciones muy concretas.
Según los Larios entendieron desde las distancias gibraltareña, inglesa y
parisina que fue el recorrido cronológico que hizo la familia tras el advenimiento
de «La Gloriosa», la calle debía acoger a las primeras instituciones culturales
de la ciudad y, en este sentido, dieron grandes facilidades al Liceo para su instalación
en uno de los pisos de las 12 manzanas que se alineaban en la calle. Los pisos tenían que
ser ofrecidos a la llamada «gente bien», y los locales comerciales, a comerciantes e
industriales que se obligaran a adornar convenientemente los interiores y exteriores de
sus respectivos espacios.
No fue necesario que se hicieran excesivas recomendaciones al respecto, puesto que
las rentas de pisos y locales resultaban absolutamente prohibitivas para el común de los
comerciantes; sólo quienes disponían de suficientes recursos económicos, y era lo
previsto, pudieron hacerse con uno cualquiera de los muchos que se ofertaban.
LUZ DE GAS Y ELECTRICIDAD.
La primitiva iluminación de calle Larios estuvo a cargo de treinta farolas de gas,
además de otras tantas que se instalaron en las calles colindantes para evitar en lo
posible un contraste demasiado acentuado. Hay que decir que el gas lebón había llegado a
la ciudad en 1854, que su explotación ya estaba perfectamente comercializada y que el
Ayuntamiento estuvo a punto de producir por dos veces la ruina de la fábrica por sus
tradicionales y enfermizos impagos.
La inicial prueba de luz eléctrica llegó a la nueva vía seis años después de
inaugurada. Fue en 1897 y el local elegido para su experimentación, el Liceo. La
ceremonia para ensayar tan importante como nuevo y eficaz sistema lumínico, demostró que
la modernidad había entrado a Málaga de forma tardía, pues si bien era cierto que la
luz de gas vino a nuestra ciudad antes que a cualquier otra andaluza, lo que se llamaba
«corriente eléctrica» fue de más lenta incorporación. Además, precisaba para
abastecer a la urbe una enorme fábrica, realizar la adecuada instalación de cableado,
contador, luminarias y lámparas. Con todo, las pruebas satisficieron y la calle, además
de convertirse en indiscutible primera arteria urbana, también fue a partir de la luz
eléctrica escaparate de lo nuevo, moderno, renovador...
UN 27 DE AGOSTO. Para
solemnizar adecuadamente la apertura de calle Larios se levantó a la entrada de la vía
por su extremo sur y a la altura de las calles Martínez y Sancha de Lara un artístico
arco de inspiración neomudéjar, torreado a ambos lados, que lucía en su centro el
escudo de la ciudad, y en sus columnas, sendos medallones con las fechas respectivas de la
iniciación y conclusión de la obra.
Fue el 27 de agosto de 1891 el día fijado para recepcionar el Ayuntamiento la
nueva arteria urbana. A tal efecto, y para dar a los fastos inaugurales los necesarios
acentos políticos y populares haciendo participar en ellos a la población, también se
levantó un altar donde el obispo de entonces, Marcelo Spínola y Maestre cinco
años más tarde nombrado arzobispo de Sevilla, acompañado de varias dignidades
catedralicias y por supuesto de todas las autoridades locales, ofició la ceremonia de
bendición de calle y edificios.
Quien más vibró de todos los presentes fue el alcalde, Sebastián Souvirón
Torres, que habiendo accedido a la Alcaldía el primer día de julio anterior la suerte
política le deparó el inmenso e inesperado honor de recepcionar la obra arquitectónica
y urbana más importante de la Andalucía de su tiempo.
Según era costumbre de la época ante un acontecimiento ciudadano de relevancia
la Casa Larios era experta en tales previsiones, se repartió pan y limosnas
en metálico a los pobres. Ningún miembro del clan estuvo presente, toda vez que desde
las amargas experiencias revolucionarias vividas al advenimiento de «La Gloriosa»
fluctuaban residencias, de manera que primero en Gibraltar, luego en Londres y París y
ocasionalmente en Madrid en esos precisos momentos los Larios se encontraban en Biarritz,
a cuya ciudad francesa envió el Ayuntamiento malagueño los acuerdos corporativos de
agradecimiento, la propuesta de declarar hijo predilecto de la ciudad a don Manuel Domingo
Larios y la decisión de colocar una lápida conmemorativa en el salón de sesiones en
honor y recuerdo del primer marqués del mismo apellido, don Martín Larios y Herrero.
La crónica de dicho día, según se refleja en las inflamadas páginas que los
diarios locales escribieron, ocultó una verdad: los Larios no tuvieron absolutamente
ningún interés en estar presentes en los actos inaugurales. Pesaban todavía sobre la
familia los acontecimientos de un septiembre malagueño determinado y, no obstante los
veintitrés años transcurridos desde entonces, no había podido olvidar el acorralamiento
que los principales miembros de la saga habían sufrido por parte de muchos de sus propios
obreros de La Industria Malagueña y La Aurora, obligándoles a gatear por los tejados de
su palacio hasta que recibieron debida protección policial.
La representación de la familia Larios la ostentó el apoderado general de «la
Gran Casa», Antonio Jiménez Astorga, que supo reunir en el acto, junto a los obreros que
habían trabajado en el proyecto de la calle, a la casi totalidad de los trabajadores de
La Industria Malagueña y La Aurora. El pueblo, que ocupó gran parte de las aceras y
calzada de la nueva vía, pasó unas horas de agobiante calor; pero, en el fondo
satisfecho del momento que protagonizaba, aplaudió a rabiar cada discurso y, por
supuesto, cada una de las alusiones que sobre los ausentes Larios hicieron los distintos
oradores que intervinieron.
El día 2 del siguiente mes de septiembre, en la reunión del cabildo municipal, se
informó detalladamente de haberse recepcionado las obras. En extracto, el acta de
recepción decía:
«Leída el acta de la solemne recepción de las obras de urbanización de la calle
Marqués de Larios, la cual tuvo lugar el día 27 del próximo pasado mes de agosto, con
asistencia de las autoridades superiores de la provincia, corporaciones, personajes
distinguidos de esta localidad, representantes de la casa constructora, prensa periódica
y esta Corporación, fue aprobada; acordando el Ayuntamiento que la mencionada acta se una
original a continuación de la de este día en el libro corriente».

Cosmopolita, la cafetería más antigua de la calle
en la actualidad
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PRIMEROS VECINOS Y COMERCIOS.
La respuesta del comercio e incluso de los profesionales liberales de la ciudad no fue en
principio demasiado entusiástica, pues hasta bien entrado el primer decenio del siglo XX
no se constata la existencia de establecimientos hoteleros, mercantiles, oficinas de
negocios y despachos profesionales en gran número.
El Liceo y el Círculo Mercantil, entre 1893 y 1896, fueron, respectivamente, las
primeras instituciones culturales que se establecieron en la ya principalísima arteria
local; luego, poco a poco y casi con un cierto temor dadas las exigencias de ornato y
decoración a que se obligaban los comerciantes, se establecieron el escritorio, oficina y
exposición de la familia Toval, el popularísimo bazar de Temboury y las oficinas y
exposición de materiales cerámicos de la Fabril Malagueña del ya aludido José Hidaldo
Espíldora, que tenía su fábrica en la zona de La Malagueta.
En las guías comerciales de Málaga durante los primeros años del presente siglo
es un pozo de documentación la de José Supervielle (1909) hallamos, entre
los bares y cafés más distinguidos, el Parisién, Imperial e Inglés, situados por el
orden citado en los números 2, 3 y 4. Empresas aseguradoras ya existían el mismo año
numerosas: Guillermo Alquer, Palatine Fire Office, Comercial Unión Assurance Company
Limited, Unión Marine Inc. y la Greshan, en el número 4; y Fernando Contreras, Morwich
Union Fire Insurance Society y The Standard, en el 7.
El único estanco de la calle se abrió en 1906 en el número 3, las dos primeras
tiendas de ropa y quincalla fueron las de Francisco Lara Garijo y Manuel Romero Alejandro,
respectivamente, en los números 10 y 4, y sus tres relojerías-platerías pertenecían a
Elvira Begoña, a la viuda de Jorge Rivarola y a Rosado y Cía., en los números 3 (las
dos primeras) y sin especificar número la última.
Dos sombrererías, la de José Ruiz Sánchez y la de Villamor, se habían
establecido ya para 1909 en los números 1 y 7, respectivamente; un veterinario, Alejandro
Avila Canta, lo había hecho en el 10, y la única librería de la calle, propiedad de
Enrique Rivas Beltrán, se hallaba en el número 2. De los 52 médicos que ya existían
ejerciendo en la ciudad para ese mismo año, únicamente José Gatell y Argenter y José
Molina Martos, respectivamente en los números 5 y 1, tenían sus correspondientes
domicilios y consultorios.
Abogados había en la ciudad de entonces entre 140 y 145, de los cuales sólo cinco
de ellos eligieron calle Larios para establecer residencia o, en su defecto,
despacho-vivienda. Fueron Joaquín Díaz de Escovar, en el número 1; Miguel Pérez Bryan,
en el 4; Antonio Gil Soldado y Manuel Vázquez Caparrós, en el 6, y Luis Irisarri y
Pastor, en el 4.
Hoteles y fondas eran tres las existentes en ese mismo decenio: Niza, Inglés y
Victoria, por el orden citado en los números 2, 4 y 9. La única imprenta que se constata
es la de Miguel Jimena, en el número 6; el único salón-estudio fotográfico era El
Louvre, de Agustín Sánchez Morales, instalado en el 5; y entre los profesionales
liberales que ya vivían allí o que en la misma tenían despachos figuraban los
ingenieros Luis Souvirón y José Valcárcel, respectivamente, en los números 3 y 10.
Es difícil saber quiénes fueron las primeras familias que habitaron calle Larios
a partir de su recepción oficial por el Ayuntamiento, puesto que la ocupación de sus 12
manzanas siguió el mismo lento proceso que en el caso de los comercios; pero hay un dato
que no me resisto a consignar aquí y que, probablemente, nos ofrece una pista acerca del
primer niño malagueño nacido en la centenaria calle.
El dato lo obtuve directamente del farmacéutico Esteban Pérez Bryan, a quien,
desde aquí, rindo afectuoso recuerdo no sólo a su memoria sino a la cortesía
informativa que tal dato representa.
Me contó que sus abuelos, Esteban Pérez Souvirón y Rafaela Bryan Fernández de
la Herrán, se mudaron de la plaza del Obispo a la casa número 4 de Larios cuando aún no
había sido inaugurada. En dicha calle fue donde nació hace 106 años el niño José
Pérez Bryan, uno de cuyos hermanos, Miguel, tuvo en el mismo piso su bufete de abogado.
Esteban Pérez Souvirón, por lo que queda documentado y en su condición de
corredor de Comercio que trabajaba para la familia Larios, fue quizá el primero que tuvo
acceso a aquellos amplísimos y soleados pisos antes de darse por finalizado el proyecto
de la calle, y de tal circunstancia, el hecho de poder afirmarse que fue su hijo José el
primero de los niños malagueños nacidos en la nueva vía.
Otra familia se constata que ya vivía en el mes de diciembre de 1894 en el número
3 de calle Larios, piso cuarto izquierda (ático o buhardilla). Fue la de Juan Poy, abuelo
del médico Francisco Muñoz Poy, tan conocido en nuestra ciudad, que era uno de los
administradores y apoderados en Málaga de los Larios de Gibraltar, además de conocido
colaborador del periódico «La Unión Mercantil» y tan fino como elegante poeta como
agudo escritor.
ADOQUINES POR PARQUÉ.
Para el expresado año 1909 la calzada de la calle ya había perdido parte de su esplendor
y lujo. En efecto, tras la «riá» del otoño de 1907, el lustroso parqué o
«entarugado» de maderas taraceadas había desaparecido totalmente. El piso fue
adoquinado como tantos de nosotros hemos conocido hasta los años sesenta del presente
siglo, y ya no existieron problemas para que los vehículos a traccción sangre o
motorizados pudieran hacer uso de la calle con entera libertad.
Los elegantes cafés Parisién, Imperial e Inglés ya eran notables antes de
finalizar el primer decenio del siglo XX. Eran locales de cierto refinamiento y,
especialmente, el Inglés, era de selecta concurrencia. Sus veladores apenas se retiraban
de las aceras y en ellos, mientras forasteros y turistas principalmente degustaban
nuestros vinos y cafés al sol cálido del invierno, discutían negocios los corredores de
Comercio, leían el periódico desocupados señoritos y grupos de obreros deambulaban por
las aceras... viendo los barcos venir.
OTROS COMERCIOS. Cafés
muy populares en la misma calle fueron el Español y La Palma Real, entre los de más
feliz recuerdo. La primera institución bancaria que abrió agencia en la calle Larios fue
el Banco Español de Crédito, la primera cristalería fue la de Morganti y Bayettini y la
única tienda de pianos e instrumentos musicales de los primeros años de este siglo, la
de López y Griffo. Entre las joyerías que ya existían en 1920 figuraban las de José
Abela, Jerónimo García y la de Hijos de Rosado, por el orden citado en el número 3 (las
dos primeras) y en el 10 la última. Para ese mismo decenio ya funciona en el número 10
la clínica dental de Aurelio Baca, en el número 1 la consulta de Antonio Villar, la de
Fernando Junco en el 3, y en el 5 la de Miguel Segura. Y otros hoteles, Córdoba y Simón,
respectivamente en los números 4 y 5, se unieron a la oferta hotelera de la calle.
Para finales de los años 30 ya estaban la farmacia de Mata Vergel, la cafetería
Cosmopolita, los almacenes de Gómez Hermanos, la sedería Masó y la horchatería de
Mira, entre otros varios comercios que alcanzaron popularidad. Precisamente a esta misma
época pertenece la visión más empobrecida, triste y antiestética de la primera calle
comercial de la ciudad, pues los daños de la guerra, espectaculares en la manzana de
Temboury, la afearon hasta que el último de los Guerrero Strachan acometió las obras de
su restauración.
Entramos en los años de la generación de postguerra. Estos decenios definirían
calle Larios como el gran salón de paseo de los malagueños de entonces. Quien no haya
perdido la memoria recordará que a la caída de la tarde casi toda la gente activa de la
ciudad se daba cita en ella. ¿Para qué? No había ciertamente una razón concreta, pero
el hecho era que una riada humana, bulliciosa y a veces espectacularmente crecida hasta el
punto de no poderse transitar, recorría durante horas, en un rumoroso y tertuliano paseo,
la calle de un extremo a otro.
La gente quedaba citada en la plaza de la Constitución, «bajo el reloj», según
previa especificación para encontrarse rápidamente, y a poco de formado el grupo de
amigos y camaradas afines, conocidos o familiares se comenzaba a caminar. Se bajaba calle
Larios desde los escaparates de Moragues. El andar era lento y parsimonioso. Todos iban
detrás de alguien y la mayoría de los paseantes guardaban las formas. Como cohorte de
procesión semanasantera ahora deteniéndose, luego más rápida, después más
lenta, quienes caminaban delante eran siempre los que imprimían el sentido y
velocidad de la marcha. Se avanzaba por una acera hasta el fondo de la calle, y al llegar
a la altura de la de Martínez, vuelta hacia arriba por la acera contraria para llegar al
cabo de un rato a la plaza de la Constitución y comenzar otra vez, rodeándola, a la
altura de los escaparates de Moragues. El paseo podía durar horas en una pura y festiva
algazara de risas y conversaciones. |