cper.gif (4825 bytes)

Barrio que cita Cervantes, que fue cantado por poetas, elevado a símbolo de leyenda por sus gentes y convertido en historia pura del vivir de una buena parte de malagueños que lo poblaron, en sus callejas se escribió una crónica de humana presencia y se afirmó un sentido de existencia personal característico de sus vecinos. Por Perchel o Percheles se le conoció y nombra.

fper1.gif (32523 bytes)
El barrio en fiesta durante las "veladillas"
del Carmen

Nadie olvide que el Perchel o Percheles fue el primer asentamiento relativamente urbano e industrial periférico de Málaga y que, si bien su existencia se pierde en la memoria ciudadana, ya era el primer barrio extramuros de la ciudad hispanoárabe.

Mundo tipológico separado de la urbe hasta la demolición de sus muros, los percheleros fueron «los otros» vecinos de la ciudad, los del lado allá del río Guadalmedina. Gente díscola, libertarias gentes del vivir al día e industriosas cuando les apretaba la necesidad, eran la lógica consecuencia de una sociedad y de unos sistemas sociales que parecían detenerse con una cierta intencionalidad al borde de los murallones del río cuando al fin los tuvo para no inundarlo.
El Perchel no es hoy una aproximación de lo que fue. En pie todavía algunas de sus antiguas casas y calles como las de Ancha del Carmen, Peregrinos, Angosta del Carmen, Huerto de la Madera, Eslava, Salitre o Cuarteles, se echan de menos antiguas algarabías, rumores y músicas urbanas que nos recuerdan la antigua plaza de Ortigosa o de San Pedro y Mamely, de las calles Esquilache, Cerezuela, Istúriz, Matadero Viejo, La Puente, Zúñiga, San Jacinto, Santa Rosa, Cerrojo, Huerta del Obispo..., en las que un abigarrado y concurrido friso humano hecho a todas las vicisitudes y carestías aprendió que ser perchelero lo era a costa de la propia persona, pues defender tal peculiaridad ciudadana de origen acarreaba no pocas dificultades para integrarse en la población intramuros.
Esta es la razón por la cual las gentes del Perchel —más tarde ocurriría lo mismo con las de la Trinidad—, a medida que ambos barrios acabaran por unirse a través del «Llano», tuvieron que desarrollar un sistema de vida siempre a la defensiva en relación con los ciudadanos abrigados por las murallas árabes. Precisamente si Cervantes menciona los Percheles en su «Don Quijote», es por la circunstancia de que ya en el siglo XV era la zona de un muestrario tipológico de la picaresca más que un retablo diseñado por convencionalistas usos urbanos.
En el Perchel se tejió la vieja institución del chulo de barrio, del amo de la calle o del «guapo», sin cuyo consentimiento difícilmente se podía realizar ninguna iniciativa particular o colectiva.
Salieron del Perchel generaciones de marengos que dieron afán, leyenda y vida al rebalaje; de aquel barrio se nutrió la ciudad de activas faeneras para la vendeja, la industria estacional del cítrico y la almendra; sus animadas calles, escuela de vida al fin y al cabo, aportaron pimpis, barateros, granujas y descarados vividores de ocasión que, pese a todo, supieron izar por encima de su misma picardía la gracia y espontaneidad de unos modos tanto en el ser como en el decir. Un perchelero, por la lógica de su extracción social, sería siempre distinto de un limítrofe trinitario, pero donde siempre estaría en sus respectivas antípodas sería frente a capuchineros, victorianos, malaguetos o paleños.

per2.jpg (9943 bytes)
Vista del Perchel desde la iglesia del Carmen (1834)

LO DISTINTO FUE SU NORMA. Indisciplinado y arbitrario, lo suyo consistía en vivir al día —una de las pocas libertades que Málaga le tenía concedida—, de manera que el estilo de vida perchelero necesariamente tuvo que traducir el hecho diferencial entre vecinos de una misma ciudad. Tendrá que llegar el siglo XIX con sus primeras formulaciones obreristas, reivindicaciones y exigencias callejeras a partir de su último tercio, para que la moda burguesa iniciara una estrategia de acercamiento y, so pretexto de participar en sus fiestas, costumbres y usos populares, establecer una línea de presencia que le exculpara de toda execración anterior y evitara en lo posible riesgos posteriores que ya se veían venir a lo lejos.
No nació el Perchel como otros barrios malagueños al pie de una iglesia o convento, por lo que tampoco recibió de ninguno de ellos prestado nombre como en los casos de Trinidad, Capuchinos o Victoria. Su bautizo no necesitó de ceremonia protocolaria ni fe de origen. El nombre le vino espontáneo y popular como popular fue la industria que desde muy antiguo hizo famosa la zona: el secado del pescado.
La voz del cronista nos asegura: «... Para que la población no sufriera los malos olores que despedían de tal industria, destináronse los terrenos existentes del lado allá del río a tales operaciones, y como para éstas fuese necesario utilizar perchas o palos en los cuales poníase el pescado a secar, de aquí recibió el primero de los barrios a extramuros el nombre de los Percheles».
Fueron los Percheles, pues, continuación histórica de aquellos originarios asentamientos tirio-fenicios que se establecieron sobre las lomas de la actual Alcazaba y que desarrollaron, entre otras distintas, la industria de las salazones. Esta tradición de mercadeo pesquero y producción industrial siguió después a lo largo de los distintos segmentos históricos de invasiones, dominios e irrupciones territoriales más o menos consentidos por la distinta ciudadanía que soportó godos, bizantinos, romanos y árabes. Esta última dominación enlaza con la Málaga hispanomusulmana, periodo dentro del cual los Percheles comienzan a desarrollarse como gran barrio periférico de pescadores mitad urbano y mitad industrioso.
Roa, Morejón, Medina Conde, Guillén Robles, Rodríguez de Berlanga, los Díaz de Escovar, Bejarano Robles y otros distintos estudiosos de la Málaga de los siglos XVI al XX coinciden en afirmar que durante el largo periodo de presencia romana el Perchel o Percheles alcanza verdadera definición de zona entre industriosa y urbana del extrarradio malagueño, lo cual se apoya, a su vez, en no pocos hallazgos arqueológicos que son documentados durante el siglo XVII.
A través de ellos, y mediante piedras labradas que no ofrecieron dudas acerca de su autenticidad, se demostró en su día que justamente donde hoy se encuentra la iglesia del Carmen se halló una curiosa y reveladora inscripción que rezaba: «Los barqueros pescadores de Málaga pusieron y dedicaron a Quinto Elio Próculo, sujeto rico y de mucha pesquería en esquifes por el mar y patrono de los barqueros malagueños», lo cual confirma lo que otros historiadores ya tenían asegurado en el sentido de que Málaga, durante la Roma Imperial y por su condición de ciudad federada y no sumisa, disponía en la capital del imperio de toda una organización para el mercadeo de sus salazones y salsamentos, disputados en banquetes, francachelas y lúdicas noches de sus gentes principales.
Es también el canónigo Medina Conde, siguiendo el hilo de Morejón, quien reflexiona: «Por el sitio en que se encontró en el barrio de los Percheles, se puede venir en conocimiento de lo antiguo que es el destino de aquel barrio para los pescadores y patronos de los barcos de pescar».
¿Nació el Perchel o Percheles antes incluso que la ciudad que hoy conocemos? ¿Surge la urbe de la antigüedad como consecuencia del establecimiento de aquel emporio pesquero-industrial? ¿Planificaron Málaga sus primitivos vecinos intencionadamente alejada de los Percheles por las molestias que les causaba tal industria?
Queda demostrado, al menos, que desde la dominación romana todo el terreno cercano a las playas tras el lecho del Guadalmedina en la dirección del poniente ya era industria salazonera, varadero de esquifes, solario para la desecación del pescado, residencia de patronos pesqueros y bosque peculiar de perchas de palo donde se oreaba gran parte del suculento manjar robado a diario a las entonces limpias e incontaminadas aguas litorales.