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A partir de la segunda mitad del siglo XVI y por obvias razones de dar al centro de la plaza un mayor contenido estético, las autoridades municipales anduvieron en la idea de levantar un monumento que transformara el ya entonces lucido cuadrilongo urbano. Este intento de dignificar tan céntrico ámbito corrió parejo con una serie de medidas administrativas que, orientadas hacia los negocios, tiendas y comercios de toda índole allí existentes, obligaran a los propietarios a respetar los espacios disponibles para la ciudadanía.

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La plaza en los decenios finales del siglo XIX

Estas medidas comenzaron al aplicarse una serie de disposiciones de carácter municipal que prohibían, entre otras cosas, sacar a la calle parte de la oferta comercial que se hacía desde el interior de los establecimientos. No se podían exhibir a las puertas de los locales materiales ni objetos que molestaran el tránsito ciudadano: barricas, cachivaches, aperos, rollos de cuerda ni utilería doméstica que desdijera del lugar. Y como se trataba, en suma, de hacer respetar el espacio común de todos los malagueños, se acordó específicamente, dado que el popular calzado del pueblo era entonces la alpargata, que no se exhibieran, como se hacía, en ramilletes colgados de un clavo como pimientos secándose al sol.

FUENTE DE GÉNOVA. Este programa de dignificación de la plaza trajo consigo exornar la misma con una obra de cierta categoría: la fuente de Génova o de Carlos V, que de ambas maneras se conoció entre los malagueños del siglo. Dicha fuente estuvo en la plaza hasta los primeros años del siglo XIX, luego fue trasladada al bulevar de la Alameda Principal y hoy luce en una de las glorietas del Parque.
Sobre la fuente de Génova o de Carlos V los datos disponibles hasta el siglo XVIII eran una extraña mezcla de leyenda, historia y verdad, y de no haber sido por el descubrimiento de una inscripción en su vieja piedra, larga e involuntariamente oculta durante dos siglos, todavía estaríamos en el terreno de las hipótesis respecto a su verdadero origen.
La causa de la controversia se debe al padre Morejón, historiador y documentalista, que su en famosa «Historia de las antigüedades de Málaga» afirmaba, si bien es cierto que curándose en salud, que nuestro Carlos I de España y V de Alemania la mandó encargar a destacados maestros genoveses, y cuando la obra ya totalmente terminada se embarcó con destino a nuestro país, la nave en la que hacía el viaje fue apresada por el pirata Barbarroja. Ocurrió de inmediato que la embarcación cayó posteriormente en manos de don Bernardino de Mendoza, el cual rescató sus valiosos y bien esculpidos mármoles y los trajo al puerto malagueño. El monarca dispuso a renglón seguido que, puesto que el diseño de la fuente así lo permitía, que fuera dejada en nuestra ciudad su parte superior y la otra mitad restante fuera enviada a Ubeda como obsequio al marqués de Camarasa. La leyenda no especifica en función de qué se mostró el emperador tan generoso, pero todo apunta a que el monarca premió algún extraordinario servicio del citado noble.
Otra versión de la misma leyenda, quizá tan peregrina y encantadora como la anterior, aseguró durante dos siglos que la fuente fue parte del botín que don Juan de Austria tomó en la batalla de Lepanto. El culto y gran poeta del barroco malagueño Juan de Ovando y Santarén, en su larguísimo y moroso poema «Descripción de Málaga», dejó escrito sobre la fuente y su origen los siguientes versos:

«Blanco fanal, el vaso de la fuente,

con alas de alabastro se levanta

una águila, copiando en lo eminente

timbre de aljófar, que al rizar

[quebranta;

presa fue del de Austria Marte ardiente,

cuando sobre el Lepanto, que aún

[espanta,

selva de pinos, a Sultán siniestra,

hizo de alarbes funeral palestra.

Su Ayuntamiento, en forma suntuosa, ventanas toma para ver la anchura;

de egypcias maravillas compendiosa,

es un recto ajustada arquitectura;

goza por timbre al Alva más hermosa

donde la curia del senado grave

al gobierno de todo echa la llave».
Como se comprueba a través de los precedentes versos, Ovando y Santarén no se resistió, al hacer la morosa descripción de la ciudad, a tomar de la antigua leyenda la imaginada historia de la fuente, cuyo origen sitúa en Lepanto y en el protagonismo que en tal batalla tuvo don Juan de Austria. Esta circunstancia, recogida más tarde por el canónigo Cristóbal Medina Conde y otros subsiguientes historiadores locales, hizo que la fábula traspusiera los umbrales del siglo XIX, en cuya centuria, a propósito de las innumerable obras que se tuvieron que realizar para dejar asegurada la estabilidad del monumento, se alumbró una piedra epigráfica que constató que dicha fuente fue labrada «con los fondos de la ciudad, año 1551».
Bejarano Robles, añadiendo a lo ya conocido el fruto personal de sus investigaciones, dice: «Es seguro que, en 1544, existía, ya, la fuente; pues, en noviembre de este año, un tal Sebastián de Burgos manifiesta al cabildo: que en un monte próximo a la ciudad existe una piedra de mármol, grande, que se compromete a sacar y traer, acordándose que se utilice ‘para la obra de la fuente’. La obra que se trataba de hacer era un borde de piedra alrededor del pilar, a fin de impedir que el agua se derramara por la plaza y convirtiese el lugar inmediato en un lodazal».
Pero hay otros datos que aporta don Francisco Bejarano:

«No estaba la tal fuente, por aquella época, tal y como hoy la vemos, pues carecía del grupo intermedio de Neptuno y de taza adornada de mascarones sobre el que éste se eleva. El hallazgo en el Archivo Municipal de un documento nos permitió, hace ya varios años, aportar algunos datos seguros y de interés a la historia del monumento en cuestión y afirmar: que dicho grupo y taza eran obra del escultor italiano Jose Micael, y fueron labrados hacia 1635. En efecto: este año el citado artista se dirige al cabildo manifestándo: que ‘habiendo hecho para la obra de la fuente de la Plaza una obra y pedestal’ de orden de los regidores comisionados a tal fin, suplicaba se mandara tasar su trabajo por persona competente y que él designaría, asimismo, otro perito. El nombramiento de la ciudad recayó en Juan Bautista del Castillo, escultor vecino de Antequera; y Micael designó, por su parte, a Pedro Fernández de Mora, escultor y arquitecto, vecino de Sevilla, los cuales aceptaron en 5 de obtubre de 1635, y, al poco tiempo, comparecían ante el escribano del Cabildo, diciendo ‘que en virtud del nombramiento en ellos hecho, a visto las piedras que ha labrado Jusepe Micael, escultor, para la fuente de la plaza de esta ciudad, que son una taza grande con ocho mascarones y un balaustre con tres figuras y tres escudos, de lo que tasan y aprecian lo esculpido en ellas ques lo que a hecho el dicho Jusepe Micael de escultura’, teniendo buen cuidado de advertir que su aprecio se refiere sólo a la labor artística, aparte del valor de la piedra y del trabajo de cantería. A continuación cada uno de los peritos da su informe separadamente, y, exponiendo el resultado de sus apreciaciones, tasan la obra. El perito nombrado por Micael la aprecia en 11.180 reales, y, el de la Ciudad, en 9.240, cuya cantidad es la que se paga al artista en varias veces y no sin que tuviera que solicitarlo».
Tenemos, pues, tres fechas en la cronología constructiva de la fuente: 1551, año en que la epigrafía de la piedra vino a manifestar que fue labrada con los fondos de la ciudad, con lo que la leyenda de su pretendido origen desaparece; 1554, año en que ya existente la misma, posiblemente hasta con un diseño distinto, Sebastián de Burgos trae la piedra para realizar el borde alrededor del pilar, y 1635, cuando Giuseppe Micael realiza el grupo intermedio del Neptuno y la taza adornada de mascarones.
Según las fechas consignadas, tendremos que concluir diciendo que la fuente de Génova o de Carlos V fue un proceso constructivo que iniciado en 1551 se concluyó en 1635, o lo que es lo mismo: que la obra fue en principio un proyecto determinado y que poco a poco, por razones diferentes, se fue modificando a lo largo de los ochenta y cuatro años que van de 1551 a 1635.

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   Histórico y bello patio de la Sociedad Económica

COSO TAURINO. Al malagueño de hoy puede resultarle sorprendente que su «plaza» sirviera, periódicamente durante los siglos XV al XVIII, como ocasional e inevitable coso taurino; en realidad, la casi perfecta hechura de su diseño y dimensiones la hizo el escenario ideal para aquel tipo de celebraciones populares cuando la oportunidad lo requería. Es más, las autoridades municipales se las ingeniaron durante tres siglos para que dichos festejos se realizaran sin menoscabo de la seguridad ciudadana haciendo posible, además, disponer de los necesarios servicios auxiliares que permitieran su decoroso desarrollo, no tanto en el orden de la comodidad de los espectadores como en lo que se refería al lucimiento de la fiesta.
Las dignidades municipales, administrativas, eclesiásticas, militares y las representaciones gremialistas ocupaban balcones y ventanas de la Casa Consistorial; la nobleza y adláteres, junto con toda su parentela y allegados, se situaban bien en las balconadas de los edificios que existieron antes de construirse la casa del Montepío de Viñeros, o, en el entretanto, en unas gradas ad hoc construidas a tal fin. Luego, cuando José Martín de Aldehuela concluyó tal edificio, el derecho inmemorial consagrado por la clase dominante fue oportunamente reclamado y, en su consecuencia, devuelto. De tal manera fue así, que si los balcones corridos que todavía luce su fachada fueron diseñados como vemos todavía, fue precisamente a causa de aquella reclamación, pues sin atenderla no podría haberse realizado tan bella muestra de la arquitectura civil del siglo XVIII.
Para la celebración de tan notorias corridas de toros la fuente de Génova era protegida por un maderamen, desde el pilón inferior hasta la mitad de su pedestal a la altura de la taza intermedia, y con tal sabiduría e intenciones que el entablado superior caía de manera casi vertical, impidiendo que sobre él pudiera tomar asiento la gente de la gleba. El llamado pueblo espectador tenía que situarse de pie, sudoroso y achicharrado, en cualesquiera de los espacios a él destinado e igualmente protegido por listones de madera a lo largo de los cuatro lados del recinto. Las cuatro esquinas de las calles que desembocaban en la plaza —las actuales de Compañía, Granada, Especerías y Larios (entonces del Toril)— se cerraban con galeras o carretones practicándose unos portillos para la entrada y salida de ciudadanos.
Los toriles estaban situados en la aludida calle del Toril, de manera que las reses, bien guardadas y mejor vigiladas por los alguacilillos, eran conducidas al «ruedo» a través de un pasillo construido en madera y que, a tenor del diseño de la calle, zigzagueaba hasta desembocar en el terreno de la pelea.
A muchos sirvientes y presidiarios de la cárcel que observaban buena conducta, y dado que una de las fachadas del edificio daba a la plaza, se les permitía asomarse a través de los enrejados carcelarios para disfrutar de tan cercano y gratis espectáculo.
Según Bejarano Robles, la primera corrida de toros celebrada en la plaza tuvo lugar el día 6 de enero de 1492:
«El día 4 de enero se recibe en Cabildo, de manos de Bartolomé de Mérida, escribano de las guardas, carta del Rey Don Fernando, dando cuenta a la ciudad de la toma de Granada y de habérsele entregado la Alhambra y todas las fortalezas que aún quedaban en poder de los moros».
La lectura de tan importante e histórica misiva se produce el mencionado día 4 de enero y el festejo se acuerda para dos días más tarde:
«Lo primero que se determina es que se lidien toros, el viernes, día de Reyes; y, además, que se haga procesión que vaya a la iglesia de la Victoria, y que los vecinos pongan por la noche luminarias en las ventanas y puertas de sus casas y la gente moza cante en corros y danzas. La plaza se acondiciona para la emocionante y bizarra fiesta. El obrero mayor agencia la madera necesaria y carpinteros y albañiles comienzan a trabajar muy de mañana, cerrando las calles y poniendo en una de ellas, estrecha y pequeña, una empalizada practicable para dar salida a los toros. Como la afición a este espectáculo es muy grande y se espera que en lo sucesivo haya ocasión de celebrarlo con relativa frecuencia, se dispone que en las esquinas de cada calle queden las maderas que se han colocado, y que las tirantas de las barreras se labren bien y cuando se quiten se den a guardar a los vecinos más cercanos, que habrán de responder de ellas y entregarlas cuando se les pida».
Fue, al parecer, una afortunada corrida:
«La bravura de los toros, el arrojo y destreza de los caballos obedientes a la maestría de la mano, han regocijado al público. Al día siguiente, sábado, se ha celebrado una suntuosa procesión con asistencia de toda la clerecía y pueblo, pues se ha dispuesto que huelguen todos los artesanos de los distintos gremios, excepto los labradores que quieran ir a sembrar y los de los hornos. Por la noche la plaza presenta un fantástico aspecto prestado por las luces y hachas encendidas en todas las puertas y ventanas y en los portales de los escribanos. Los mancebos y doncellas danzan y cantan al son de la música, formando corros y parejas hasta el filo de la medianoche».
A lo escrito por Bejarano hay que añadir que en aquella corrida de toros de la modernidad malagueña destacó sobremanera el aristócrata local don Fernando de Natera, que «alanceó en brioso corcel, de gran arrojo, un toro bravo», según dejó consignado en sus conocidas «Efemérides malagueñas» José Luis Estrada Segalerva.
El lector se preguntará acerca de lo que, entonces, podría costar un espectáculo taurino en la plaza. Tomando como referencia las cuentas del que se llevó a cabo el día de San Luis de 1663, responsabilidad de ajuste que compartían regidores diputados nombrados al efecto, se sumaron las siguientes cantidades:
«47 reales por cortar 400 garrochas y traerlas a la ciudad; otra cantidad igual por 400 púas y el trabajo de colocarlas en aquéllas; 1.600 reales por 3 toros que se compraron a don Pedro Gómez de Chinchilla y otros 1.000 por dos adquiridos en Antequera; 34 reales a los vaqueros y matarifes por traer las reses y 200 al fiel del matadero por el menoscabo de las carnes y pellejos; 34 reales por la limpieza de la plaza y echar arena; y, finalmente, 1.006 reales por dulces, vinos y viandas para la colación, y 51 por 6 arrobas de nieve».

PREGONES Y TERTULIAS. La plaza, tanto por sus singulares características como por su situación respecto a la ciudad murada —el plano de Carrión de Mula la señala prácticamente en el centro de la medina—, así como por su equidistancia de cualquier punto de la entonces recoleta urbe, conoció diferentes usos.
«La plaza es uno de los lugares señalados para los pregones públicos. Allí con cortejo de fuerzas y tras el redoble de las cajas, hecho el silencio y ante un público siempre numeroso, el pregonero va repitiendo ‘a altas e inteligibles voces’ la última orden del Concejo o la última Cédula real sobre cualquier asunto. A principios de 1491 se lee una muy interesante: se autoriza por ella al comercio con los moros del otro lado del estrecho y se detallan, minuciosamente, las mercaderías cuya salida prohíbe; y, para mejor conocimiento de los interesados, se fija copia de la licencia en una de las fachadas de la plaza», dejó escrito don Francisco Bejarano.
Fue un lugar de encuentro de la ciudadanía para hacer corrillos, conversar, murmurar, intrigar, seguir al día las noticias de interés común y, especialmente, enclave comercial indudable. Sin duda, fue también utilizada durante siglos como lugar de ajusticiamiento, especialmente en aquellos casos en que la autoridad estimaba que se debía ejemplarizar. Lo recuerda el mismo investigador: «... otras veces el espectáculo era trágico: en la picota de la plaza se ejecuta a algún delincuente, ante el silencio y la curiosidad malsana del vecindario, y allí queda expuesto durante cierto tiempo, como advertencia ejemplar».
Otro de sus antiguos usos —y los ejemplos no hacen más que sumar interés y concurrencia al recinto—, la plaza ofrece esta curiosa visión: «En ocasiones los condenados a galeras, que vienen en expediciones del reino de Granada o de los lugares de Castilla, se alinean entre alguaciles y gentes de armas delante de la cárcel, ya que se concentran allí para embarcarse en los galeones del Rey. Son tantos, a veces, que el hedor de sus cuerpos sudorosos y sucios transciende a la plaza».
Recinto que citó a la gente a propósito de cualquier anuncio de fallecimiento real o natalicio de esperado príncipe, invasión enemiga o resultado bélico adverso a nuestra Armada, las claves para que los malagueños de pasados siglos acudieran a ella eran muy simples y de distinto tenor:
«De madrugada, o pasada ya la medianoche, ha llegado un correo enviado de algún pueblo costero de Levante o Poniente, reventando caballos para avisar de la presencia de naves tunecinas o berberiscas, o de ingleses enemigos de la Corona. Efectivamente: si es de noche, se ven en las torretas que se extienden a lo largo de la costa hogueras encendidas por los guardias y escuchas que avisan así del sospechado peligro. Las campanas tocan a rebato y van llegando a la plaza la gente de armas y los vecinos también armados, que se agrupan por parroquias, formando compañías. Bien pronto los capitanes, algunos de ellos regidores, se ponen al frente de éstas y el alférez de la ciudad, o su teniente, portando el pendón verde y pardillo con las armas de Málaga en el centro y rica flecadura de oro, ocupa el lugar preferente que le corresponde, y parten todos hacia la costa para acudir a los lugares amenazados por el desembarco. Mientras, en las Atarazanas, Torre del Espolón, Castil de Ginoveses, Alcazaba y Gibralfaro los artilleros de a pie de las piezas preparadas avizoran el horizonte, y las galeras de la Armada o algún navío artillado por el propio Concejo se hacen a la mar, en servicio de exploración y dispuestos a cualquier eventualidad».