Si ya aludimos a los distintos usos que tuvo a lo
largo de su historia la plaza, señalando como acontecimientos de popularísima
concurrencia las corridas de toros, debemos añadir ahora otros de carácter religioso,
militar, cívico o de contenidos culturales que también la tuvieron como escenario
natural.

La fuente de Risueño durante
la noche de su
inauguración
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De todos ellos destacó, con puntualidad anual y no menor
asistencia de gentes, la festividad del Corpus Christi. Un apunte general nos proporciona
la visión exacta de la plaza preparada para tal celebración: «A la entrada de las
calles Especerías, Granada y San Sebastián se colocan sendos arcos de madera y lienzo
pintados, figurando una obra de fábrica y cuya ejecución se encarga a maestros
carpinteros como Jacinto de Godoy, en 1625; pero, con posterioridad, a escultores y
pintores como Jerónimo Gómez y Alonso de Morales, en 1663, 1665 y otros años. Alrededor
de la fuente se disponen encañados cubiertos de arrayanes formando diversos adornos sobre
los que destaca el águila que la remata y que se dora con ocasión de la fiesta».
Gente la de entonces dispuesta a lograr el más difícil todavía, repare el lector
en la originalidad municipal al preparar las fiestas del Corpus del año de gracia de
1625:
«... emplazando en torno de aquélla (la fuente) una bien construida empalizada
dentro de la que se ven ciervos, monos, papagayos y otros animales entre arbolillos y
plantas dispuestos allí para mejor dar la impresión de un trozo vivo de naturaleza
selvática».
El suelo de la plaza, terrizo naturalmente, ya se cubría para entonces de juncias,
con el fin de atenuar el polvo que obviamente levantaba el paso de la crecida procesión
de autoridades eclesiásticas, militares, civiles y representativas de todos los gremios
de la ciudad.
Extraño cortejo entre lo religioso y pagano, «en la comitiva procesional va
La Tarasca, ricamente ataviada, con su consorte de gigantes, enanos, diablos y
animales, todos grotescos y de monstruosa figura, hechos, casi siempre, por los mismos
artistas a quienes se encarga el exorno de la plaza. A veces en la cabezota de La
Tarasca, que aparenta un infierno, se oculta el recorrido».
Procesión que en la plaza se detenía en los diferentes altares en ella
levantados, solía concluir horas más tarde en la Catedral en medio de una lluvia de
papelillos que, en el interior del templo y desde el trascoro, se echaban sobre los
asistentes, y desde la torre, en el exterior a la gente que quedaba fuera, al tiempo que
las campanas eran volteadas. Eran unos papeles de tamaño inferior a un recordatorio de
primera comunión que, en cuatro versos no siempre rimados con gusto y arte, y como
explicando el motivo de su grabado, de año en año distintos y siempre con relación al
Corpus, la eucaristía y el Salvador, intentaban hacer reflexionar a la gente acerca del
sentido espiritual de la jornada. El pueblo acabó llamando «aleluyas» a dichos
papelines, y todos los años por la misma época la ciudadanía aguardaba el momento de su
generosa lluvia, comenzando así, quizá, la primera manifestación coleccionista de los
malagueños.
TERTULIA LITERARIA. La
primera tertulia literaria de cuantas existieron en Málaga y de las que hoy tenemos
noticias ciertas también hay que situarla en la plaza porque en ella estaban próximas la
Casa del Cabildo y la histórica Imprenta de Luis Carrera, impresor del Ayuntamiento, la
Catedral, del Obispado y del Colegio de San Telmo. Nos referimos a la ciudad del último
tercio del siglo XVIII, cuando se abría desde la esquina de Especerías la calle Siete
Revueltas que, en zigzag, avanzaba hacia lo que hoy es plaza de las Flores. Era en dicho
ángulo de la plaza donde existió la imprenta que daba cobijo a culta tertulia.
«Aquí acuden con frecuencia, se reúnen y charlan, a más de algunas otras
personas de calidad, dos regidores del Ayuntamiento y un canónigo optimista e inquieto.
Los tres son aficionados a los papeles viejos y están encariñados en la empresa de
revivir el pasado de nuestra ciudad. Uno de los regidores se llama don Joaquín Pizarro y
Despital, quien, en su calidad de diputado archivista, viene, desde 1788,
dedicado a ordenar el archivo del municipio, tarea importante en la que le ayudan un
lector de letras antiguas, bastante viejo, don Pedro Fernández de la Rosa, y un modesto
escribiente, don Antonio Romero. El otro regidor es un militar inválido que después de
haber luchado en Gibraltar y Menorca perdió una pierna a consecuencia de un trabucazo que
le dispararon persiguiendo, por tierra de Sevilla, a una partida de contrabandistas, y el
tercer personaje es un canónigo de avanzada edad, decidido y optimista, que va dando a la
imprenta un libro titulado Conversaciones históricas malagueñas, bajo la
firma de un sobrino suyo, don Cecilio García de la Leña, por hallarse él desautorizado
para publicar a causa de un cierto expediente que se le siguió; se llama don Cristóbal
Medina Conde».
En efecto, el ilustrado canónigo recaló en Málaga luego de fuerte escándalo en
Granada a propósito de unos descubrimientos arqueológicos, circunstancia que más tarde,
unida a su no clara prueba de sangre a efectos de alcanzar la dignidad eclesiástica en el
Cabildo Catedral malacitano, coronó un largo proceso del cual, con el tiempo, se libró;
pero, en el entretanto, a don Cristóbal se le recomendó que su firma no apareciera al
pie de ninguna investigación ni obra literaria, lo que cumplió en favor de su sobrino
también presbítero Cecilio García de la Leña.
Con lo dicho, no debe interpretarse que el canónigo Medina Conde fuera contumaz
falsario, pues el conjunto de su larga y meritoria obra firmada revela suficientes
méritos y conocimientos sobre las materias que trata y documenta. Le rodearon causas
personales y circunstancias propicias que, a la vista de muchos de sus coetáneos,
apoyados ciertamente por una verdad, sumaron muchas mentiras añadidas para tejer
definitiva leyenda negra en torno a su persona.
Lo más lamentable ha sido que durante los últimos siglos de historia malagueña
transcurrida no pocos historiadores, investigadores y científicos bebieron en sus fuentes
y trabajos, siendo así que muchos de ellos, si le citan, es para burlarse y discutirle
sus datos; y, todavía peor, en el caso de aprovecharse de sus informes, ocultaron el
origen y paternidad verdadera como experimentando reparos hacia ellos. Por esta razón, so
pretexto de cubrir con pudor una inevitable vergüenza, cometieron el impudor de
silenciarle sistemáticamente.
De aquella famosa tertulia de la no menos histórica imprenta de Carrera salió
efectivamente, hace poco más de dos siglos, ese monumento documental y literario conocido
por el largo título de «Conversaciones históricas malagueñas o materiales de noticias
seguras para formar la historia civil, natural y eclesiástica de la muy ilustre ciudad de
Málaga».
Con Bejarano Robles otros distintos autores nos han explicado el nacimiento de tan
notable obra. Todos ellos la sitúan en 1772 cuando hace su histórico viaje, desde
Gibraltar a Málaga, el anticuario inglés Francis Carter, que con sus dibujos tomados in
situ y sus morosas y abundantes descripciones publicó en Londres en 1777.
¿Qué papel protagonizó Medina Conde junto a Carter?
Sencillamente, el de cicerone, según reconoció el propio viajero. Fue Medina
Conde quien le acompañó por toda la ciudad, le mostró todo lo que era objeto de
interés y paseó por todas partes entre septiembre de 1772 y julio del siguiente año. De
los apuntes que ya tenía elaborados el polémico canónigo y de aquellos otros muchos
datos que fueron alumbrados durante la estadía investigadora y pesquisante del notable
anticuario, cuando éste puso término a su visita, el canónigo comenzó a ordenar
papeles, notas y referencias y se dispuso a publicar en pliegos mensuales las altas
memorias documentales de la ciudad que le había acogido años antes.
CAMBIOS IMPORTANTES. A
partir de 1812 la plaza va a experimentar cambios sustanciales tanto en su denominación
como en la propia estructura y contenido arquitectónico de la misma. En efecto, como
consecuencia de la primera Constitución liberal alcanzada en el oratorio de San Felipe
Neri (Cádiz, 19 de marzo de 1812) y por disposición de las Cortes allí nacidas, la
antiquísima plaza de las Cuatro Calles se bautiza con el nombre de Constitución. Mas
dicha denominación sobrevivirá hasta dos años después, toda vez que en 1814, vuelto a
España Fernando VII, recibirá por nuevo título y a la trágala el de plaza Real. Seis
años más tarde, al producirse en Cabezas de San Juan la sublevación del general Riego,
se manda quitar el rótulo de Real y se vuelve al de Constitución.
La anécdota la protagoniza el Ayuntamiento, que harto de quitar y poner lápidas
marmóreas con lujosas inscripciones de oro, deja en distintas esquinas de la plaza sendas
placas con los rótulos de «Real» y «Constitución», respectivamente, previendo que
uno de los dos, de acuerdo a la forma en que se comportaba la ciudadanía, habría de
valerles en cualquier momento.
Pero se vuelve a cambiar de nombre.
Muerto Fernando VII, jurada ya por las Cortes de Castilla reina de España Isabel
II, ejerciendo en el entretanto de reina gobernadora su madre, María Cristina de Borbón,
prima y viuda del nefasto, la plaza toma de nuevo nombre en 1834 y pasa a llamarse de
Isabel II. Ello duraría escasamente un año. En el verano de 1835, al producirse las
revueltas contra el ministro Toreno, la milicia formó sus filas en el lugar, y dando
numerosos vivas a la libertad suprema antigua y tradicional vocación
malagueña validó con prisas y sin sonrojo la lápida «Constitución» que
previsoramente el Ayuntamiento no había suprimido de una de las esquinas de la plaza. Por
si ello fuera poco, durante las fiestas de la Virgen del Carmen del año 1836, al
producirse en Málaga el primer estallido contra la reina gobernadora que contagió a
otras provincias españolas y concluyó con el Motín de los Sargentos en la Granja de San
Ildefonso, haciendo firmar a la soberana la publicación de la Constitución del año 12,
los malagueños se dirigen al rótulo «Real», lo quiebran y hacen desaparecer para
siempre.
Como plaza de la Libertad se le designa durante el breve periodo que va desde
septiembre de 1868 (destronamiento y exilio de Isabel II) al advenimiento de la I
República (1873), en que se la bautiza con el nombre del nuevo evento político. Pero la
gente de Málaga ya se había acostumbrado a designarla como plaza de la Constitución, de
manera que a partir de ahí y en las dos ocasiones que se cambia de nuevo su nombre ya en
el siglo XX (plaza del 14 de Abril en 1931 como homenaje a la II República, y de José
Antonio Primo de Rivera en 1937, en memoria del fundador de la Falange), los cambios de
rotulación ya no sirven: la plaza ha sido ya consagrada definitivamente como de la
Constitución, y el pueblo, al referirse a ella, no tiene en cuenta los nuevos títulos
sobrevenidos.
Trasladada en el primer decenio del siglo XIX la fuente de
Génova al extremo occidental de la Alameda, la plaza perdió su más clara seña de
identidad. Los tres siglos de presencia de aquel monumento en el centro de la misma fue
difícilmente aceptado por la mayoría ciudadana. Pese a ello, y en virtud de los nuevos
planes municipales, el Ayuntamiento no tuvo en cuenta las protestas vecinales. En
realidad, una vez más las familias principales que a partir de entonces eligieron la
Alameda como residencia empujaban para que el amueblamiento urbano tuviera allí unos
acentos de especial delicadeza y refinamiento. Y la fuente de Génova o de Carlos V los
tenía sobradamente.
A partir de 1835 y hasta 1860 se producen grandes y definitivas transformaciones en
la plaza. En el primero de los años aludidos se consigue el total derribo de la antigua
cárcel, cuyas construcciones sustitutivas permiten diseñar y abrir el pasaje de Heredia,
de carácter peatonal; y en cuanto al segundo, conseguida la demolición del edificio del
Ayuntamiento, sobre el solar resultante el arquitecto Gerónimo Cuervo realiza el nuevo y
definitivo ordenamiento de su frente oeste, que de manera fundamental se conserva igual en
nuestros días.
En 1837 se efectúan obras para la reposición del pavimento de la plaza, tarea que
hay que repetir cinco años despúes dado que es necesario hacer reparaciones en las
conducciones del subsuelo. En 1851, conseguidos los desamortizados terrenos del convento
de Agustinas por quien había sido gobernador civil y militar de Málaga, Antonio María
Alvarez de Quindós y Gutiérrez de Aragón, se construye el pasaje de Alvarez (más de un
siglo después bautizado como de Chinitas), al que le da su propio apellido. Este popular
pasaje puso en comunicación las calles Santa María, Fresca y del Toril (actual de
Nicasio Calle) y se conserva en líneas generales con el diseño y traza primitiva.
Con la desaparición de las casas consistoriales y la cárcel se pierde un poco el
uso ciudadano que hasta entonces había tenido el lugar; y lógicamente, el nacimiento de
los pasajes de Heredia y Alvarez permiten la instalación de negocios más modernos, de
nuevas tiendas a la moda como la Abaniquería del Marqués de Colomina en 1840, luego Casa
Páez; el célebre Café de la Loba, del duque de Fernán-Núñez, dedicado a restaurante
durante las horas del día y a templo de flamenquerías por la noche; o el Café de
España y el de Chinitas, entre otros locales de concurrencia, que desarrollan en la plaza
y en sus inmediaciones una actividad comercial distinta a la de decenios anteriores.
Estando ya en la Málaga de 1870 el arquitecto laredano Joaquín de Rucoba, se le
encarga tres años más tarde un proyecto monumental para ser levantado en el centro de la
plaza como homenaje popular a la memoria de los ciudadanos muertos en los enfrentamientos
callejeros a comienzos de 1869 y 1872, es decir, después de la revolución de septiembre
de 1868 y en los acontecimientos dramáticos que precedieron a la I República.
Proyecto que se pretendía llevarlo a cabo mediante suscripción popular entre
todos los malagueños dispuestos a ello, a su realización se opuso abiertamente una buena
parte de la burguesía dominante en Málaga. Tanto, que la familia Heredia, representativa
de los clanes políticos y económicos del momento, al recibir el encargo de realizar en
su ferrería La Constancia tan importante trabajo, declinó tamaña distinción edilicia
con el pueril argumento de que sus instalaciones carecían en absoluto de las técnicas
necesarias para ello. Los Heredia ni tampoco los Larios habían olvidado las cosas
sucedidas en la Alameda Principal en septiembre del 68, cuando sobre todo el país
levantó sus alas «La Gloriosa». Días de tumultos callejeros y persecuciones a los
patronos, los obreros de la Industria Malagueña llevaron el miedo a los palacios de la
Alameda Principal, y una vez en ellos buscaron a sus principales inquilinos en un intento
de desatar sobre ellos antiguas y contenidas iracundias populares.
Consistía el aludido proyecto en una columna de hierro fundido y colado, en cuyo
remate se proyectó la estatua de una mujer que simbolizaba a la República. Rodeando a la
escultura se habían previsto, en disposición circular, grandes farolas de gas en forma
de piñas. El proyecto, pese a ser presentado con la aprobación de la correspondiente
comisión de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, no llegó a ejecutarse dada la
corta duración del primer periodo republicano.

La plaza, tal
como hoy se encuentra, a vista
de pájaro
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FUENTE DE LAS TRES GRACIAS.
Fallido el proyecto de monumento a la República, y siendo alcalde de la ciudad don José
Alarcón Luján, se encarga en 1878 al ingeniero municipal José María de Sancha la
realización de otro distinto que contemple el rebaje de nivel del centro del cuadrilongo
sin perder de vista la posibilidad de que, en sustitución del lugar dejado libre por la
antiquísima fuente de Génova se pueda proyectar otra de carácter modernista.
El cabildo municipal no sabe exactamente qué instalar en el centro de la principal
plaza de Málaga, e, intentando acertar con la decisión, y puesto que los Heredia ya
dijeron en el caso del obelisco a la República que La Constancia carecía de la necesaria
técnica para realizarlo argumentación que nadie creyó entonces, dirige sus
gestiones hacia la fundición del maestro francés A. M. Durenne, que desde Sommevoire
remite a Málaga el oportuno diseño y proyecto.
Consistía en una fuente en bronce de enorme pilón inferior, otro intermedio y una
taza ática de diámetros decrecientes rematados por un surtidor que lanzaba desde lo más
alto, pulverizados, chorros de agua que descendían de un plano a otro hasta almacenarse
en gran abrevadero a ras del suelo. Entre la taza superior y la intermedia se situarían
tres ninfas: por esta razón los malagueños, rápidos en motejar de urgencia, les
llamaron las Tres Gracias. Es una interpretación que surgió de una cartela que Durenne
fijó bajo la ninfa frontal, en la que se leía la palabra «Seine»; la simbología que
se le atribuyó a cada una de las ninfas fue la representación de tres ríos franceses.
Tan monumental fuente lució en la plaza hasta poco después de 1891, en que,
inaugurada la calle Larios, su emplazamiento desequilibraba el cuadrilátero urbano en
relación a la que sería primera arteria de la ciudad a partir de dicho año. Por ello, y
tras el correspondiente acuerdo municipal, se traslada la fuente de Durenne a la explanada
portuaria, actual plaza de la Marina, la cual era designada entonces con el nombre del
político Suárez de Figueroa.
En 1902 el Ayuntamiento encarga al arquitecto Tomás Brioso la redacción de un
proyecto ornamental. Nace el que con fortuna popular fue bautizado como el Sonajero, por
la similitud que tenía con el clásico primer juguete de los bebés de la época. Izado
sobre un basamento de piedra caliza de Teba, la monumental farola de hierro tenía cuatro
brazos que sostenían otros tantos puntos de luz, más un quinto en el remate, y todos
ellos rodeados de artísticos adornos florales en hierro colado. Esta monumental farola
fue trasladada de la plaza a la barriada García Grana al final de los años sesenta del
presente siglo.
Por fin, y como último cambio efectuado en el mobiliario
artístico central de la plaza, un poco en recuerdo a la fuente de las Tres Gracias que
allí existió y que hoy se encuentra en la plaza del Hospital Noble el
Ayuntamiento que presidía Francisco García Grana acuerda encargar al escultor Adrián
Risueño la realización de la actual fuente labrada en piedra. Ella representa el último
cambio en el adorno de la plaza, síntesis final de cinco siglos de historia urbanística,
arquitectónica y humana de la que fue primera plaza malagueña.
Desde el recuerdo que en muchos de nosotros suscita la
plaza en tiempos navideños durante los años de la Tómbola Diocesana de Caridad y sus
puestos de juguetes populares; la tribuna central de Semana Santa con sus gentes y
animación; el espectáculo del paracaidista que hacía publicidad de un conocido licor
arrojándose a la plaza desde el tejado del Café Central; los altares del Corpus Christi
o las masivas y animadas citas ciudadanas a propósito de algún notable acontecimiento,
la plaza sigue siendo la de la Constitución. La entrañable plaza de Málaga. |