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Simétrica y romántica, ceñida por cuatro paños de arquitectura de distintos tiempos, la plaza de la Merced fue, a partir de la primera mitad del siglo XIX y por espontánea voluntad del pueblo malagueño, su hito urbano más singular, enclave representativo de todas sus gentes y faro que permanentemente mantuvo iluminado su espíritu libertario...

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La plaza desde un balcón del lado de calle Alamos

Ninguna otra plaza local como ella protagonizó a lo largo de los siglos la vera historia de Málaga. Desde sus esquinas, como testigos que, asombrados, ven pasar el tránsito de gentes y culturas, conoció en sus lomas próximas el asentamiento de la primera colonia fenicia; vio después, en un cambio brusco de su escenografía inmediata, romanizarse el paisaje, y en otro salto vertiginoso de la historia, mudar los arcos latinos por la piedra musulmana.
Fue puerta de ciudad, bastión defensivo, lugar de convocatorias populares, tertulia del camino y, cuando así lo permitió el urbanismo intimista del siglo pasado, recinto donde los niños jugaban al toro y las niñas saltaban a la comba, entre ellos dos hermanos vecinos de la misma plaza: Lola y Pablo Ruiz Picasso.
Con otros nombres y para distintos usos según qué tiempos, la romántica plaza siempre formó parte del paisaje urbano de la ciudad. Cuadrilongo espacio siempre expectante acerca del uso que le asignaban la ciudad y sus vecinos, no se conoce un caso igual de interdependencia entre ámbito urbano y ciudadanía, pues, unas veces por la presión de quienes llegaban para colonizar y otras distintas por la furia malagueña puesta para defenderse, el territorio que quedaba extramuros, como disimulando en barbecho su condición de vigía vocacional, supo ganarse en afectos populares lo que ya había dado a la gente en servidumbre amorosa.
Eran las proximidades de la plaza hace 19 siglos la monumentalidad romana por excelencia. Desde su lado sur, o iniciación de la actual calle Victoria hasta la Haza Baja de la Alcazaba, discurría una avenida de singularidades metropolitanas tan bien labrada de edificios administrativos, jardines, conjuntos ornamentales, estatuas e inscripciones, que no eran el foro ni el teatro lo que únicamente otorgaba a la ciudad significación latina, sino las tablas de la Lex Flavia Malacitana, que desde el siglo I d. C. atestiguaba su condición de ciudad federada de Roma. Enlazar, ensamblar y prolongar culturas fue tradicionalmente la oculta y no revelada vocación de esta plaza, madre de plazas locales y generosa en magnitudes emocionales compartidas por la mayoría.

Cuando el Imperio se desmorona y la historia de Roma se apaga ocultando su propia piedra monumental, borrada la epigrafía latina de más de 600 años, el rectángulo de la plaza de la Merced queda en simple arrabal, en vacío espacio extramuros de la ciudad musulmana, donde se levantó la Puerta de Granada, arco en herradura que abría generoso sus portones a los viajeros del reino.
Bajo el arco y a través de sus puertas entraron las huestes cristianas de Isabel y Fernando aquel ya lejano 19 de agosto de 1487, luego de haber puesto sitio de tres meses y once días a la ciudad musulmana, bravamente defendida por los gomeres de Hamet el Zegrí, desde Gibralfaro, y por la población civil, desde todas y cada una de sus 200 torres.
En este mismo espacio fueron liberados los cautivos que dolieron largos ayunos y tormentos en las mazmorras moras; de este lugar partió la procesión cívico-religiosa que llevó a la imagen de la Virgen de los Reyes hasta la Mezquita Mayor una vez conquistada Málaga; y por el protagonismo de la plaza durante aquellos fastos, los reyes la declararon en 1489 mercado franco y feriado una vez a la semana. Fue en cierto sentido plaza urbana a partir de entonces, y para mejor adornarla y servirla a los usos fijados en real cédula se plantaron varias ringleras de álamos, por lo que la plaza se llamó del Mercado o de Alamos.
La de la Merced fue también en ocasiones escenario de albergues, hospederías y mesones, de los cuales destacaron el de Garci Fernández Manrique, primer corregidor de la ciudad a partir de la Reconquista, que en el lugar donde hoy se halla el Cine Astoria instaló un mesón para recibir y albergar a los moros que llegaban, y que, por imperativo legal, no podían permanecer de noche dentro del recinto murado. Con la caída del trono de Granada desapareció la medida y, con ella, el mesón de Garci Fernández; en su lugar nació el hospital de Santa Ana, dedicado a la atención de enfermos contagiosos.

DEFINITIVO NOMBRE. La plaza del Mercado o de Alamos pronto iba a encontrar su definitivo nombre, pues ocurrió que los Mercedarios, que ya habían fundado su primer convento en la ermita de San Roque cerca de la Huerta del Acíbar, donde se levantó más tarde el convento de los monjes Victorios, decidieron instalarse en la plaza del Mercado. En ella hallaron un soberbio espacio sobre el que edificaron la iglesia y el convento de la Merced. En 1835, al aplicarse las leyes desamortizadoras y exclaustración religiosa, fue confiscado el convento, no así su iglesia, que quedó con parte de la antigua huerta; en aquel momento nacía el cuartel de la Merced, suma y sigue de la vocación, entre libertaria y anticlerical, de Málaga.
La bella iglesia, cuya planta existió hasta 1963 luego de haber sufrido incendio en los acontecimientos revolucionarios de 1931 y padecer leyenda de fundación clerética no ortodoxa, «Las Hipolitinas», veinte años después, dio paso a la primera agresión urbanística sobre la romántica plaza al construirse el edificio Pertika. Pero, entre 1772 en que se labró su fachada y 1835 en que se sustituye convento por cuartel, no perdió de forma violenta ninguna de sus tradicionales líneas arquitectónicas.
La perfecta simetría de la plaza se consiguió mediante cuatro actuaciones arquitectónicas que, cronológicamente distantes entre sí, lograron dotarla de su característica más señera, cual es la armonía de su diseño. En efecto, al paño que se traza inicialmente, el del mesón de Garci Fernández Manrique, le siguió el costado de la iglesia de la Merced, continuó por el convento de Santa María de la Paz, lado de las Casas de Campos, y finalizó con la ordenación de la antigua Puerta de Granada hacia calle Alamos con la alineación de las mansiones burguesas de principio del siglo XVIII.

ROMANTIZACIÓN DE LA PLAZA. El armónico cuadrilongo alcanza su máxima popularidad como espacio ciudadano a partir de su romantización poco después del primer tercio del siglo XIX, porque durante toda la citada centuria se sucedieron hechos y acontecimientos que marcaron, como en los lejanos tiempos de la presencia fenicia, latina o sarracena, otros hitos en los que el pueblo, inductor y mandatario de su propio protagonismo, vivió con intensidad y compromiso los diferentes mandatos históricos que el devenir marcaba.
Allí, los malagueños quedaban reunidos muchas veces para comunicarse secretas noticias de los liberales Riego y Torrijos; desde dicha atalaya ciudadana, las mujeres, ocultas tras las celosías de balcones, cierros y ventanas, vieron pasar un aciago día de diciembre de 1831 los furgones y carromatos que conducían a los cincuenta ajusticiados en las playas de El Bulto, víctimas de irresponsable delación retribuida; y en esta misma plaza, por decisión popular, se levantó, por el Ayuntamiento constitucional de 1842, un altar ciudadano a los héroes de la libertad opuestos al absolutismo de Fernando VII.
Fue también allí donde concluyó el contagio insurreccional contra la reina gobernadora Cristina de Borbón, cuarta esposa y sobrina del mismo monarca, cuando, en contra de la mayoría parlamentaria, quiso imponer a Istúriz como presidente del Gobierno. La revolución del 16 de julio de 1836, iniciada en nuestra Alameda Principal al finalizar la procesión de la Virgen del Carmen, se remató con el asesinato del conde de Donadío, gobernador civil que pretendió movilizar a la guarnición contra el pueblo desde el cuartel de la Merced. Consecuencia de aquel nuevo grito libertario malacitano fue el motín de la Granja, que determinó la publicación de la Constitución de 1812 y la aceptación, por parte de la madre de Isabel II, del texto execrado y perseguido con saña por su excelso esposo cuando aún vivía. Estos dos acontecimientos, de los que fueron los malagueños principales actores con una diferencia cronológica de cinco años, determinaron el definitivo significado de la plaza, mucho más a partir de 1842, cuando el Ayuntamiento constitucional de Málaga, a través de la propuesta de su alcalde José Hernández, decidió levantar en el centro de la misma el obelisco que perpetúa la memoria de Torrijos y los mártires de la libertad caídos bajo las balas fernandinas en un recodo de la bahía de Málaga once años antes. Si el espíritu romántico y el libertario se mezclan hasta aparentar un único sentimiento, diríase de este rectángulo urbano, plagado de afectos y desamores, que fue igualmente pasarela y escenario donde la gente gustaba dejarse ver. Teatro del acontecer político local, cuando Rafael de Riego llega a Málaga a comienzos del decenio de los años veinte del pasado siglo, desde el balcón de la casa número 15 se le vio arengar a los malagueños. La crónica local constata que un ciudadano acalló la voz del general liberal con un fuerte rebuzno; tal vez de aquel irrespetuoso recibimiento de sus contrarios, y para señalar el afecto de quienes en Málaga seguían a tan ilustre como combativo militar, la plaza quedó bautizada con su nombre.
Cuando llegó «La Gloriosa», revolución que en el mes de septiembre de 1868 mandó al exilio a Isabel II, en esta misma plaza formó su batallón cívico el pintor Bernardo Ferrándiz, que años después, llevando su ironía al telón de boca del Teatro Cervantes, se autorretrató de Mefistófeles en el acto de descorrer las cortinas de la comedia de la vida...
Plaza a la que la ciudad cambió de destino y uso a medida que se abrían otros escenarios urbanos, a los hechos y sucesos políticos, sociales y culturales del pretérito, brindó su ámbito a las conmemoraciones del Corpus Christi, según anteriormente había sido la plaza de la Constitución, que con sus luminarias de cristal y miles de farolillos entretejiendo la arboleda daban un aspecto realmente brillante a todo el conjunto. En los años finales del pasado siglo y durante los inviernos, la gente que acudía a la misa mayor de Santiago quedaba reunida en el interior de su perímetro para escuchar los dominicales conciertos del Regimiento de las Antillas.
Fue durante una de aquellas citas populares domingueras cuando el pintor Horacio Lengo, so pretextos cualesquiera, citó a todos los jorobados del decenio el mismo día e idéntica hora. Cuando dos docenas de corcovados se contemplaban, entre incrédulos y sorprendidos, en el centro de la plaza, la banda dejó de tocar para sumarse a la jarana.
Plaza linde entre el barrio de la Victoria y el centro urbano, los del «Chupaytira», en connivencia con su antiguo párroco, no permitían que la imagen de la Virgen de la Victoria bajara a la Catedral, pues era creencia que si el icono escultórico trasponía los límites del barrio ya no regresaría jamás a él.

DIVERTIDA PLAZA. Los primeros cinematógrafos de la ciudad se instalaron en la plaza hacia 1910, y fue el célebre Pascualini, al que siguió tres años más tarde el primitivo Cine Victoria.
Nunca perdió la plaza su carácter popular; nunca le dio de espaldas a la ciudadanía.
Durante los años 20 al 30, en sus quioscos del vino amigo y barato y la económica y suculenta tapa, según rezaba en distintos afiches publicitarios que hemos conocido, dichas instalaciones eran escenario genuino de la llamada ópera flamenca mediante fonógrafos de manubrio La Voz de su Amo, altavoces de trompeta y discos de pizarra a 78 r.p.m. que reproducían las voces de las más afamadas figuras del género.
Romántica, revolucionaria, libertaria plaza de la Merced, fue en toda ocasión paisaje urbano donde la memoria ciudadana no se pierde, de ahí que represente el espacio que se recupera de una generación a otra sin necesidad de puesta en común ni consenso.
De su hasta ayer descuidado a su presente dignificado por compromiso municipal que no cesa es, por antonomasia, la plaza del pueblo.

RIQUEZA ARQUEOLÓGICA. Con anterioridad al periodo musulmán, la Judería, según quedó demostrado por la aparición de yacimientos arqueológicos alumbrados durante la cimentación del convento de la Paz y del antiguo hospital de Santa Ana, había sido espléndida decoración de la ciudad romana. En efecto, la aparición de bóvedas y galerías de la cultura latina durante el imperio de los césares hizo afirmar a autores como Francisco Guillén Robles la existencia de todo un complejo romano de singulares características. Allí se creen estuvieron fijadas, para conocimiento de los vecinos de la época, las tablas en bronce del ordenamiento jurídico del Municipio Flavio Malacitano; en aquella extensión, de alguna forma exonerada luego por moros y cristianos, se situaron magníficos edificios de la administración romana; por entre un dédalo de calles concurridas se alineaban casas principales de gentes patricias que tenían, a todos los efectos, idénticas prerrogativas que los de la metrópolis madre y los ciudadanos nacidos o residentes en la Málaga federada.

PRIMER ARBOLADO. El primer arbolado de la plaza fue obra del corregidor malagueño Ramírez de Arellano, que al iniciarse el siglo XVIII ordenó, con la plantación de la arboleda de sus cuatro lados según recoge magníficamente el plano de Carrión de Mula, la construcción en su centro de un bello estanque, a partir de cuyas dotaciones realmente comenzó tal recinto a ser de verdadera utilidad a la ciudadanía.
La placentera sombra junto a los bancos para descansar tan próximos al rumor de los surtidores de agua, la situación estratégica del lugar y la entidad de los vecinos que poco a poco fueron habitando las calles Alamos y Granada —esta última por entonces todavía llamada Real—, la proximidad de la que fue primera parroquia de la diócesis, Santiago, y lo señalado de la vecindad fueron causas que inmediatamente determinaron su estilo propio, a diferencia de la plaza de las Cuatro Calles, que todavía estaba marcada por ser mercadillo y zoco permanente.
Fue a partir de la selecta población que comenzó a frecuentar la plaza, luciendo las damas sus mejores galas y convirtiendo los caballeros en tertulia social el espacio interior de la misma, cuando puede decirse que real y verdaderamente el recinto se incorporó al uso social y cultural ciudadano. No fue pacífica la coexistencia de conventos e iglesias tan próximos entre sí —Santiago, la Merced, la Paz y Santa Ana—, pues durante el largo periodo a que nos referimos, las espadañas de unos y otros, con el fin de advertir a la distinta feligresía devota que los oficios estaban próximos a celebrarse, resultaba insostenible la guerra de campanas que mantenían desde el alba. A causa del problema que los campaniles creaban a la vecindad tuvo que intervenir el señor obispo de la diócesis obligando a las iglesias y conventos a hacer compatibles los horarios y, sobre todo, a que las campanas fueran volteadas con mayor discreción y merma de tiempo. Para no irritar a nadie, el acuerdo adoptado fue que las campanas podrían ser utilizadas —todas al mismo tiempo si el caso lo requería— a partir de las once de la mañana.