Quinientos seis años de antigüedad urbana va a
cumplir el presente año el barrio de la Trinidad. En efecto, el día 15 del mes de
diciembre de 1492, los Reyes Católicos firmaron en Barcelona un privilegio por el cual
concedían a fray Miguel de Córdoba, trinitario del convento de Málaga, tierras, huertas
y viñas para el sostenimiento de la obra.

La torre de San Pablo, atento
vigía sobre el barrio de la Trinidad
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Tan generosas atenciones reales no habían sido las
únicas que dispensaron Isabel y Fernando a la Orden Trinitaria, puesto que el mismo
fraile a quien hicieron llegar las mercedes concedidas ya había recibido otras
inmediatamente después del cerco y toma de Málaga entre mayo y agosto de 1487, por
cuanto que fray Miguel de Córdoba y varios compañeros de la misma orden se encontraban
en la ciudad a la hora de disponer los primeros repartimientos.
En realidad, los trinitarios llevaban en la provincia mucho tiempo antes de la
conquista de la Malaca musulmana, puesto que su misión era la de redimir cautivos y
fundar iglesias y conventos cristianos a medida que los ejércitos reales avanzaban sobre
campos, tierras, pueblos y ciudades en manos de los moros. Todavía estaba lejana la
conquista de Málaga por los RR. CC., cuando la presencia trinitaria ya era un hecho en la
Antequera de 1454. Pero hay más. Aún incipiente el desarrollo de la Orden de la
Santísima Trinidad en Málaga, ya había sido llevada a cabo la fundación del convento
marbellí en 1486.
En el documento barcelonés citado, Isabel y Fernando concedían «sitio, huertas y
tierras que así fuesen señaladas para el dicho monasterio, el cual es nuestra merced y
voluntad que hayan y tenga por dote, para su reparo y mantenimiento, y de vos, dicho
Miguel, y frailes, y convento, trescientas fanegas de tierras y veinte alanzadas de
viñas, en el término de dicha ciudad, donde el bachiller Juan Alonso Serrano las
señalares y nombrase para dicho monasterio».
El barrio de la Trinidad nació, por otra parte, en el mismo lugar donde estuvo
instalado el campamento real de doña Isabel durante el asedio a Málaga. Allí, una vez
finalizada la contienda, se levantó una pequeña ermita en honor de San Onofre, cimientos
del futuro gran convento erigido posteriormente por los trinitarios. Pero no fue aquélla
la primera casa de tales monjes. El padre Arturo Curiel, autor del documentado libro
«Málaga y los trinitarios», recogiendo la crónica de fray Domingo López, alumbró los
siguientes datos:
«Como hubiesen mandado los Señores Reyes Católicos a las Justicias señalar
sitio, y lo señalasen en una mezquita vieja, junto a la puerta del Mar, la estrechez del
sitio y el bullicio de la gente, tenía grandemente incomodado al convento, así por el
recogimiento, como por la vivienda. Ante esta situación, el padre fray Miguel de Córdoba
acudió a los Señores Reyes, quienes le señalaron por sitio la Puerta de Antequera.
Allí tuvo inconveniente la fábrica, lo que dio lugar a ciertas alteraciones que
degeneraron en altercado, a vista de lo cual, entendieron las Justicias y el Señor
Obispo, D. Pedro de Toledo, que el sitio era la dicha Puerta del Mar, por lo que los
religiosos volvieron a su fábrica. Al año siguiente, esto es, en 1494, vino un terremoto
y derribó el convento y fábrica, mas el caballero D. Francisco Ramírez de Madrid dio el
sitio que hoy tienen la ermita de San Onofre, donde, con licencia de los Señores Reyes,
se trasladaron las imágenes de sus reales dádivas, que son: una de Nuestra Señora de la
Antigua, donde está el retrato del padre Miguel, y un rótulo antiguo que dice: Real
fundación; otra efigie de Cristo Señor Nuestro a la Columna, y allí, edificado el
convento es el que hoy permanece con el título de San Onofre el Real».
Queda claro que los primitivos trinitarios de Málaga levantaron su remota casa en
terrenos cercanos a la Puerta del Mar de la ciudad inadecuados según ya se ha
dicho y que más tarde, tras el terremoto que destruyó la edificación, se
marcharon definitivamente al que había sido campamento real de la reina Isabel,
procediendo luego a levantar sobre la vieja ermita de San Onofre los definitivos convento
e iglesia que en la actualidad, deslucidos y un tanto olvidados, se encuentran tan
próximos entre sí en la Calzada de la Trinidad.
Por lo explicado, la fecha más remota del origen malagueño de los trinitarios hay
que establecerla en 1488, casi un año después de la conquista de la ciudad por las
tropas cristianas de Isabel y Fernando. Sobre el querenciado territorio del antiguo
campamento de la reina, los trinitarios mandaron construir una deliciosa ermita del santo
de sus afanes, San Nuflo o San Onofre. Debió ser una construcción irrelevante, pero en
todo caso el comienzo del definitivo cenobio y, por tanto, también del nacimiento y
formación paulatina del barrio que de él recibiría prestado nombre.
Inicialmente Puerta del Mar y más tarde las lomas trinitarias a causa de las
razones aludidas, es a partir de 1494 cuando realmente el traslado de la comunidad a
aquellos terrenos de la ermita señala el comienzo de la construcción del actual convento
de Trinitarios Calzados.
De este convento destacaron siempre su gran patio central
con arcadas simétricas que descansan sobre columnas de piedra noble por las que se accede
a galerías y claustros, su principal escalinata central que pone en comunicación las dos
plantas del edificio, y un espléndido artesonado labrado en su día con exquisito gusto y
que fue siempre uno de sus adornos arquitectónicos más notables.
El trinitario fray Arturo Curiel, en el libro que anteriormente hemos aludido y del
que fue autor, recogiendo noticias muy antiguas de la crónica fundacional, refiere que en
este convento protagonizaron vidas ejemplares muchos monjes compañeros precedentes. Cita,
por ejemplo, la edificante vida de fray Diego López, hijo de Málaga que tomó el hábito
en 1517, y que «... virgen de alma y cuerpo, siendo angelical su conversación y trato,
propiedades de los limpios de corazón», su fama alcanzó notoriedad en la Málaga de
principios del siglo XVI, pues «Querido y consultado, llegó a ser como un oráculo al
que acudían toda clase de gentes».
Frailes escritores y tratadistas, excelentes y cálidos predicadores, destacados
teólogos y eficaces gestores en la redención de cautivos, fueron monjes que vivieron en
este convento en distintas épocas y diferentes siglos. De ellos, la orden trinitaria
guarda especial memoria de Pedro de la Torre, que dejó numerosos tratados y escritos;
Francisco de Romanes, muy docto, de relevantes prendas y calificador del Santo Oficio;
Mateo Delgado, fraile muy ilustrado y gran predicador; José de Navarrete, experto en
letras y literatura, que renunció a la Prelacía de Málaga «alegando que más debía
tratar de bien morir que de bien mandar», y Diego de Santiago, notable redentor de
cautivos con gran aceptación en tierras africanas, que fue ministro de los conventos de
Tarifa, Coín, Marbella, Ronda y dos veces de Málaga.
El convento trinitario malagueño llegó a tener fama entre todos los coetáneos de
la misma orden religiosa. Una frase, escrita por persona ajena a la misma luego de haber
visitado el cenobio, revela el aprecio y crédito que entre los malagueños de pasados
siglos tenían el convento y sus moradores: «Estuve en el convento de los ángeles que,
además, es el convento de los santos». La frase es de Antonio de la Peña Hermosa, en
alusión directa al estilo de vida de los congregantes.
Respecto a la iglesia, y conforme Arturo Curiel nos documenta en su libro, lucía
en sus muros interiores las armas de Francisco Ramírez de Madrid, caballero que donó el
terreno definitivo para la edificación del convento e iglesia, y de sus descendientes,
los marqueses de Rivas y Malagón y los condes de Castelar, familias que desde el comienzo
del establecimiento de dicha orden en Málaga nunca dejaron de colaborar para resolver
necesidades de la comunidad y su iglesia.
«Sirvió de torres para las campanas un torreón que
hicieron para el sitio de la ciudad cuando se resistieron los moros», apunta el
historiador, «y entre las reliquias insignes pertenecientes al monasterio, se hallaba una
espina de la Corona de Cristo, un hueso de San Blas, otro de los santos Cosme y Damián,
más otro de San Roque, con sus auténticas respectivas».
Aunque de una sola nave, el templo se proyectó previendo una gran capacidad de
fieles, los arcos interiores se abrían a sus lados para dar paso a las capillas laterales
y el gran coro disponía, además de gran órgano tubular, de libros cantorales de gran
tamaño en pergamino, un artístico facistol y numerosos sitiales para los frailes. El
retablo mayor, de exquisito diseño y gran vistosidad, lucía tallas de San Juan de Mata y
San Félix de Valois, fundadores de la orden, y de San Onofre.
En otros lugares del templo se veneraban las imágenes de Nuestra Señora de la
Antigua y de un Cristo atado a una columna, regalos que en su momento hicieron a los
monjes trinitarios los Reyes Católicos. También se veneraban imágenes de los santos
Cosme y Damián, cuya memoria de grandes médicos las gentes de Málaga respetaban, tanto
más cuando que parte de sus reliquias se encontraban en el mismo templo.

Vista de la Trinidad desde el
"lado acá" del Guadalmedina |
PRIVILEGIOS. El convento y la iglesia
trinitarios fueron iniciativas que Isabel y Fernando impulsaron desde su autoridad y
afecto hacia los monjes. A tales grados llegó su patrocinio, que en la redacción de la
carta de privilegios que los reyes concedieron se observa un espíritu, además de
generoso, imperativo, en cuanto que debían cumplirse todos sus contenidos, y cualesquiera
autoridades y justicias que conocieran aquellas disposiciones tenían la obligación de
acatarlas. Así se constata en la última parte de la carta de privilegios fechada en
Barcelona el día 15 de diciembre de 1492.
«... Y por esta nuestra Carta mandamos al Consejo, Corregidor, Alcalde,
Alguaciles, Regidores, Caballeros, Escuderos, oficiales y hombres buenos de dicha ciudad
de Málaga, que os amparen y defiendan en la posesión de dicho sitio y huertas y tierras
de que así os hacemos merced, con todos los edificios que en dicho sitio hiciereis, y no
consientan ni den que por ninguna causa seáis molestados, ni inquietados sobre ello, ni
os sea hecho otro mal, ni daño, ni desaguisado alguno contra razón y derecho y como no
deban. Nos tomamos y recibimos so nuestro seguro amparo y defendimiento Real al dicho
monasterio y Ministro, frailes y convento, a los dichos vuestros bienes y posesiones, y
mandamos que os valga y sea guardado el dicho una persona no lo quebranten, ni vayan, ni
pasen contra él, so de las penas establecidas por derecho, y los unos ni los otros hagan
contra él de alguna manera, so pena de la nuestra autoridad, y diez mil maravedís, a
cada uno que lo contrario hiciere, para la nuestra Cámara».
De donde claramente se deduce que Isabel y Fernando no sólo estimaban el ejemplo
de vida de los monjes trinitarios, sino que valoraban muy alta su contribución al
catolicismo más ortodoxo que su autoridad representaba, y les reconocían méritos
indudables como mediadores en la redención de cautivos.
Ciertamente, y según ya quedó aludido, el barrio de la Trinidad comenzó a
desarrollarse como tal a partir de 1494, fecha en que se traslada desde la Puerta del Mar
a las lomas del todavía innominado barrio extramuros de la ciudad la primitiva
congregación de dicha orden. Ya, desde el comienzo de las obras del convento e iglesia,
los malagueños denominaron con dicho nombre la que, hasta entonces, era una zona abierta
de campos, huertas, fincas de labor y lagunas arcillosas que se extendía a partir de la
ribera occidental del río Guadalmedina hacia el promontorio de los Angeles.
Barrio que al cruzar el río desde la Cruz del Molinillo mostraba al viandante la
ermita dedicada a la memoria de los niños Ciriaco y Paula, muertos con fama de mártires
al ser flechados y lapidados, el pueblo bautizó el lugar como Martiricos, singularizando
con tal diminutivo la juventud de los muchachos cuando sufrieron tan brutal castigo por
sus creencias. Y esta fama inmemorial pasada de generación a generación obró en los
Reyes Católicos el deseo de que tal recuerdo pasara a la heráldica malagueña, de manera
que cuando concedieron a la ciudad su escudo de armas mandaron reproducir en sedas y
tafetanes, una a cada lado de las torres de Gibralfaro, las correspondientes efigies en
tránsito de tormento.
MORFOLOGIA. La memoria de
Málaga se pierde en cuanto a la morfología primitiva del barrio de la Trinidad. Las
referencias más cercanas se contienen en las narraciones del padre Roa, que infieren
acerca del lugar que en las colinas de los Angeles y Monte Coronado existieron numerosas
cuevas en las que moraban no pocos ermitaños de independiente vida ascética, es decir,
gentes que voluntariamente, sin obediencia a orden o congregación religiosa alguna ni
arraigo a ninguna de ellas, practicaban la vida de soledad y recogimiento por simple y
llana vocación.
Este terreno que se extendía entre la cima de los Angeles y el Monte Coronado, al
parecer con docenas de cuevas muchas veces labradas por los propios eremitas con el
consiguiente y preceptivo permiso de los obispos, fue llamado «el desierto», pues
desierto era la denominación que los primitivos ermitaños y cenobitas españoles dieron
a los lugares por ellos elegidos para la práctica de su vida en soledad y meditación,
según inspiró a los europeos San Benito, tenido como el ermitaño que más directamente
influyó en lo que se refiere a la práctica de la vida contemplativa y de oración.
Tenemos por tanto un barrio que inicia su desarrollo urbano en lo que fue
campamento real de la reina Isabel; tenemos, como referencia más antigua de su paisaje,
la existencia de cuevas eremíticas, lo que proporcionaba al terreno una mayor
singularidad; tenemos, además de lo expresado, la circunstancia histórica de que el
conjunto que más tarde formaron el convento y la iglesia de la Trinidad nació sobre la
que había sido ermita de San Onofre, y tenemos, por último, la constatación de que la
primera calle del barrio fue justamente la que todavía hoy se llama Calzada de la
Trinidad. Y ello, quizá, porque al finalizar el siglo XV la única vía transitable del
naciente barrio fuera precisamente la mencionada, toda vez que las restantes existentes
como la Barrera de la Trinidad serían todavía campo o, como mucho, caminos polvorientos
en verano y lodazales durante los lluviosos días de invierno.
La que podríamos llamar colonización trinitaria por parte de la vecindad
malagueña se inició en la primera mitad del siglo XVII cuando, justificadamente al
número creciente de sus moradores, se crea la iglesia de San Pablo como ayuda de la
parroquia de los Santos Mártires en 1649, si nos atenemos a las crónicas del canónigo
Cristóbal Medina Conde.
Las huertas más cercanas al convento e iglesia de la Trinidad fueron poco a poco,
sin orden arquitectónico riguroso ni disposición urbana lógica, rodeadas de
construcciones. Cuando las lomas próximas a ellas quedaron saturadas de edificaciones de
gusto y corte popular, el avance urbano se prolongó hacia el lado de la actual calle
Trinidad, calle Mármoles y hacia el río Guadalmedina, linde fronteriza con la urbe.
Fue de suyo un barrio de aluvión, y poblado por gentes llegadas de todas partes,
alcanzó un desarrollo notable. Ello hizo que las fronteras del Perchel con la Trinidad
plantearan no pocos problemas de identidad a los habitantes de ambos barrios. Tiene que
nacer la calle Mármoles para establecer la línea divisoria entre uno y otro. En efecto,
puesto que los percheleros dependieron desde muy antiguo de la parroquia de San Juan y los
trinitarios de la de los Santos Mártires, cuando finalmente se crean las iglesias de San
Pablo (1649) y la de San Pedro nueve años más tarde es cuando verdaderamente se trazan
las lindes psicológicas del uno y del otro. San Pablo se extendía desde el río hasta el
convento de la Trinidad a lo largo de la acera derecha de Mármoles, y San Pedro abarcaba
desde las playas de San Andrés hasta la acera izquierda de la misma calle. El dilema fue
siempre la ermita de Zamarrilla, que, situada en la acera perchelera, los trinitarios
siempre la disputaron como propia.
En realidad la Cruz de Zamarrilla, levantada sobre un
territorio que criaba zamarrillas silvestres próximo a unas antiguas ollerías, estuvo
más próxima a la Trinidad que al Perchel. Fue precisamente el desarrollo paulatino de la
calle Mármoles el que retranqueó, en favor de los percheleros, la cruz que señalaba el
camino antiguo de Antequera; y cuando en 1756 se levantó la ermita en el mismo lugar, la
situación ya fue irremediable: pertenecía a los Percheles. Ello, no obstante, cuando San
Pablo se convierte en parroquia en 1833, extrañamente a la situación de la ermita, la
tuvo como iglesia de ayuda, lo que volvió a crear nuevos problemas de identidad entre los
percheleros y trinitarios más cercanos y de roce más continuo. Si a ello agregamos la
leyenda del bandido del mismo nombre y el misterio de la rosa blanca que se torna roja al
ser clavada en el pecho de una imagen Dolorosa, se justifica que, todavía, la propiedad
de Zamarrilla esté en permanente discusión.
El barrio de la Trinidad que reprodujo en sus planos José
Carrión de Mula en 1791 y de cuyo levantamiento se cumplen ahora 207 años refleja la
verdadera situación urbana, arquitectónica y poblacional de entonces. |