
La Puerta de Estepa, en la Alameda de Andalucía, y
la plaza de toros, dos de los monumentos más
singulares de Antequera. / ANTONIO FUENTES |
Otra vuelta a Málaga. Donde sale el sol. Antequera
En pleno corazón de Andalucía, Antequera es
una ciudad monumental que merece la pena ser visitada
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DATOS PRÁCTICOS |
RESTAURANTES
Coso San Francisco:
La mejor opción. Restaurante y hospedería en un
cuidado edificio del siglo XVII. Con mesas en el
patio y en la terraza. Un lugar antiguo y decorado
con gusto. Aquí podemos probar el chivo, la premiada
receta de Charo Carmona, por ejemplo, que nos
recomendó Fernando Rueda en estas páginas el sábado
pasado. Por 20 euros se come estupendamente. En
pleno centro (calle Calzada). t 952 840 014.
La Espuela:
El restaurante de referencia, situado en el tendido
de la plaza de toros. La buena cocina de la tierra.
Dejémonos recomendar o vayamos a lo fijo: las
alcachofas rellenas, el rabo de toro, un revuelto de
bacalao, las gachas (mmmm). Y un vino castellano,
variemos, que siempre bebemos lo mismo. t 952 703
031.
El Angelote:
En pleno centro, en la plaza Coso Viejo. Con menú
del día para los de hipoteca apretada (¿casi
todos?). Dejémonos de tonterías y pidamos lo que nos
ha llevado a Antequera: la porra. Platos
tradicionales malagueños y otros como la porrilla de
setas. De postre, claro, un bienmesabe. t 952 703
465.
Pañero:
En la Cuesta Zapateros (junto a la plaza de San
Sebastián). Opción popular pero la calidad de las
migas es indiscutible, lo que pasa es que a ver
quién sube la cuesta después (¿o comemos antes de
comenzar la visita a la zona monumental?). t 952 841
104.
El Escribano:
En un sitio privilegiado junto a La Colegiata y a la
sombra del reloj Papabellotas. Una buena elección es
el arroz de san Blas y, de postre, el antequerano
angelorum. Plaza de los Escribanos. t 952 70 65 33.
Noelia:
En la Alameda de Andalucía, productos de calidad
para paladares exigentes. Codillo al horno, rabo de
toro con salsa de verduras, mousse de almendras. t
952 854 407.
UN CAFÉ
A la fuerza:
En la Alameda de Andalucía (entre la plaza de toros
e Infante don Fernando, siguiendo ésta). Una
chocolatería clásica donde además de los churros
poder tomarnos, como en cualquier otro bar de
Antequera si preferimos ir a otro más recogido, un
mollete con aceite a media mañana. Ya los quemaremos
(nos referimos a los hidratos de carbono, hombre).
A DORMIR (y que mañana salga el sol por Antequera)
Coso San Francisco:
Diez acogedoras habitaciones que no te hacen sentir
en un hotel. De su fantástico restaurante ya hemos
hablado más arriba. Edificio del siglo XVII en pleno
corazón de la ciudad. ¿Qué cuál es el precio de la
habitación doble? ¡¡35 euros!! Calle Calzada, 29. t
952 840 014. |
Pablo Aranda
Antequera, rodeada de la fértil vega, sorprende por
la nobleza de sus edificios y la cantidad de
iglesias y conventos, corriéndose el peligro al
escribir sobre ella de que el texto se convierta en
un manual de historia del arte.
Antequera, castellana y andaluza
Paseando por sus estrechas calles empedradas,
subiendo cuestas que desembocan en callejones que
dan a una nueva cuesta, al fin de la cual nos espera
alguna plaza de vistas impresionantes, vamos
quedando maravillados de la mezcla de lo castellano
y lo andaluz. Lo andaluz en las casas encaladas, en
el pueblo blanco que obtenemos al asomarnos a través
de las almenas de la Alcazaba, en el azul del cielo,
en los naranjos que resaltan sobre el fondo de
piedra de los palacios que son castellanos, con su
sobria grandeza, sus escudos en la fachada
anunciándonos, o advirtiéndonos, del linaje,
castellano en lo que no vemos, lo que esconde, la
vida que sospechamos al otro lado de las puertas
gigantescas de los palacios aún habitados, los
frescos patios ocultos desde la calle, las al menos
treinta iglesias de esta ciudad, los conventos, esa
mezcla de orígenes que se fusionan en un barroco
peculiar, en sus fachadas renacentistas que fueron
las primeras de Andalucía, esta ciudad que tiene su
comarca y un municipio que es el quinto más grande
de España (el primero de Málaga) donde también hay
mucho que visitar (mañana nos acercaremos al dolmen
de Menga, a la entrada de Antequera, varios
monolitos cuadrados cubiertos por gigantescas losas
y construido sobre el 2.500 antes de Cristo, y
después recorreremos las caprichosas formas de las
rocas que desafían el equilibrio en El Torcal, y más
tarde...).
Medina antaqira y el Infante don Fernando
Caídas Sevilla, Córdoba y Jaén en manos de los
cristianos, Medina Antaqira, la Antequera musulmana,
cobró gran importancia y fue varias veces atacada
hasta que en 1410 el Infante Don Fernando ('el de
Antequera') entró en ella, convirtiéndola en una
importante plaza fronteriza desde la que acosar al
reino de Granada (Málaga caería en 1487, Granada en
1492). El Infante Don Fernando le da nombre a la
calle principal, la gran arteria donde está el
ayuntamiento y que llega hasta la plaza de San
Sebastián, donde poder comenzar un paseo que sin
duda no nos defraudará.
De la plaza de San Sebastián al coso viejo
En la plaza de San Sebastián hay una fuente
renacentista y un arco y la confluencia de varias
calles y una iglesia, la iglesia de San Sebastián.
La torre de la iglesia la divisaremos desde todas
las vistas, por eso cuando estemos subiendo hacia el
castillo, o buscando la Colegiata y queramos
situarnos, sólo tenemos que localizarla, con su
ángel custodio sirviendo de veleta, el conocido
Angelote. Tomando la primera calle a la derecha al
salir de la iglesia -la calle Encarnación- llegamos
en un minuto al Coso Viejo, enfrente del convento de
la Encarnación. El Coso Viejo es una plaza grande
(la antigua Plaza de las Verduras, pues servía de
mercado) donde la piedra de las fachadas de los
palacios contrasta con los naranjos y mandarinos. En
el centro de la plaza una escultura nos recuerda al
Infante don Fernando, y en una esquina nos aguarda
el Palacio de Nájera que alberga el Museo Municipal.
El palacio es una joya, con un patio claustral y una
torre mirador (encontraremos unas cuantas en nuestro
paseo por Antequera, torres que ofrecen una
panorámica de trescientos sesenta grados). Si el
palacio en sí es una joya, la joya del palacio es el
museo, y la joya del museo es el Efebo de Antequera,
una escultura en bronce de un muchacho realizada en
el siglo l, cuando Antequera era un municipio romano
-Antikaria-, restos del cual se han encontrado más
arriba, junto a la Colegiata de Santa María (ésta es
la joya de Antequera), y unas termas también romanas
que hallaremos al rodear la Colegiata para verla
desde atrás, una iglesia como una catedral, unos
contrafuertes que llegan a dar miedo vistos desde
abajo, al atardecer, la alta Colegiata, su vasto
interior, su plaza que es un balcón enorme a las
termas y a la peña de los Enamorados y a la parte
trasera de una ciudad que ahí es pueblo. Pero
estábamos en el patio del Palacio de Nájera después
de observar al Efebo y salir para sumergirnos en la
ciudad viva, viva dos mil años después del mismo
Efebo.
Las descalzas y el Postigo de la Estrella
El cielo azul, el aire frío, la piedra, los naranjos
del Coso Viejo. Dejamos atrás el Palacio Nájera, a
la derecha el convento de Santa Catalina de Siena y
volvemos a la calle Encarnación. Otro minuto para
llegar a la plaza de las Descalzas, allí nos
detendremos. Si no fuera por el tráfico tan cercano
esta plazuela sería lo mejor de Antequera, con sus
bancos de piedra y la fuentecita sobria de seis
lados bajo los grandes magnolios. El sonido del agua
de la fuente, los árboles frondosos, la fachada del
convento de las Descalzas, nos transportan a otro
estado del que debemos salir porque nos espera la
primera cuesta. También podríamos seguir calle abajo
buscando el convento de Belén, pero seguro que ya lo
hemos visitado en otras ocasiones, cuando compramos
los mantecados que hornean en su clausura las monjas
clarisas, teniendo que ser precavidos, pues como se
nos eche encima la Navidad se habrán terminado esos
polvorones que son los mejores del mundo, y es que
cuando las ventas han cubierto las necesidades del
convento dejan el comercio, y el torno que hasta
hace pocos años servía para el intercambio de dinero
por alfajores deja de girar. Entonces desde la plaza
de las Descalzas subimos por la cuesta de los Rojas
hasta la plaza del Carmen, desde donde
contemplaremos la serena impotencia del rostro del
hombre tumbado que es la Peña de los Enamorados y,
ya que la iglesia está restaurándose, atravesaremos
la muralla por el postigo de la Estrella, uno de los
rincones más hermosos de Antequera, en el que
dejamos a un lado una casa encalada perfectamente
integrada en la muralla musulmana, a la que
accedemos a través del arco que la separa de una
torre. Esas escalinatas son mágicas.
La majestuosa colegiata de Santa María
Caminando desde allí por una calle de típico pueblo
blanco andaluz (la calle Colegio) llegamos al Arco
de los Gigantes, y ahí conviene detenerse, tomar
aire pues es el lugar en el que -si no lo hemos
hecho ante el Postigo de la Estrella- nos
convencemos definitivamente de que Antequera merece
la pena ser visitada y nos maldeciríamos por no
haberlo hecho antes, si fuera el caso. La vista que
encontramos es una panorámica de la ciudad que nos
obliga a tomar aire de nuevo. Ante nosotros, desde
el llamado mirador de Almenillas (nos asomamos entre
almenas), las casas blancas, las torres de las
iglesias (localizaremos en seguida la de San
Sebastián), los palacios, la Peña de los Enamorados,
la ermita.
Y nos damos la vuelta y atravesamos el Arco de los
Gigantes y avanzamos despacio por la plaza que se
abre hasta la Colegiata, grande, hermosa, sola, que
nos corta otra vez la respiración. Nos asomaremos a
las termas romanas para distraernos, contemplaremos
desde arriba la iglesia del Carmen para entonces ir
volviéndonos hacia la Colegiata, rodeándola, pues
como dijimos antes vista desde atrás, desde abajo,
es aún más sobrecogedora. La Colegiata como una
catedral, sí, pero no tiene torres, solo majestad en
la enorme plaza que nos devuelve nuestra pequeñez.
Podríamos seguir hasta el Castillo con su famosa
torre del reloj Papabellotas (una campana en esta
torre servía para regular los regadíos), visitar más
iglesias, fotografiarnos ante otros palacios, o
dejarlo para después de comer, o para el día
siguiente, y usando la torre de San Sebastián y el
Angelote de guía regresar a la plaza de San
Sebastián, pasar junto a la iglesia de San Agustín y
sus contrafuertes, cruzar y, callejeando, buscando
sin prisas el restaurante elegido (todo está cerca)
rodear el mítico Cine Torcal, construido entre los
años 1933 y 1934 y considerado Edificio de Interés
Histórico (la contemporánea también es historia).
Y muy cerca, anónima, de zaguán amplio y fachada sin
retocar, la casa de José Antonio Muñoz Rojas,
intacta, como él y sus 97 años, entre el campo y
Antequera («desde este tren donde viajo, el navajazo
del poniente enternece los visos de las lomas al
encenderse», le escribió en una carta al también
poeta Alfonso Canales), esta ciudad que merece ser
visitada una vez más. Callejeando y degustando ya,
vaya premio, su famosa gastronomía que hace
innecesaria toda explicación. La porra, el rabo de
toro, el chivo, el bienmesabe, tantos sentidos para
conocer Antequera. Antequera, por donde sale el sol. |
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