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Olinda, un gran Carnaval
La ciudad brasileña, Patrimonio de la Humanidad, es ya una
fiesta |
J. F. Alonso
La música avisa antes de doblar la esquina, un poco
más allá de la casa donde vivió el cantante Alceu
Valença. Atardece en la ciudad empedrada. La luz, al
fin suave tras un día de sol doloroso, ilumina la
entrada de uno de los «blocos» de Carnaval más
populares de Olinda, ciudad Patrimonio de la
Humanidad, un pequeño tesoro excelentemente
conservado, a tiro de piedra de Recife (Pernambuco,
Brasil). Es música enlatada, pero por poco tiempo.
Ya llegan las trompetas, y las chicas del grupo de
baile, ataviadas con medias rojas hasta la rodilla,
minifaldas negras y tops con ribetes amarillos o
negros. Paisaje a todo color. Risas. Cervezas.
Empieza la fiesta, como cada domingo a las cinco en
esta «peña» que se prepara durante meses para el
Carnaval.
En Olinda el pasado no es un libro de historia. Hay
coches, claro, aunque no demasiados, y restaurantes,
y tiendas de artesanía, pero el poder de sus calles
tal como eran, de los colores vivísimos de las
fachadas y de esas ventanas entreabiertas que se
asoman al océano nos traslada en seguida a sus
momentos de gloria. La fundó Duarte Coelho Pereira,
portugués, en 1535, y no tardó en adquirir el
estatus de «ciudad especial». Tenía algo noble,
ajena al trajín del vil metal, de los negociantes de
la caña de azúcar, que se instalaron unos kilómetros
más allá, en Recife. Sin duda, en Olinda la tarde
pasaba despacio, como ahora, cuando una familia
juega al dominó en una mesa instalada en plena
calle, frente a una pousada, o cuando una pareja
pega la hebra sentada en el umbral de su puerta.
Hace calor. Y sólo la música corta el silencio.
Ritmo frenético
El son de la fiesta es el frevo, un ritmo alegre,
por momentos frenético (frevo podría traducirse por
hervir), que nació en Recife a finales del siglo XIX.
Es la música de esta tierra, la que se escucha en
una plaza, como por azar, la que secuestra el pueblo
en Carnaval. Frevo y baile, que puede ser libre,
dejándose llevar por la inspiración del momento, o
más elaborado, como el que ensaya un grupo de chicas
este domingo, con una sombrilla que da vueltas y
vueltas como accesorio imprescindible. Hay
incontables «blocos» que interpretan esta música y
este baile a su modo, siempre con la mente puesta en
esos siete días de febrero de locura en la calle,
cuando no queda un metro libre, cuando la multitud
obliga a saltar y a cantar.
Olinda fue, en su momento, el centro de una batalla
sin cuartel entre portugueses y holandeses, que
gobernaron en esta esquina de Brasil durante tres
décadas, pero que hicieron y deshicieron negocios
durante bastante más tiempo. El paisaje de casas
coloniales, cuidados jardines y veintidós iglesias
barrocas que vemos ahora, incluido en el patrimonio
protegido por la Unesco, procede en líneas generales
del siglo XVIII. Como ejemplo, la basílica y
monasterio de San Bento, del XVI, fue destruida por
los holandeses en 1631, y recuperada más tarde. Pero
no sólo luce la belleza de los edificios. Impone
tanto o más ese horizonte verde y azul, pegado al
mar, que envuelve la ciudad, que arropa su historia.
Para los turistas ocasionales, Olinda es un rompe
piernas. Calles que suben y bajan, como en una etapa
alpina del Tour, sobre todo en el Paseo de la
Misericordia, llamado así quizá porque ese
sentimiento inspira a quienes se arriesgan a
emprender la ascensión. Lo mejor es que el autobús
nos deje arriba, y luego iniciar nuestra ruta en
zigzag, pero siempre hacia la parte inferior del
pueblo. En el camino, quizá apetezca degustar un
coco, por un real y medio, o un café en un local con
vistas, rodeados de cabezones de Carnaval
construidos con mimo en un taller cercano. La paz no
es aquí una palabra gastada. Podemos hablar con los
vecinos que ven pasar la tarde y la vida sin que les
asalte la angustia, o, tal vez, habrá quien prefiera
hartarse de beber zumos, baratos, variados y
deliciosos. En las fachadas, los carteles de «se
alquila balcón para Carnaval» invitan a regresar en
la semana con la que todos sueñan, cuando Olinda
hierve en una orgía de frevo.
Otros paisajes
Cerca de Olinda hay otros paisajes para completar la
escapada. Para empezar, Recife, la gran ciudad del
estado de Pernambuco, que presume de tener uno de
los tres carnavales más populares de Brasil, junto a
los de Río y Salvador de Bahía. Recife también
conserva una zona antigua por la que perderse un
tiempo, que procede de aquel trío tormentoso entre
holandeses, portugueses y las plantaciones de caña
de azúcar. En el Palacio del Gobernador vivió entre
1636 y 1649 Mauricio de Nassau (Johann Moritz von
Nassau), un holandés ilustrado, con corazón
brasileño, que se tomó en serio su papel de
gobernante y modernizó cuanto pudo la región a su
cargo. Murió sólo dos años después de volver a su
país, y no falta quien dice que fue por una
irremediable «saudade». |
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