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Acantilados en el litoral oriental de Málaga
Antes de que las temperaturas suban en el
litoral malagueño y se llenen las playas es recomendable
visitar este paraje natural |
Bernardino León Díaz
EN estos días cercanos al inicio del verano, es
recomendable recorrer a pie un espacio natural de
espléndidos acantilados en el litoral oriental de
Málaga, antes de que las altas temperaturas en plena
canícula atraigan a muchos malagueños a frecuentar
playas magníficas como las de Los Cañuelos,
Cantarriján y, sobre todo, la de las Doncellas,
oculta tras el roquedo, y llenarlas de sombrillas y
bañistas que dejan de visitar lugares en los que los
bellos acantilados marinos se suceden en repetida
secuencia.
Desde la población de Nerja hasta Cerro Gordo
podemos ver los acantilados de la Torre de Maro, la
del Río de la Miel, Playa de las Alberquillas, la
Torre del Pino y la Torre de la Caleta. En la
mayoría de ellas es posible conocer una vegetación
exuberante, en la que crecen especies vegetales
endémicas, como el romero blanco y la revientacabras,
carnívoros interesantes y herbívoros que, como las
cabras monteses, ramonean por la zona y llegan a
descender hasta los roquedos cercanos a la misma
playa.
Las autoridades medioambientales han actuado en este
caso, como en muchos otros, con la lógica que exige
la defensa de nuestros espacios naturales, y en los
años pasados y seguramente también lo harán en este
año, prohibieron la entrada a las playas de
vehículos de motor, salvo los de carácter oficial,
como furgonetas gratuitas para personas que por su
edad o por impedimentos de su salud no puedan
realizar a pie este bello trayecto.
Por la carretera N-340, de Málaga a Almuñécar, las
montañas de la Sierra de Almijara se precipitan en
el mar, en maravillosos roquedos. Antes de llegar a
Cerro Gordo y a la amplia curva que señala el límite
provincial de Málaga y Granada, se encuentra el
barranco de Cantarriján y un rótulo señala dónde
aparcar los vehículos de los bañistas que bajan a
las playas. Tras descender a pie unos metros por el
carril encontraremos una estrecha senda que sale a
la izquierda y se dirige a una calera, aunque hay
otra más abajo que parece dirigirse directamente a
la playa, lo que pronto se confirma al ver la bella
imagen del Peñón del Fraile reflejándose en el agua
de un mar inmensamente sereno.
Por el camino se ve una plantación de higueras y más
abajo un cubeto de agua de riego, cubierto con una
malla de plástico, frente al cual acometeremos una
estrecha senda en la que unos trazos rojos y blancos
señalan la ruta del Grand Randonée (GR), que nos
lleva a las ruinas de un Cuartel de carabineros, hoy
abandonado salvo para los conejos, que han dejado
sus huellas en el suelo terroso. En el interior hay
un alto matorral de lentiscos, enebros, hierba de la
coyuntura y algunas gramíneas agostadas.
Afuera, el panorama es maravilloso: los pinos
carrascos dan sombra y embellecen el paisaje.
Después de contemplar la playa, observamos una
casilla sin tejado que tal vez fuera donde viviera
un asceta (de ahí lo del Fraile), o quizás fuera una
carlinga de carabineros avanzada sobre el Peñón.
Después de asomarnos por los cuatro puntos
cardinales, nos dirigimos hacia el este para ver la
torre de la Caleta iluminada por el sol y llegar
hasta la senda que se dirige hacia Cantarriján Un
cruce de caminos del GR nos invita a seguir por la
izquierda y avanza en dirección al Cerro de la
Caleta, en donde se aprecia el vuelo de aves
rapaces.
Con cuidado de no resbalar, encontraremos la senda
por la que descendimos, cuidando de no perder su
rastro. Por el camino hemos visto una hembra de
cabra montés acompañada por un chivo, a los que
hemos fotografiado a lo lejos, tras lo cual
iniciamos el regreso a casa muy satisfechos, con la
esperanza de regresar otro día y ver la senda que
nos lleva hasta la preciosa playa de Cantarriján. |
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