PROVINCIA DE MÁLAGA
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 ESCÁPATE - REPORTAJES

Pasaje San Agustín. / F
. G. y C. M.
Otra vuelta a Málaga. Enero en la ciudad
El clima, la ciudad tiene el clima, este invierno glorioso, la estival primavera, las calles por las que ruge la brisa y nos absorbe, nos hace salir al laberinto de la ciudad antigua que estuvo amurallada

 

DATOS PRÁCTICOS

RESTAURANTES

Bodegón de Gurpegui:
Acogedor y pequeño restaurante donde disfrutaremos de una fantástica comida y del calor de Javier, su propietario. Setas, hígado encebollado, zurracapote de aperitivo, y una deliciosa cuajada y natillas de postre. Realmente excelente relación entre calidad y precio. Paseo Cerrado de Calderón, 14. Tlf: 952 20 22 54. Precio medio: 25-30 euros.

Restaurante Adolfo:
La excelencia de una comida en condiciones, para los más sibaritas. Es famoso su chateaubriand inmejorable, que se puede acompañar con unos langostinos al vodka. Paseo Maritimo Ruiz Picasso, 12. Tlf: 952 60 19 14. Precio medio: 50 euros.

El Balneario:
El placer del encanto decadente donde tomarnos desde un café hasta un cuscús asomados al mar. C/ Bolivia, 16-28, Bajo (Baños del Carmen). Tlf: 952 203 357. Precio medio: 15 euros.

Merendero El Cabra:
Comparte calidad con sus vecinos El lirio, El Morata, El caleño, Los espigones,... El mejor pescaíto frito ante las barcas de los pescadores. Paseo marítimo de Pedregalejo. Tlf: 952 291 595. Precio medio: 25 euros.

Clandestino:
Para los disfrutones informales. Ejemplo de una serie de nuevos restaurantes creativos y desenfadados en pleno centro. Platos grandes y una pizarra con sugerencias que merecen la pena. Calle Niño de Guevara, 3. Tlf: 952 21 93 90. Precio medio: 20 euros. De lunes a viernes, menú, por 8,90 euros.

Mirador de Reding: Una buena comida dominando la ciudad. Paseo de Reding, 1. Tlf: 952 22 49 58. Precio medio: 35 euros.

Restaurante María: La cocina de la abuela. El mejor arroz con conejo del mundo, el sabor de siempre de unos fantásticos huevos rotos, la fideuá. Pintor Sorolla, 45. Tlf: 952 60 11 95. Precio medio: 20 euros.

El cobertizo:
Otro ejemplo de buenísima relación calidad precio. La paletilla de cordero troceada es uno de los platos que el maestro Juan prepara como nadie. Avenida Pío Baroja (urb. Echevarría, El Palo), 44. Tlf: 952 29 55 17. Precio medio: 30 euros.

UN VINO

Antigua casa de guardia:
Apenas quedan sitios con tanto encanto donde tomarnos un vino dulce. Alameda Principal, 18. Tlf: 952 214 680.

El Pimpi:
Tomarnos algo entre los barriles firmados por famosos. Un sitio con solera junto al bueno de Ibn Gabirol. Tlf: 952 228 990. C/ Granada, 62.

UN CAFÉ

Café con libros:
Lugar de cafés y encuentros entre periódicos y libros. Pza de la Merced, 19. 952 204 717.

Café del Viajero:
Un té entre mapas. C/Santiago, 8.

UNA COPA

Café Negro:
Decorado con gusto. Calle Alcazabilla, 9. Tlf: 952 221 706.

Calle de Bruselas:
Junto a la casa donde nació Picasso. Buen punto de encuentro. Plaza de la Merced, 16. Tlf: 952 603 948.
Pablo Aranda

«Fíjate en el sol del ocaso, rojo, como revestido de un velo de púrpura: va desvelando los costados del norte y el sur, mientras cubre de escarlata el poniente». Sentados en El Balneario -lo más cerca que podemos situarnos del mar sin estar en la playa- rodeados por el murmullo de conversaciones que a esa hora languidecen, por el movimiento incesante del agua y sus quejidos lentos, podemos recordar esos versos de Ibn Gabirol y creer que los podríamos haber escrito nosotros, ante el atardecer que avanza a nuestro encuentro desde el otro lado de la silueta de la ciudad, de la farola, de las cuatro grúas del puerto que desde aquí son jirafas, de la Catedral, alcanzándonos el atardecer y entonces la brisa, el aire húmedo, eso que nosotros llamamos frío y que hace reír a quienes conocen el frío frío, entonces levantarnos y alejarnos de esa terraza sobre el mar, en el mar, que es El Balneario, cruzar entre sus columnas romanas (sí, romanas, aunque no lo sean), por lo que podría haber sido la nave central de un templo que no lo es sino ahora, un lugar donde la ciudad se ofrece al mar, tantas veces de espaldas a él.

Ibn gabirol en calle alcazabilla

Y siguiendo el paseo marítimo, las playas, llegamos al centro de la ciudad, donde el poeta de los versos anteriores, Ibn Gabirol, se sitúa a nuestra altura, bajado del pedestal de hace años, y parece un paseante más de una calle -Alcazabilla- que podría convertirse en la más bella de Málaga: a un lado el Teatro Romano (cuando la cerraron al tráfico para restaurar el teatro, un taxista me explicó: «Tenemos que dar un rodeo, es que están haciendo un teatro romano»), sobre él la Alcazaba, al otro la parte trasera del Museo Picasso con un callejón que desemboca en una plaza minúscula sombreada por una espléndida higuera, por donde entrar desde atrás al museo y su cafetería, callejones de lo que fue la judería, como judío fue Ibn Gabirol, que escribió en hebreo sus versos, pero en árabe sus tratados de filosofía, y que era hijo de cordobeses pero se autodenominó al-malaquí, el malagueño. El clima, Málaga tiene el clima, este invierno glorioso, la estival primavera, las calles por las que ruge la brisa y nos absorbe, nos hace salir al laberinto de la ciudad antigua que estuvo amurallada, entrar a la ciudad desde la Plaza de la Merced donde un obelisco recuerda a un valiente, Torrijos, que pudo quedarse en su cómoda Inglaterra del exilio y desembarcó en las playas de Fuengirola, traicionado, prendido, fusilado en la playa de La Misericordia («Voy a morir, pero voy a morir como mueren los valientes», le escribió a su mujer antes del fusilamiento).

La ciudad musulmana

El mar llegaba hasta la Aduana. Siguiendo desde allí calle Alcazabilla, Plaza de la Merced, calle Álamos y calle Carretería recorremos la línea donde estuvo la muralla de la ciudad musulmana, también llegaba el mar hasta una de las puertas de la ciudad, la de Atarazanas, hoy del mercado del mismo nombre, esa otra ciudad: el mercado, ese ajetreo que define a sus habitantes. Cada atardecer unos cañonazos indicaban la hora del cierre de las puertas de la ciudad, y quienes vivían en los arrabales, sobre todo cristianos, la abandonaban. En Carretería una pequeña y extraña plaza nos muestra un trozo de la muralla recuperada, otro en la librería Prometeo. Siglos después la muralla fue aprovechada o sustituida por las paredes exteriores de los conventos que daban al Muro de San Julián, esa otra calle hermosa que convendría cuidar.

La ciudad musulmana tenía dos ejes principales, uno el que la cruzaba de oeste a este: entrando por Puerta Nueva, frente a la tribuna de los pobres (qué nombre más auténtico), y que lo forman calle Compañía y calle Santa María buscando la mezquita mayor, hoy Catedral (se conserva una esquina de la mezquita junto al patio de los naranjos); el otro eje cruza la ciudad de norte a sur: entrando por calle Granada y llegando al mar por la actual calle Larios. Ambos ejes se cruzan en la plaza de la Constitución, la plaza del zoco, del mercado, tan sabiamente recuperada hace pocos años, con su fuente esquinada para que los ciudadanos tengan espacio, con sus altas palmeras, con ese árbol que cada vez se ve menos, el naranjo, tan nuestro.

A la plaza del obispo de la mano de Lorca

En el Café Central, en plena plaza de la Constitución, nos tomaremos un café (con leche o solo, mitad o cortado, nube o americano, doble,...) y observaremos a la gente antes de girar la cabeza y recorrer panorámicamente la plaza, la cúpula ochavada que vemos emerger de calle Compañía, el edificio del Ateneo, la fuente recuperada a unos piratas cuando era traída desde Italia, la entrada al Pasaje Chinitas donde Paquiro le dijo a su hermano: «Soy más valiente que tú, más torero y más gitano». Y dejarnos llevar por los versos de Lorca y adentrarnos por ese pasaje y los que lo cruzan, llegar desde calle Fresca a otra plaza grandiosa, la del Obispo. La Plaza del Obispo es un pozo desde el que podemos levantar tímidamente la cabeza, poco a poco, y tratar de atrapar la fachada de la Catedral, demasiado grande para tan pequeño espacio, demasiado hermosa; ¿cuánta hermosura somos capaces de asimilar en una simple mirada?, cuántos sueños para construir la Catedral inconclusa, la Catedral sobre la mezquita mayor y ésta tal vez sobre una iglesia visigoda. Bajaremos la cabeza, nos sentaremos un rato en la fuente, visitaremos la exposición del Palacio del Obispo. Regresaremos a la Plaza de la Constitución con el metal de las planchas de los periódicos informando de la constitución, con la ciudad de nuevo a vista del peatón (antes de las obras, el paso de los coches impedía detenerse y mirar, desde entonces hemos descubierto puertas y balcones que ya estaban), pasear por la calle mayor, calle Larios, tomarnos algo en una plaza trasera, estrenar esa plaza, la Plaza de Las Flores, otra tapa en 'Lo güeno', por ejemplo, tomarnos el obligado vino dulce en la Antigua casa de guardia, o desde la Plaza del Obispo haber buscado otra vez a Ibn Gabirol, al malaquí, asomarnos al Teatro Romano -evitaremos de momento, qué pena, el Paseo del Parque- y entrar en la Alcazaba, buscar en verano la sombra que más nos agrade o ahora, en este invierno estival, el escalón donde el sol más nos proteja, escuchar el agua, tomarnos un batido de frutos secos en una tetería de calle San Agustín o en el Café con Libro de la Plaza de la Merced.

El castillo de Gibralfaro y el apetito

O decir venga, vamos, y subir al Castillo donde nos sentaremos junto a alguna almena dominando la bahía, mientras los pinos continúan deslizándose hacia el mar. Bajar del Castillo caminando hacia el Parador de Gibralfaro. Sentarnos en esa otra fantástica terraza. Durante el aperitivo localizar lugares conocidos desde esa perspectiva. Detenernos en las cuatro grúas, esas cuatro jirafas que alargan el perfil de Málaga visto desde El Balneario, esa otra estructura absurda como absurdo es el paisaje malagueño, absurdo y agradable, ideal para vivir o, al menos, darse un buen paseo. Y decidir dónde cenar esta noche, unas setas en Gurpegui, un arroz caldoso con conejo en María, lo que nos recomiende Adolfo, o, cuando ya no distingamos las jirafas desde El Balneario, darle la espalda a Ibn Gabirol y dirigirnos hacia el otro lado, al paseo marítimo de Pedregalejo, detenernos ante el marengo que prepara los espetos de sardina, cenar en uno de los chiringuitos, si no hemos ido antes, bajo este sol, y preguntarle al encargado qué tiene de pescado fresco, y decirle: «pues ése, ése que usted dice».

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