Los osos pardos viven en bosques y montañas. /
B.L.D. |
Frías, la ciudad más pequeña
La bella localidad burgalesa, de glorioso
pasado, vigila desde su promontorio toda la vega del Ebro |
ÍÑIGO MUÑOYERRO
El pequeño núcleo fortificado de Frías luce con
orgullo un pasado cargado de títulos, honores y
batallas que para sí quisieran grandes urbes. Sin ir
más lejos, en 2002 celebró el octavo centenario de
la concesión del fuero por Alfonso VIII de Castilla.
El título de ciudad le llegó en 1435, por
disposición del rey Juan II. Frías, la ciudad más
fuerte del valle de Tobalina y la más pequeña de
España con este título, se eleva en una encrucijada
de calzadas romanas, a muy corta distancia del Ebro.
Apenas supera los tres centenares de habitantes,
pero puede presumir de ser un ducado (el de Frías)
en activo.
El puente
La mejor manera de entrar en Frías es por el puente
de 143 metros que atraviesa el Ebro. Le llaman
romano, pero en realidad es de factura gótica y se
asienta sobre nueve arcos anclados en la roca. Es
una obra de ingeniería de tiempos de Alfonso VIII
que destaca por la torre de 'portazgo', donde
pagaban peaje arrieros y mercaderes.
La parte ribereña de la ciudad está protegida por el
recinto amurallado, con el castillo y su torre de
homenaje en un extremo, y la iglesia de San Vicente,
que también tuvo labores defensivas, en el otro. En
medio se abre la puerta de Medina, por donde
entraban los Velasco, señores de la ciudad. Los
acantilados del barranco del Molinar convierten en
inexpugnable la vertiente que mira a los montes
Obarenes. Destacan las casas colgantes,
afortunadamente rehabilitadas con gusto.
La torre del homenaje
El casco antiguo es una hermosa cuesta, con calles
empedradas que nos conducen siempre a lo más alto de
La Muela. Las casas no son espectaculares, pero
atesoran historia. Las mejores son las que fueron
levantadas enel siglo XVI. También tuvo aljama judía
y sinagoga, de las que no queda ni rastro. El alto
está ocupado por la iglesia de San Vicente, con un
bello interior donde destacan sepulcros platerescos;
la explanada del mercado de granos, también coso
taurino, y el castillo. Se accede a su interior por
un puente levadizo. Los muros y torres están
restaurados, pero no así sus habitaciones
interiores. Los más valientes puede encaramarse a la
torre del homenaje. La vista desde lo alto no tiene
parangón.
Las catástrofes y calamidades no han hecho mella en
el ánimo de los fredenses. La torre de homenaje del
castillo, en sorprendente equilibrio sobre un
peñasco carcomido por el tiempo, se derrumbó en 1830
y causó la muerte a treinta personas. La torre de la
iglesia románica de San Vicente también se vino
abajo en 1904 y arruinó parte del cenobio. Para
reconstruir el templo vendieron la portada de la
iglesia a los americanos. Restaurada, se puede
admirar en el Museo The Cloisters de Nueva York.
Trepar por las cuestas, unido al aire vivificante
que viene del Humión, desata el apetito del viajero.
La oferta restauradora es limitada, pero la calle
del Mercado reúne tres establecimientos donde
reponer fuerzas.
Un vistazo desde lo alto del pueblo es suficiente
para darnos cuenta de que estamos en medio de la
naturaleza: el valle, a nuestros pies, y la montaña,
en el horizonte. El valle está cruzado de rutas
balizadas, pero los que no sean tan ambiciosos
pueden darse un suave paseo por la vega del Ebro,
acondicionada como zona de esparcimiento en el
entorno del puente viejo. Los aficionados al
senderismo tienen también muy cerca el Espacio
Protegido de los Montes Obarenes, con multitud de
rutas montañeras.
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