Pablo Aranda
Al llegar a Ronda un coche maniobra con lentitud y
en la puerta distinguimos el logotipo de autoescuela
Rilke, y en esta ciudad no sorprende encontrar el
nombre de quizá el mejor poeta que ha dado la lengua
alemana («lo bello no es nada más que el comienzo de
lo terrible»), porque Rilke, que se refirió a Ronda
como la ciudad soñada, ha sido uno de tantos
creadores cautivados por la ciudad del Tajo (es
curioso, también vivió Rilke en el castillo de Duino,
cerca de Trieste, se ve que el vértigo de
fantásticos balcones asomados a la inmensidad le
atraía).
«No hay cosa más salvaje en el mundo que esta
ciudad española, salvaje y montañera», escribió
Rilke desde Ronda, y se acabó Rilke y nos centramos
en Ronda, hombre, que el viaje no es nada pesado
pero sí de los más largos que podemos hacer en la
provincia, centrémonos. Si salimos desde Málaga,
conviene irnos por el interior, pasando por la
hermosa Ardales y Cuevas del Becerro, y en una hora
y media o algo menos hemos llegado. Se puede tardar
lo que se quiera, pues hay fantásticos lugares por
el camino. Unos amigos fuimos hace ya muuuuuchos
años desde Yunquera a pie, cruzando la serranía, con
sus piedras y pinsapos, y algún campo de patatas ya
cerca Ronda tras tres (curioso: tras tres) días de
marcha.
Entrando por la calle La Bola
Una vez llegados dirijámonos al centro y
busquemos la calle de La Bola (así conocida por
todos, aunque en realidad se llama Carrera Espinel),
peatonal y llena de comercios donde comprar desde
las famosas y dulcísimas yemas hasta algún exquisito
juguete en 'El pensamiento', una tienda con un
cuidado escaparate frente al que seguro que nos
entretendremos. En esta calle encontró la Guardia
Civil a Pasos Largos, el último bandolero de la
Serranía, en un bar al que acudió a jugar, tras
escapar herido y despeñado en una emboscada en 1916.
La calle de La Bola termina casi en la Plaza de
Toros, la Real Maestranza, que aquí hay que
escribirla con mayúsculas pues es la más antigua de
España -del siglo XVIII- y merece ser visitada para
ver la doble arcada que ocupa todo el perímetro,
construido en piedra. Una vez aquí todo está cerca.
Podemos entrar al museo taurino o dar un paseo por
el parque y asomarnos al primer balcón. Al otro lado
de Ronda no hay nada, sólo el abismo.
La ciudad antigua
A unos metros de la plaza de toros observamos una
ciudad flotando. Como esas penínsulas casi islas de
Croacia cubiertas en su totalidad por casas, como la
medina de una ciudad árabe (la blanca y añil
Chefchauen, por ejemplo, hermanada con Ronda), la
parte antigua de Ronda nos asalta con su blanca y
agresiva belleza, apostada al borde del precipicio,
belleza suicida, como algunas casas de Cuenca,
ciudad que por cierto también está hermanada con
Ronda, vaya familia. A esa isla flotando en el aire
se llega atravesando el Puente Nuevo (nuevo, sí,
pero del siglo XVIII), el símbolo de la ciudad.
Todos hemos estado allí, pero de nuevo nos
detendremos en los miradores que hay en él y
recorreremos despacio (con la mirada, eh) la
violenta verticalidad de la roca que el río
Guadalevín ha conseguido separar a golpe de siglos.
Al otro lado del puente nuevo
Pasamos al otro lado del puente. Ya hemos
atravesado, entrado en él, el vértigo de Ronda,
ahora podemos seguir alguno de los itinerarios que
nos hayan recomendado en la oficina de turismo
(situada en la plaza de España, justo antes del
puente, junto al parador) o callejear a nuestro
antojo, a la deriva, concentrando nuestra atención
sólo en disfrutar. Al pasar el puente (...me dijo el
puentero, las niñas bonitas no pagan dinero...) una
placa nos muestra la casa donde nació don Fernando
Giner de los Ríos, fundador en Madrid de la
emblemática Institución Libre de Enseñanza y tras la
casa una calle a la izquierda, otra al frente y un
poco más adelante una calleja a la derecha. Evitemos
el camino lógico y salgamos de la calle principal
con sus coches y sus motos. La empedrada Cuesta de
Santo Domingo -la de la izquierda- baja hasta la
imponente Casa del Rey Moro, adaptada a la
sinuosidad de la calle y al desnivel con numerosas
escaleras y pasillos. Pero más que la casa que vemos
desde fuera nos importa la Mina, a la que se accede
desde el jardín. La Mina es una escalera excavada en
la roca, una escalera profunda desde la que se llega
a diferentes habitaciones situadas a niveles
diferentes que se usaron en la defensa de la ciudad
musulmana ante los ataques cristianos (Ronda no cayó
hasta 1485, cuando los Reyes Católicos entraron en
ella).
La ciudad musulmana
Del glorioso pasado musulmán de Ronda el vestigio
más destacado son los Baños Árabes, dicen que los
mejor conservados de Europa. Son del siglo XIII y
sin duda merece la pena visitarlos y, bajo la
penumbra de los arcos y los juegos de luz que se
producen a través de los tragaluces de las bóvedas,
imaginar una jornada relajada -e higiénica- en esa
época en la que Ronda fue una de las capitales más
importantes e inexpugnables. Antes de llegar a los
Baños hemos encontrado otros interesantes
monumentos, como el palacio Marqués de Salvatierra
con su patio porticado, su balcón de forja y su
cercanía con el Arco de Felipe V, que fue una puerta
de comunicación de las dos partes de la ciudad. En
la parte superior del Arco podemos ver el escudo de
los borbones (Felipe V fue el primero de los
borbones en España). Un antiguo banco de piedra ante
el Arco es conocido como el Sillón del Moro. Muy
cerca están el Puente Viejo y el Puente Romano (pero
es árabe) o de las Curtidurías. Pero hay más
monumentos construidos bajo el dominio árabe de la
ciudad (ya hablamos antes de la Mina), como el
Minarete de San Sebastián, que formó parte de una
mezquita hasta la conquista cristiana: impresiona
observar la torre de piedra y ladrillo entre el
blanco de las casas encaladas. El Minarete nos lo
encontramos si subimos de nuevo la Cuesta de Santo
Domingo y llegados al puente seguimos por la
continuación de éste. Al final de ese mismo
trayecto, tras pasar la Iglesia del Espíritu Santo,
de una sobriedad y tamaño magníficos, está la Puerta
de Almocábar, originariamente del siglo Xlll, y las
murallas. Por aquí consiguieron entrar los
cristianos en el año 1485.
La magnífica iglesia de Santa María La Mayor
Desde el Minarete también podemos adentrarnos por
los callejones empedrados de la derecha que van
formando un laberinto que rodea a la Iglesia de
Santa María la Mayor (nos toparemos una casa en la
que vivió Vicente Espinel, personaje pícaro como
pocos que merece un solo artículo para él, poeta y
músico del siglo de oro), y nosotros, admirados,
también la rodeamos, creyendo varias veces haber
hallado la fachada principal de Santa María la Mayor
hasta que llegamos a la plaza Duquesa de Parcent
(donde también está el ayuntamiento). La iglesia
conserva restos del mihrab (fue construida sobre una
mezquita que fue construida sobre una iglesia
visigoda que fue construida sobre un templo romano)
y posee una torre mudéjar y una balconada dando a la
plaza que son una maravilla. Tal vez se nos ha
echado el tiempo encima. Podemos comer y luego
seguir, o continuar mañana.
Esta página se acaba, y queda mucho. No hemos
hablado del encanto de la Ermita de la Oscuridad,
atractiva desde su mismo nombre, ni hemos hablado
del Palacio de Mondragón, ni de la Casa del Gigante,
ni de que en el Convento de Santo Domingo se
estableció la Santa Inquisición el mismo 1485, ni de
la maravillosa Acinipo, Ronda la Vieja, a doce
kilómetros de la ciudad, la antigua ciudad romana,
con un teatro donde corroborar lo acertado de esta
visita a Arunda, la ciudad que fundaron los celtas y
que, por supuesto, sigue viva.