PROVINCIA DE MÁLAGA
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El Tajo de Ronda es el emblema natural de la ciudad y uno de los símbolos de la provincia de Málaga. / SUR
Otra vuelta a Málaga. La ciudad soñada. Ronda
«No hay cosa más salvaje que esta ciudad española, salvaje y montañera», escribió Rilke sobre Ronda, que propicia uno de los viajes más intensos que se pueden hacer por Málaga  
 

LA RECETA DE JOSÉ MIGUEL CAMPAÑA

RESTAURANTES

Tragabuches: Poco se puede decir que no se sepa del que dicen algunos sibaritas que es el mejor restaurante de toda Málaga. Nueva cocina andaluza. Mezcla de sabores tradicionales en platos nuevos. Ya que se va, por qué no pedir el impresionante menú degustación (estooo, ejem, 70 euros). En la calle José Aparicio, junto al Puente Nuevo. t 952 19 02 91.

Faustino: Barra de las de taberna de toda la vida con sus carteles de toros y comedor pequeño tipo mesón casero. Con el peculiar y agradabilísimo encanto de Mati que nos dirá las tapas que tiene (huevos de codorniz, arroz, serranitos,...). Muy bien de precio. Calle Santa Cecilia (junto a la plaza Carmen Abela, al lado de calle La Bola).

Restaurante Don Miguel: Excelente situación (vistas al Tajo) para este excelente restaurante que también es hotel. Comida tradicional. Plaza de España, 5. t 952 87 10 90

DÓNDE DORMIR

Hotel Reina Victoria (****): Hotel con el encanto añadido de que se puede visitar la habitación donde se alojó Rilke (creo que las sábanas las cambiaron después). Buenas vistas. Calle Jerez, 25. t 952 87 12 40.

Hotel Enfrente Arte: Decoración moderna, exagerada y divertida. Gran desayuno incluido (y también incluidas todas las bebidas -desde café a vino o cerveza- que se tomen durante el día o la noche). Una mezcla de casa rural y de complejo hotelero dominicano, pero con encanto y en la parte antigua de Ronda, claro. Calle Real. t 952 87 90 88

Parador de Ronda: Junto al Puente Nuevo. Fue la casa consistorial. Espléndidas vistas y buen restaurante. Plaza de España. t 952 87 75 00

Pensión Andalucía: Su encanto es el precio. A veinte minutos de la parte antigua. Ideal para mileuristas (y ochocientoseuristas). Avda. Martínez, 17 (frente a la estación de renfe). t 952 87 54 50

Pablo Aranda

Al llegar a Ronda un coche maniobra con lentitud y en la puerta distinguimos el logotipo de autoescuela Rilke, y en esta ciudad no sorprende encontrar el nombre de quizá el mejor poeta que ha dado la lengua alemana («lo bello no es nada más que el comienzo de lo terrible»), porque Rilke, que se refirió a Ronda como la ciudad soñada, ha sido uno de tantos creadores cautivados por la ciudad del Tajo (es curioso, también vivió Rilke en el castillo de Duino, cerca de Trieste, se ve que el vértigo de fantásticos balcones asomados a la inmensidad le atraía).

«No hay cosa más salvaje en el mundo que esta ciudad española, salvaje y montañera», escribió Rilke desde Ronda, y se acabó Rilke y nos centramos en Ronda, hombre, que el viaje no es nada pesado pero sí de los más largos que podemos hacer en la provincia, centrémonos. Si salimos desde Málaga, conviene irnos por el interior, pasando por la hermosa Ardales y Cuevas del Becerro, y en una hora y media o algo menos hemos llegado. Se puede tardar lo que se quiera, pues hay fantásticos lugares por el camino. Unos amigos fuimos hace ya muuuuuchos años desde Yunquera a pie, cruzando la serranía, con sus piedras y pinsapos, y algún campo de patatas ya cerca Ronda tras tres (curioso: tras tres) días de marcha.

Entrando por la calle La Bola

Una vez llegados dirijámonos al centro y busquemos la calle de La Bola (así conocida por todos, aunque en realidad se llama Carrera Espinel), peatonal y llena de comercios donde comprar desde las famosas y dulcísimas yemas hasta algún exquisito juguete en 'El pensamiento', una tienda con un cuidado escaparate frente al que seguro que nos entretendremos. En esta calle encontró la Guardia Civil a Pasos Largos, el último bandolero de la Serranía, en un bar al que acudió a jugar, tras escapar herido y despeñado en una emboscada en 1916. La calle de La Bola termina casi en la Plaza de Toros, la Real Maestranza, que aquí hay que escribirla con mayúsculas pues es la más antigua de España -del siglo XVIII- y merece ser visitada para ver la doble arcada que ocupa todo el perímetro, construido en piedra. Una vez aquí todo está cerca. Podemos entrar al museo taurino o dar un paseo por el parque y asomarnos al primer balcón. Al otro lado de Ronda no hay nada, sólo el abismo.

La ciudad antigua

A unos metros de la plaza de toros observamos una ciudad flotando. Como esas penínsulas casi islas de Croacia cubiertas en su totalidad por casas, como la medina de una ciudad árabe (la blanca y añil Chefchauen, por ejemplo, hermanada con Ronda), la parte antigua de Ronda nos asalta con su blanca y agresiva belleza, apostada al borde del precipicio, belleza suicida, como algunas casas de Cuenca, ciudad que por cierto también está hermanada con Ronda, vaya familia. A esa isla flotando en el aire se llega atravesando el Puente Nuevo (nuevo, sí, pero del siglo XVIII), el símbolo de la ciudad. Todos hemos estado allí, pero de nuevo nos detendremos en los miradores que hay en él y recorreremos despacio (con la mirada, eh) la violenta verticalidad de la roca que el río Guadalevín ha conseguido separar a golpe de siglos.

Al otro lado del puente nuevo

Pasamos al otro lado del puente. Ya hemos atravesado, entrado en él, el vértigo de Ronda, ahora podemos seguir alguno de los itinerarios que nos hayan recomendado en la oficina de turismo (situada en la plaza de España, justo antes del puente, junto al parador) o callejear a nuestro antojo, a la deriva, concentrando nuestra atención sólo en disfrutar. Al pasar el puente (...me dijo el puentero, las niñas bonitas no pagan dinero...) una placa nos muestra la casa donde nació don Fernando Giner de los Ríos, fundador en Madrid de la emblemática Institución Libre de Enseñanza y tras la casa una calle a la izquierda, otra al frente y un poco más adelante una calleja a la derecha. Evitemos el camino lógico y salgamos de la calle principal con sus coches y sus motos. La empedrada Cuesta de Santo Domingo -la de la izquierda- baja hasta la imponente Casa del Rey Moro, adaptada a la sinuosidad de la calle y al desnivel con numerosas escaleras y pasillos. Pero más que la casa que vemos desde fuera nos importa la Mina, a la que se accede desde el jardín. La Mina es una escalera excavada en la roca, una escalera profunda desde la que se llega a diferentes habitaciones situadas a niveles diferentes que se usaron en la defensa de la ciudad musulmana ante los ataques cristianos (Ronda no cayó hasta 1485, cuando los Reyes Católicos entraron en ella).

La ciudad musulmana

Del glorioso pasado musulmán de Ronda el vestigio más destacado son los Baños Árabes, dicen que los mejor conservados de Europa. Son del siglo XIII y sin duda merece la pena visitarlos y, bajo la penumbra de los arcos y los juegos de luz que se producen a través de los tragaluces de las bóvedas, imaginar una jornada relajada -e higiénica- en esa época en la que Ronda fue una de las capitales más importantes e inexpugnables. Antes de llegar a los Baños hemos encontrado otros interesantes monumentos, como el palacio Marqués de Salvatierra con su patio porticado, su balcón de forja y su cercanía con el Arco de Felipe V, que fue una puerta de comunicación de las dos partes de la ciudad. En la parte superior del Arco podemos ver el escudo de los borbones (Felipe V fue el primero de los borbones en España). Un antiguo banco de piedra ante el Arco es conocido como el Sillón del Moro. Muy cerca están el Puente Viejo y el Puente Romano (pero es árabe) o de las Curtidurías. Pero hay más monumentos construidos bajo el dominio árabe de la ciudad (ya hablamos antes de la Mina), como el Minarete de San Sebastián, que formó parte de una mezquita hasta la conquista cristiana: impresiona observar la torre de piedra y ladrillo entre el blanco de las casas encaladas. El Minarete nos lo encontramos si subimos de nuevo la Cuesta de Santo Domingo y llegados al puente seguimos por la continuación de éste. Al final de ese mismo trayecto, tras pasar la Iglesia del Espíritu Santo, de una sobriedad y tamaño magníficos, está la Puerta de Almocábar, originariamente del siglo Xlll, y las murallas. Por aquí consiguieron entrar los cristianos en el año 1485.

La magnífica iglesia de Santa María La Mayor

Desde el Minarete también podemos adentrarnos por los callejones empedrados de la derecha que van formando un laberinto que rodea a la Iglesia de Santa María la Mayor (nos toparemos una casa en la que vivió Vicente Espinel, personaje pícaro como pocos que merece un solo artículo para él, poeta y músico del siglo de oro), y nosotros, admirados, también la rodeamos, creyendo varias veces haber hallado la fachada principal de Santa María la Mayor hasta que llegamos a la plaza Duquesa de Parcent (donde también está el ayuntamiento). La iglesia conserva restos del mihrab (fue construida sobre una mezquita que fue construida sobre una iglesia visigoda que fue construida sobre un templo romano) y posee una torre mudéjar y una balconada dando a la plaza que son una maravilla. Tal vez se nos ha echado el tiempo encima. Podemos comer y luego seguir, o continuar mañana.

Esta página se acaba, y queda mucho. No hemos hablado del encanto de la Ermita de la Oscuridad, atractiva desde su mismo nombre, ni hemos hablado del Palacio de Mondragón, ni de la Casa del Gigante, ni de que en el Convento de Santo Domingo se estableció la Santa Inquisición el mismo 1485, ni de la maravillosa Acinipo, Ronda la Vieja, a doce kilómetros de la ciudad, la antigua ciudad romana, con un teatro donde corroborar lo acertado de esta visita a Arunda, la ciudad que fundaron los celtas y que, por supuesto, sigue viva.

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