
En Torremolinos empezó el turismo moderno. / J. L.
Huesca. SUR |
Capital del turismo. Torremolinos
Torremolinos aún
conserva encanto y esa personalidad complicada de mundos
yuxtapuestos, mezclados, cuyos límites se confunden. Y el
nombre, Torremolinos, es una marca, una palabra que hará
decir a nuestros interlocutores extranjeros aaah, ja (leído
'ya'), Torremolinos.
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DATOS PRÁCTICOS |
De tapas por el centro
Casa Flores: El placer de las tabernas de
toda la vida que apenas quedan. Lo mejor: unos
búsanos en la barra. Y un vino dulce, claro. Avenida
Palma de Mallorca (frente al comienzo de calle San
Miguel).
La Campana: Otro bar de siempre junto a la
plaza Costa del Sol (muy cerca del anterior). Ideal
para una cerveza de pie con los amigos. Y unas
gambas, claro.
La Bodega de Santiago: En plena calle San
Miguel, este típico -y auténtico- bar español donde
detenernos a tomarnos una tapa.
Guerola: Otro mesón con su barra y sus tapas
(y también algunas mesas). Los champiñones no se los
pierda. Calle San Miguel esquina con Las Mercedes.
De pescaítos en La Carihuela
Casa Juan: Uno de los restaurantes
emblemáticos de La Carihuela (fundado en 1963). Por
supuesto, la fritura malagueña. El pescado del día.
Salmonetes, jureles, boquerones. Tlf: 952 37 35 12.
El Roqueo: También en el paseo marítimo.
Probemos aquí las coquinas además del pescaíto. Tlf:
952 38 49 46.
Buena cocina
Frutos: Referencia gastronómica malagueña por
excelencia. Desde el cordero hasta el marisco,
pasando por un clásico de la tapa: la ensaladilla
rusa (la mejor que encontraremos). En Los Álamos,
junto a la carretera nacional. Tlf: 952 38 14 50.
Med: Muy buen restaurante que gustará a los
paladares clásicos y a los amantes de la nueva
cocina. Con una encantadora terraza. Calle Las
Mercedes 12, 2º (pleno centro). Tlf: 952 05 830.
Dónde dormir
Hotel Pez España: El lujo más antiguo.
Perfectamente restaurado. En su enorme entrada está
el Franki's bar, en el que nos sentiremos como
Sinatra en los 50.
Hotel La Barracuda: Encallado en la playa muy
cerca del anterior. Buena relación calidad precio.
Donde se alojó el escritor austriaco Thomas Bernhard
varios meses en su última visita a Torremolinos. Tlf:
952 38 54 00. |
Pablo Aranda
Torremolinos es una ciudad que todos conocemos,
absolutamente todos. Hemos estado allí, aunque nunca
la hayamos pisado. Porque Torremolinos no es sólo el
conjunto de calles que rodean un paseo marítimo que
acota la playa, un hotel en cada esquina, una
discoteca, no, Torremolinos es la capital del
turismo, de un tipo de turismo, sí, pero ese tipo es
el prototipo. Los turistas van a Torremolinos porque
antes que ellos otros turistas fueron a
Torremolinos: allí empezó el turismo moderno.
Torremolinos: una ventana a la modernidad
En Torremolinos alguien localizó un foco climático
extremadamente benigno, o placentero, y alguien más
abrió un hotel, y a los primeros listos se añadieron
otros, y comenzó otra invasión, la urbanística, el
'boom' urbanístico, oiga, que en ese hueco que dejan
esos dos hoteles cabe un edificio de apartamentos, y
una torre más alta que esa de ahí, y Torremolinos se
convirtió en una parcela única, una parcela como una
ventana, en un país cerrado. Torremolinos, que
muchas veces tiene connotaciones negativas, era una
ventana, una corriente de aire moderno y exterior, y
mientras en el resto de España (incluyendo Málaga, a
sólo diez kilómetros y a la que pertenecía
Torremolinos), todavía nos sacudíamos las legañas
franquistas y los valores todavía eran los valores
de antes, Torremolinos era otro mundo, una parcela
como una ventana y una ventana como la puerta a otro
mundo.
Varios mundos en un solo mundo
Torremolinos era el lugar preferido para sus
vacaciones por la sociedad nórdica, la más avanzada
entonces (y ahora, pero antes muchos más avanzada),
y aquí encontraban los nórdicos sol y playa y unos
precios que encima les hacían ahorrar viniendo aquí,
y también venían famosos, pero no famosos de ningún
programa barato de televisión sino mitos que todavía
son recordados por las anécdotas que protagonizaron,
como Frank Sinatra, Greta Garbo, Ava Gardner,
Anthony Quinn, que añadieron otros mundos a esa
parcela que era un mundo, añadieron un mundo de
glamour, pronunciado lentamente, glamuuuugggg, y
otro mundo fue agregado por otro tipo de turismo
más, el homosexual, y entonces una palabra que a
diez kilómetros (y en varios miles de kilómetros
cuadrados alrededor) era tabú, pronunciable sólo
como variante cursi de un insulto, homosexual, en
Torremolinos se escribía con mayúsculas. Y
Torremolinos era una playa laaaaarga, con unos
chiringuitos donde los marengos del lugar asaban
sardinas ensartadas en trozos de caña, y unos
hoteles en la misma playa, y discotecas para noches
más largas que la playa, y bares de cuidado encanto
como el que todavía podemos disfrutar en el hotel
Pez Espada (muy cerca del hotel La Barracuda, el
favorito de Thomas Bernhard), y bares de
homosexuales, muchos oscuros y sórdidos, en los
pasajes de una de las referencias arquitectónicas de
Torremolinos (y de la España de la época; también la
vanguardia arquitectónica se citó en Torremolinos),
en los pasajes de La Nogalera, construida por
Antonio Lamela (el arquitecto de Playamar, La
Meridiana y del también mítico hotel Tres Carabelas,
luego Meliá). No deberíamos olvidar al hablar de
arquitectura el Bazar Aladino (de Fernando Morilla,
1953, con su forma de barco) o el Colegio de
Huérfanos (de Alonso Martos, 1936), tan bien
recuperado por el Ayuntamiento para centro cultural.
Y es larga la introducción para entrar en
Torremolinos, pero es que Torremolinos no es un
pueblo costero más, Torremolinos fue una ventana, y
aunque muchas veces nos parezca que de aquella
ventana sólo le queda la oxidada carpintería de
aluminio, su lado más hortera, Torremolinos aún
conserva encanto y esa personalidad complicada de
mundos yuxtapuestos, mezclados, cuyos límites se
confunden. Y el nombre, Torremolinos, es una marca,
una palabra que hará decir a nuestros interlocutores
extranjeros aaah, ja (leído 'ya'), Torremolinos.
calle san miguel, el comienzo de la visita
Una visita a Torremolinos debe comenzar por la calle
San Miguel, una calle comercial larga y estrecha,
peatonal, que va desde la plaza de la Independencia
(no exactamente, pero allí hay una oficina de
turismo donde nos darán un plano que nos sitúe) y
llega hasta las escaleras que nos bajan a la playa
del Bajondillo. Poco nos impresionan ya las tiendas,
pero no son sólo los escaparates sino la mezcla, la
sensación de estar en tierra de nadie y al mismo
tiempo tierra de todos (en Torremolinos hay censadas
personas de más de cien nacionalidades), las
terrazas como escaparates al revés, terrazas que
convierten la calle en un escenario y a nosotros
como lo observado, bares con el menú en inglés, o
finlandés, algunos con camareros que sólo entienden
inglés (y llegaron hace dos años a Torremolinos) y
bares suecos y restaurantes japoneses e hindúes. Y
entre medio la gente, el turista de bajo coste sin
camiseta y con una cerveza en cada mano, la señora
sentada junto a una fuente con el pie metido en el
agua, la acaramelada pareja gay en la mesa de al
lado, los grupos de muchachos marroquíes, el
matrimonio con una elegancia que sólo habíamos
observado en revistas de moda, el hombre de pueblo
(porque Torremolinos es un pueblo, un pueblo grande,
pero un pueblo originado a partir de un pueblo
pequeño), y el macarra, el macarra de allí y el de
fuera (malencarado y con su oro a cuestas), y todos
vamos formando un río en el cauce de calle San
Miguel.
Arquitectura moderna y esculturas de gusto
peculiar
El primer cruce bajando por calle San Miguel nos
lleva a la izquierda a la nueva plaza de la Unión
Europea, con unos bancos rodeando enormes ficus y
una escultura que queda bien en Torremolinos, donde
todo es posible, como ese monumento al turista en
una rotonda cercana, menos mal que no se ve
demasiado. En esa plaza está el hotel Cervantes,
donde se rodó 'Torremolinos 73' (mejor película en
el Festival de Cine Español de Málaga 2003), y
desandando el camino hasta calle San Miguel, a la
derecha esta vez, La Nogalera (urbanización
inaugurada en 1963 por Fraga, entonces ministro), y
un poco más abajo Pueblo Blanco, un conjunto de
casas y placitas imitando un pueblo típico andaluz y
donde hay numerosos bares y terrazas. Siguiendo por
calle San Miguel hacia El Bajondillo encontraremos
La Bodega o el Guerola, bares de siempre con sus
tapas caseras.
El paseo marítimo y el pescado, lo mejor de
Torremolinos
Sigamos bajando, las escaleras terminarán y nos
veremos abajo, en el paseo marítimo, frente al mar.
La playa es larga y ancha, el mar es un espejo del
cielo azul y entendemos a los primeros turistas,
como ellos entenderán ante esta misma visión que no
conocemos el frío, la tristeza de los días que
terminan a las tres de la tarde, los cielos grises
un día y otro y otro. La playa del Bajondillo. El
mar. La Casa de los Navajas arriba, imitando La
Alhambra. Pasear para elegir el chiringuito donde un
camarero simpático o serio o pícaro nos ofrecerá
arroz y el pescado mejor frito del mundo y le
creeremos, o no, tal vez sigamos andando, llegaremos
hasta el hotel Meliá (allí, y también junto a las
escaleras que hemos bajado, hay un ascensor para el
regreso) y también allí empieza otra playa, otro
paseo marítimo que llega hasta el puerto de
Benalmádena, otro nombre mítico, La Carihuela,
antiguo barrio de pescadores, y seguiremos caminando
pero los platos de boquerones en las mesas que
dejamos atrás, los espetos de sardinas, la sospecha
de que la paella de ahí sí pueda ser gloriosa, harán
que dejemos la continuación del paseo para luego,
cuando visitemos el Conjunto Los Manantiales Molino
de Inca, un agradable jardín ideal para seguir ese
paseo -entre numerosas especies animales y
vegetales- donde observaremos recuperado uno de los
molinos de harina a los que le debe Torremolinos su
nombre (cerca del Palacio de Congresos y del
magnífico polideportivo) o busquemos otra terraza
para el café, ahora nosotros a este lado del vidrio
del escaparate, parte de Torremolinos. |
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