|Una visión global del siglo XX|                                                                                       >> volver     

De la cultura de élites a la de masas: una cultura de élites, el mpulso educativo republicano y el coste cultural de la guerra 

Al Instituto acudían los hijos de las clases medias y un pequeño sector de las trabajadoras (Fernández Paradas, Heredia, 1997). La enseñanza todavía se reservaba a los hombres mayoritariamente: en 1919 sólo dos mujeres estudiaban en el centro, y en 1928 la cifra se elevó a 19

fper1.gif (32523 bytes)
La República realizó una labor de extensión cultural mediante las Misiones Pedagógicas (Casarabonela, 1934).

Una cultura de élites

Desde la Escuela Normal infantil, Suceso Luengo, de formación krausista, impulsó las ideas igualitarias en la enseñanza femenina, y la situación de los maestros en general mejoró cuando el Estado asumió el pago de sus haberes. Como concluye Ortega Berenguer, la trayectoria de la enseñanza fue "ascendente en calidad y cantidad".

La intervención del Estado no llegó a modificar el control mayoritario de la enseñanza por la iniciativa privada, fundamentalmente religiosa, ni a permitir la democratización de su acceso, reservado a las clases altas y medias, ya que en 1911, las 52 escuelas públicas existentes aún no habían superado la cifra de las privadas en 1902. Al final del período, el número ascendía a 88. Por tanto, el peso de la escolarización recayó sobre los centros religiosos, que recibieron ayudas públicas, casi exclusivas en el período de la Dictadura de Primo de Rivera. La clase obrera sólamente pudo acceder a los bienes de la cultura gracias a la labor desarrollada en los Centros Instructivos Republicanos y en los de las organizaciones sindicales y políticas socialistas y anarquistas.

Los jóvenes de las clases acomodadas estudiaron en centros religiosos, seleccionados por razones de tipo ideológico y social. Fue el caso de Ortega y Gasset en los jesuitas, o el de Moreno Villa, que empezó en los Colegios de San Rafael y San Agustín, para luego hacer el bachillerato también en San Estanislao. Al terminar el bachillerato había que salir de Málaga para seguir los estudios universitarios, o asistir a centros especializados, como la Academia Malacitana que preparaba para los estudios jurídicos. Moreno Villa, hijo de vinateros, fue enviado a Alemania para estudiar química, opción que abandonó por las humanidades: en 1910 se fue a Madrid y en 1917 entró en la Residencia de Estudiantes de la mano de Jiménez Fraud (Vida en claro, 1944). Málaga tuvo un sólo Instituto de Segunda Enseñanza, hasta que en 1928 se creó el de Antequera. La matrícula descendió sensiblemente en el Instituto de Málaga durante el reinado de Alfonso XIII, al tiempo que crecían en las enseñanzas colegiadas y libres. Sólo al final de la Dictadura, con la aparición de la revista del centro, la agitación estudiantil pareció recobrar fuerza. En conjunto, sin embargo, la matrícula de secundaria creció ininterrumpidamente desde 1900 (734 alumnos) hasta 1930 (1099 alumnos).

Al Instituto acudían los hijos de las clases medias y un pequeño sector de las trabajadoras (Fernández Paradas, Heredia, 1997). La enseñanza todavía se reservaba a los hombres mayoritariamente: en 1919 sólo dos mujeres estudiaban en el centro, y en 1928 la cifra se elevó a 19. Las estudiantes tenían que recurrir a la enseñanza libre, o dedicarse al magisterio como casi exclusiva salida profesional, ya que los centros religiosos discrepaban de las ideas igualitarias en materia de enseñanza.

Otro conjunto de centros oficiales y privados daban respuesta a las necesidades de una provincia que diversificaba sus actividades económicas y culturales, destacando especialmente los estudios mercantiles, técnicos y de Bellas Artes. Durante la Dictadura se dio un especial impulso a estas enseñanzas con la Escuela Industrial de Málaga (1927) y el Estatuto de Formación Profesional (1928).

Desde el punto de vista informativo, Málaga presentaba una situación parangonable a las primeras provincias españolas. La prensa era el primer medio de comunicación, aunque en los años veinte comenzaran las primeras emisiones de radio (parece que la primera emisión fue una conferencia sobre las cofradías de Antonio Baena en la Estación EAJ 25-Radio Málaga), sin que ello afectara a su hegemonía. Juan Antonio García Galindo ha señalado cómo, desde la aparición de "La Unión Mercantil" en 1886, la provincia contó con un órgano de prensa cada vez más moderno, que a principios del siglo inicia el periodismo gráfico con "La Unión Ilustrada" (1909). La aparición del diario republicano "El Popular" confirió al panorama malagueño mayor diversidad al tratarse de un órgano de opinión. Las transformaciones técnicas mejoraron la capacidad informativa, y en 1920 se tiraban en total 60.000 ejemplares, de los que 28.000 correspondían a "La Unión Mercantil". Al final del período el panorama se empobrece con la desaparición de diarios -como "El Popular" y "El Regional" en 1921- que dejó un sistema informativo de sesgo conservador.

La cultura tradicional o popular manifestaba una gran riqueza en las prácticas religiosas -Semana Santa, romerías, fiestas patronales, etc-, los festejos de invierno, el carnaval, los toros o el flamenco, este último desarrollado en los ámbitos de sociabilidad popular de los cafés cantantes y tabernas. El teatro siguió siendo la actividad cultural por excelencia, como lo demuestran las seis salas de la ciudad, la apertura del Teatro Espinel en Ronda (1909), la estabilidad de las Compañías, y los numerosos autores e intérpretes dramáticos malagueños. La polémica "Electra" de Galdós llegó al Cervantes en 1901, después de que su estreno en Madrid provocase manifestaciones estudiantiles anticlericales en Málaga. Pero el nuevo arte del siglo -el cine- irrumpía con gran fuerza, ocupando incluso el espacio escénico, con las proyecciones en el Cervantes o el Teatro Lara. Durante el reinado, como ha escrito Maria Josefa Lara, proliferaron las aperturas de nuevos locales: Pascualini (1906), Moderno (1908), Victoria (1913), Goya (1923), España y Plus Ultra (1927), etc. anunciando así la incorporación de la ciudad a una cultura que pronto habría de ser masiva.

La cultura institucional descansaba en organismos como la Academia de Bellas Artes de San Telmo, relanzada desde 1910, la Sociedad de Ciencias, la Sociedad Económica de Amigos del País, el Museo de Bellas Artes creado en 1916, la Sociedad Filarmónica, etc. sin que se apreciase entonces participación alguna de las corporaciones locales y provinciales.

También se enriqueció el patrimonio histórico, con los descubrimientos del dolmen de Viera (1903), el Faro de Torrox (1909) y la supuesta Mainake por Schulten en Torre del Mar (1924). El Estado declaró monumentos los dólmenes de Menga y Viera y la Casa del Consulado en 1923, y un año después la Cueva de la Pileta.

Pese a todo, José Moreno Villa en sus memorias decía haber oído alguna vez a los turistas que "en Málaga hay poco que ver". Su respuesta era ambigua: Málaga necesitaba más de veinte años para aprender a mirarla, pero se refería al mar y a su influencia sobre la ciudad y sus gentes. Él mismo reconocía haber organizado, con otros jóvenes lectores y escritores aprendices, unas conferencias de Unamuno que fueron sonadas para los malagueños quienes en su opinión "vivían muy bien sin complicaciones espirituales y no tenían hechos los oídos más que a los discursos políticos en épocas de elecciones" (Vida en claro, 1944). Moreno Villa participaría en la creación de Gibralfaro (1909), revista que junto al Litoral de Prados y Altolaguirre (1926), refleja las inquietudes de una selecta minoría que conectaba así con las vanguardias literarias españolas y europeas.

El descanso dominical obligatorio, lentamente extendido desde su aprobación en 1904 y la extensión de la clase media preparó el desarrollo del deporte como actividad cultural de masas y no reservada en exclusiva, como ocurría en el siglo XIX, a la nobleza y la alta burguesía. Estas clases siguieron reservándose durante casi todo el siglo XX sin embargo determinados deportes, como el tenis, los deportes náuticos o el golf, cuyo primer campo empezó a construirse en 1929. Los deportes populares estaban presididos por el fútbol, cuyo primer partido en Málaga se disputaría delante del Hospital Noble en 1904. Un año antes había nacido el Málaga Football Club. A finales de la primera década del siglo aparecen entidades para el fomento deportivo, como el Club Velocipédico Malagueño y la Unión Malagueña de Sociedades Deportivas (1919), y en 1922 se inauguraba el campo de fútbol de los Baños del Carmen, que se convirtieron en uno de los centros más importantes de la vida social y deportiva de la ciudad.

fper1.gif (32523 bytes)
Herrera Oria impulsó la creación de escuelas rurales

El impulso educativo republicano

Educación y cultura fueron dos de los aspectos destacados de la obra política reformista republicana. Como ha señalado Emilio Ortega, la República puso las bases de la escolarización total, reformó la legislación educativa, impulsó la coeducación y la participación y mejoró la situación y la formación de los maestros y maestras. En 1937 la provincia disponía ya de 200 escuelas, lo que suponía triplicar su número en cinco años y poder atender mejor al medio rural.

La extensión cultural realizada por las "Misiones Pedagógicas" llevaba a los pueblos actividades de música, cine, coros, teatro y museos. Asimismo, se crearon nuevas bibliotecas y se dotó de nueva y céntrica sede -en la Alameda de Pablo Iglesias- a la Biblioteca Provincial, inaugurada por Ricardo de Orueta.

La supresión de la enseñanza religiosa -y de los crucifijos de las aulas- originó el paso de la mayoría de los alumnos de secundaria a la enseñanza libre. Los jesuitas, por ejemplo, fundaron la sociedad Sadel con este cometido. En el antiguo Colegio de El Palo se creó un Instituto Escuela y Residencia de señoritas, en tanto que en la Residencia de sacerdotes se implantó una Escuela Superior y Elemental de Trabajo. Además, durante esta etapa se construyó en Torremolinos un magnífico edificio para Colegio de Huérfanos de Ferroviarios, y se crearon dos nuevos institutos en Ronda y Vélez, aunque este último no llegó a ponerse en funcionamiento.

El régimen republicano promovió un nuevo interés por el patrimonio histórico artístico local. El mismo Ricardo de Orueta declaró monumentos histórico-artísticos un numeroso conjunto de inmuebles y restos arqueológicos de la provincia, entre los que se encontraban la Catedral, el castillo de Gibralfaro, la Alcazaba, la iglesia del Sagrario, el castillo de Alora, el dolmen del Romeral de Antequera, la iglesia mozárabe de Bobastro, y la Casa del Gigante, Iglesia Mayor, Baños Arabes y Acinipo en Ronda.

La prensa alcanzó durante la República su último período de esplendor, con importantes tiradas -como los 30.000 ejemplares de La Unión Mercantil- y una gran diversidad política entre los periódicos editados en la provincia, que iban desde el integrismo católico hasta el anarquismo, fruto de la intensa politización del momento. Los nuevos medios, como la radio, se afianzaban con el nacimiento en 1933 de la emisora EAJ.9.Radio Málaga, y demostrarían pronto su gran fuerza propagandística. El cine, que se encontraba también en franca expansión desde principios de siglo como medio de ocio, había incorporado el sonoro desde 1930 en el Petit Palais inaugurándose durante la República tres nuevas salas: Rialto, Echegaray y Málaga Cinema.

La imagen de conflictividad de la etapa republicana ha ocultado el normal discurrir de la vida ciudadana en materia de ocio y diversión, como en el siempre crítico e irreverente carnaval, o en los Festejos de Invierno, iniciados en 1933, con bailes de máscaras, fiestas infantiles, batalla de flores, excursiones culturales, concursos, deportes y festivales de aviación. Incluso las procesiones reaparecieron en 1935, después de que la Agrupación de Cofradías recogiese 52.000 firmas de ciudadanos en favor de la Semana Santa.

El deporte de masas se afianzaba y en 1936 llegaba a Málaga por vez primera una etapa de la Vuelta Ciclista a España. Ese mismo año, los clubs Málaga y Malagueño de fútbol se unían para crear el Club Deportivo Malacitano mientras los arquitectos Enrique Atencia y Guerrero Strachan iniciaban la construcción de La Rosaleda.

fper1.gif (32523 bytes)
Iglesia rupestre de Bobastro 

El coste cultural de la guerra

La guerra civil fue también una catástrofe cultural. El patrimonio histórico se vió nuevamente afectado y algunos intelectuales que habían participado en política -como José María Hinojosa- perdieron la vida, y otros sufrieron en las cárceles -como Bernabé Fernández Canivell o Manuel Laza Palacios-, en el exilio -como Pedro Armasa Briales-, o con la depuración política tras la toma de Málaga y el final de la guerra. 

Uno de los síntomas del nuevo clima cultural de la ciudad fue la no reapertura de los viejos diarios derechistas suprimidos durante la guerra en Málaga. En su lugar, el nuevo régimen editó los órganos oficiales Arriba y Boinas Rojas, después titulados SUR y La Tarde.


  

© Copyright Diario SUR Digital, S. L.

VOLVER  SUBIR

© Copyright Diario SUR Digital, S. L.