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Un siglo de luchas sociales. La sociedad durante el franquismo y la Transición

Los valores del catolicismo impregnaron fuertemente la sociedad de la época, aunque la diócesis en los años 40 necesitó de un proceso de "recristianización" impulsado por el obispo Santos Olivera ante la escasa práctica religiosa y las secuelas del laicismo republicano

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Calle San Miguel de Torremolinos en los cincuenta

La sociedad durante el franquismo

Al finalizar la Guerra Civil, la sociedad malagueña sufrió una auténtica restauración del orden social anterior a 1931. Los grupos privilegiados -empresarios, comerciantes y terratenientes, jerarquías eclesiásticas, jefes militares, cargos políticos e institucionales- ocuparon de nuevo su lugar en el vértice de la pirámide social. A ellos se fueron uniendo, en los años del estraperlo y el racionamiento, un abundante grupo de "listos, vivos, "enterados", estraperlistas y logreros", expertos en "los traspasos abusivos, la desviación de alimentos que debieran engrosar el reducido racionamiento" y en "trincar", por los medios que sea y por los procedimientos más fáciles y expeditivos", según escribía el historiador Francisco Bejarano.

La pobreza dio lugar a un incremento de la mendicidad infantil, y de una extendida prostitución en las calles de la capital. El mismo Bejarano, concluía que la consecuencia de la carestía, los controles y la corrupción eran "un trágico malestar y una situación general de angustia, que se traduce en la depauperación y aniquilamiento paulatino de las clases medias y jornaleras, mientras sobre su miseria transitan los "haigas" (coches de lujo).

La salud de los malagueños más humildes acabaría resintiéndose, y en los años 40 apareció una epidemia de tifus exantemático -provocada por el piojo del vestido- cuyos efectos trataron de ser ocultados por las autoridades sin éxito. Entre 1941-el peor año de la epidemia- y 1943, hubo 489 muertos.

Los valores del catolicismo impregnaron fuertemente la sociedad de la época, aunque la diócesis en los años 40 necesitó de un proceso de "recristianización" impulsado por el obispo Santos Olivera ante la escasa práctica religiosa y las secuelas del laicismo republicano. Las relaciones entre Iglesia y Estado fueron de mutua colaboración y apoyo, aunque no exentas de roces. Las costumbres sociales se impregnaron de la estrecha moral del catolicismo tridentino del momento. Se adoctrinaba a los fieles con publicaciones moralizantes, y se vigilaba la moral pública persiguiendo el desnudo con multas a los trajes de baño "atrevidos" obligando al uso del albornoz para los bañistas o advirtiendo que "los niños no deben llevar los muslos desnudos". El interés del régimen por la familia fue acompañado de una política de recompensas a las familias numerosas.

La llegada de Herrera Oria a la diócesis en 1947 supuso un mayor acercamiento de la Iglesia a las clases trabajadoras urbanas y rurales mediante la vía pastoral y educativa, y el fortalecimiento de la Institución en el plano material, intelectual y organizativo. Muy influyente en Madrid, Herrera protagonizó algunos pulsos sonados con el Gobierno Civil que reflejan las tensiones internas entre dos poderes que se necesitaban mutuamente. El obispo tuvo que ceder protagonismo ante el Estado en la construcción de viviendas sociales, y en los intentos de convencer a los propietarios antequeranos de asumir las ideas sociales de la Iglesia y resolver el problema jornalero.

El desarrollo de los 60, y especialmente el boom turístico de la costa, permitió la rápida modernización de la estructura social, con la terciarización de la población activa, la creciente urbanización y el crecimiento de las clases medias. Los efectos del fenómeno se dejaron sentir en el interior de la provincia, suministrador de mano de obra para la construcción y los servicios. La aparición simultánea de los primeros supermercados marca la incorporación de Málaga a los hábitos de la sociedad de consumo, y su principal símbolo -el automóvil- desplazó a los tranvías y alcanzó las 100.000 unidades en 1971. Esta década consolidará la tendencia consumista con nuevos almacenes (Woolworth) y las primeras grandes superficies comerciales de empresas multinacionales extranjeras.

El turismo, además, contribuyó a modernizar las costumbres y la mentalidad autóctona en el contacto con los visitantes extranjeros. Málaga, y su costa, se convirtieron en los años 60 en uno de los puntos de cita de la élite mundial del espectáculo, las finanzas o la política. Aunque en 1964 el gobernador multó a Frank Sinatra por un escándalo en el Pez Espada, la Costa del Sol se convirtió en un espacio social, cultural y económico diferente de la capital. En cualquier caso, si el régimen quería mantener la entrada masiva de divisas extranjeras por el turismo, no tenía más remedio que abrir la mano en la política de estricto control de la moralidad pública de las décadas anteriores. Por eso la costa fue en los años 60 y 70 una vía de escape para disfrutar de una mayor tolerancia en las costumbres, en las formas de vestir y divertirse, con las primeras fiestas hippies y discotecas.

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Campaña de Greenpeace contra la pesca de inmaduros en 1986

La sociedad durante la transición

La sociedad malagueña estaba en 1975 preparada para el cambio político a la democracia: se había convertido durante el franquismo en una sociedad moderna y secularizada. Y ello a pesar de las fuertes tensiones sociales de la transición fruto de la crisis económica y de la escalada del paro que ha sido, hasta este final de siglo, el problema más grave de la sociedad malagueña. La diferencia esencial con lo ocurrido en 1931-36 es el desarrollo desde el franquismo de una política social que cubre las necesidades básicas de la población, y que no ha hecho sino ampliarse durante la democracia hasta conseguir la práctica cobertura total a final de siglo. En la década de los 80 se recuperaría empleo, y aunque su colofón fue el éxito de la huelga general de 1988 convocada por UGT y CCOO contra el Plan de Empleo Juvenil, la extensión de la sociedad del bienestar ha asegurado un clima generalizado de estabilidad social durante la transición, sólo quebrado por los sucesos de 1977. La aparición de nuevos centros comerciales y de ocio, presididos por El Corte Inglés, advierten del asentamiento del consumo de masas. La práctica desaparición del campesinado ha sido atendida con los subsidios agrarios, y la limitada reforma agraria -23 campesinos asentados en Sierra de Yeguas en 1991- es una prueba de que el problema de la tierra ya no es una cuestión central de la historia malagueña.

La transición ha simplificado el espacio sindical en torno a las dos grandes centrales -CCOO y UGT-, que inicialmente disputaron por el liderazgo sindical y de movilización del movimiento obrero malagueño para confluir, ya en los años 80, en una estrategia de colaboración y unidad de acción. Igualmente, el nacimiento de las CCOO a fines de los 60 y la reconstrucción de UGT a principios de los 70 es inseparable de la influencia en ellas del PC y del PSOE, relación que fue debilitándose para ganar los sindicatos la práctica independencia que les caracteriza al final del siglo.

Por otra parte, la transición trajo consigo la reorganización patronal con la creación en 1977 de las Confederación de Empresarios malagueños y la Asociación de Empresarios Hoteleros de la Costa del Sol. Tras la llegada del PSOE al poder afloraría con fuerza también el sindicalismo estudiantil, que protagonizaría las grandes movilizaciones de 1985, reflejo de una nueva ruptura generacional de jóvenes que no habían conocido el franquismo y accedieron al voto con los socialistas en el poder.

Con la democracia no han hecho sino profundizarse los cambios sociales y mentales de los años 60. La secularización ha sido quizá uno de los más significativos, con una población mayoritariamente creyente pero no practicante, que asume una legislación liberal en materia de matrimonio, divorcio, homosexualidad, planificación familiar y aborto. Un reciente estudio de Juan del Pino y Eduardo Bericat afirma el arraigo del valor de la permisividad en la cultura andaluza de fines del siglo XX.

Con la transición se inicia también la irrupción en Málaga del feminismo como movimiento sociopolítico y cultural, impulsado por los partidos de izquierda y las instituciones, logrando incorporar a Málaga al gran cambio social del siglo XX: la igualdad progresiva entre los hombres y las mujeres en el acceso al mundo laboral, educativo, político, empresarial y sindical. Aunque desde el comienzo de la década de los 90, el número de mujeres estudiantes universitarias supera al de hombres, la generalización de la igualdad está lejos de alcanzarse ya que las mujeres malagueñas siguen presentando altas tasas de analfabetismo y desempleo, y baja cualificación laboral y profesional. La incorporación a los puestos de dirección es aún escasa, y ha tenido que ser promovida en el PSOE con el sistema de cuotas. En C.C.O.O. de Málaga ocupaban el 20% de la dirección provincial y el 18% de la representación sindical en toda Andalucía. El rechazo brutal por parte de algunos hombres a la libertad nueva de sus parejas se ha manifestado en la década de los 90 en un progresivo aumento de los casos de malos tratos conocidos.

La juventud malagueña ha ganado protagonismo social desde los años 70, con la mejora educativa impulsada por la generalización de la enseñanza, y muestra su vitalidad en la participación en el movimiento asociativo, canalizado actualmente más hacia las Organizaciones No Gubernamentales (ONG), culturales o deportivas que hacia las organizaciones políticas, a diferencia de lo ocurrido durante la transición. También ha evolucionado la ideología, impregnada fuertemente por el marxismo en los 70, y ahora más inclinada hacia el ecologismo, pacifismo y antimilitarismo. La objeción de conciencia ha sido otra de las conquistas de la transición para la juventud española.

El ocio juvenil ha evolucionado también hacia la masiva ocupación nocturna de los espacios del centro histórico de la ciudad, generando un difícil reto a las autoridades municipales y problemas de convivencia ciudadana.

La política social ha convertido en universal la satisfacción de las necesidades en materia de vivienda, educación, sanidad, vejez, etc. Los avances de la medicina han sido espectaculares, y los centros sanitarios malagueños han ido incorporando las técnicas más avanzadas, por ejemplo en la reproducción in vitro (1989) o en los trasplantes de órganos. Las nuevas enfermedades, como el SIDA, que provocó 200 muertes y 3.000 portadores en 1984, pusieron a prueba la solidaridad de los malagueños en el caso de una niña portadora rechazada en el colegio y defendida por las autoridades educativas hasta su escolarización normal.

Otro fenómeno social del fin de siglo, la inmigración del Tercer Mundo, empieza a generar en Málaga los problemas ya planteados en otros países europeos en torno a la integración social y laboral de los inmigrantes. En 1996 se produjo un fuerte escándalo al sacarse del país a un grupo de inmigrantes africanos sedados con haloperidol, y en 1998, veinte años después de los encierros antifranquistas en las iglesias, fueron los inmigrantes quienes se encerraron en la catedral.

El talante solidario de los malagueños ha quedado palpable en caso de guerras, exilios y catástrofes, destacando entre ellas la campaña por Ruanda en 1994 que recaudó la cifra récord de 140.000.000 de pesetas, o la acampada por el 0,7 en la Plaza de la Marina.

Pero la persistencia del desempleo en estos años (14,02% en 1999, tercer lugar de Andalucía), o la de bolsas de pobreza (25% de las familias), además de los desequilibrios de su economía, matizan el progreso de la provincia desde los años 70. Además, y especialmente en el ámbito de la costa occidental, la delincuencia internacional ha practicado operaciones importantes de blanqueo de dinero y tráfico de drogas, si bien las fuerzas de seguridad han llevado a cabo importantes operaciones, algunas espectaculares, como la desarticulación en 1990 de las más importante red de tráfico de heroína de Europa, o el descubrimiento de 1.675 kg. de cocaína en 1997, el mayor alijo de la historia de la provincia.

Por otra parte, desde el inicio de la transición, la protesta social ha discurrido por cauces pacíficos y reivindicativos. No puede decirse lo mismo de las repercusiones del problema vasco en Málaga, con los atentados numerosos al turismo de la costa y, más recientemente, los atentados contra políticos del PP de la provincia que han motivado la respuesta ciudadana de repulsa en las calles.

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