Picasso y los escritores

Marilyn McCully

SUR Digital
Es probable que se hayan escrito más palabras sobre este hombre y su arte que sobre cualquier otro artista de la Historia del arte. Los escritores también se han aprovechado del estrellato del artista malagueño.


Picasso y Rafael Alberti
El
poeta gaditano fue el primero de los amigos escritores de Picasso que había escuchado la poesía del mismo artista, escrita justo antes del comienzo de la guerra civil, y éste fue el último en compartir la tertulia de Picasso

La gran cantidad de obras ejecutadas por Pablo Picasso, desde sus primeras exposiciones en España hasta el final de sus ochenta años como artista, la mayor parte de los cuales pasó en Francia, siempre llamó la atención de escritores y críticos en todo el mundo. La ‘literatura picassiana’ es un género de amplias dimensiones: Es probable que se hayan escrito más palabras sobre este hombre y su arte que sobre cualquier otro artista en la historia del arte, y tanto su celebridad internacional como su abrumador éxito comercial se debió al hecho de que cada etapa de su desarrollo artístico fue materia de evaluación crítica a lo largo de su propia vida. Las publicaciones y exposiciones acerca de su vida y su arte siguen siendo objeto de gran interés, y hoy en día su obra se vende a precios más altos que la de cualquier otro artista del siglo XX. Los escritores también se han beneficiado de su estrellato por el uso de su nombre, tanto en términos favorables como al contrario, llamando la atención sobre sus propias preocupaciones y motivos por el simple hecho de escribir sobre el artista malagueño.

Es preciso recordar que Picasso disfrutó de la compañía de los escritores por encima de los demás. Fue imprescindible la estimulación que ellos proporcionaron a un hombre poco dado a la lectura, pero cuya curiosidad sobre la vida, la literatura y el arte no conocía límites. Estas amistades, a veces, llegaron a convertirse en colaboraciones literarias: hasta antes del año 1914, fecha en la que cualquier escritor joven era ya perfectamente consciente de la mayor aceptación y valor de su obra por el mero hecho de incluir un dibujo de Picasso en la misma. Pero Picasso también tenía sus detractores. Todos sus conocidos habían hecho referencia a su personalidad magnética y la altísima categoría de su arte, y en muchos casos los críticos y los escritores llegaron a ser admiradores incondicionales. Sin embargo, algunos escritores, la mayoría guiados por su envidia de la fama de Picasso y de su energía creativa, o por la falta de comprensión del cubismo y su aparente abandono de los métodos normales, criticaron al artista de forma virulenta y constante. Puede que la literatura que más se acerca al verdadero Picasso fuese escrita por sus amigos más íntimos, sobre todo los poetas, con quienes el artista malagueño tuvo una relación de confianza mutua.

El primero de los artículos largos dedicados al joven pintor apareció en la revista barcelonesa ‘Pèl & Ploma ‘ ( junio 1901), escrito por Miquel Utrillo, uno de los ‘Quatre Gats’, originales y fundador de aquella taberna de artistas del mismo nombre. Utrillo, un defensor del Modernisme inspirado en Montmartre, veía en el joven andaluz un ‘catalán adoptivo’ y modernista par excellence:
«En el centro artístico de la Modernidad, que se está condensando en Barcelona, han brotado ya algunos talentos de porvenir entre los jóvenes forasteros que las corrientes de la vida han traído hasta nosotros. Pablo R. Picasso, cuyas condiciones de pintor nadie negará, así queremos creerlo, habría hecho vibrar el estallido de una obra bien diferente si no se hubiera movido de aquella Málaga que el sol abrasa. Trasplantado a Barcelona, se encontró en un medio más propicio a sus facultades».

Utrillo afirmó que la mayor cantera para el artista emergente fue Barcelona, pero Picasso mismo fue consciente de que su futuro como pintor estaba en París. Para establecer su nombre y reputación en la capital francesa, en el mes de junio, 1901, expuso en la galería del conocido marchante Ambroise Vollard, quien había ayudado y se había beneficiado de pintores como Cézanne y Gauguin. Le exposición fue montada de forma rápida, compuesta mayormente por óleos, muchos de ellos pintados en cartón, y resultó ser un acontecimiento trascendente. Félicien Fagus escribió en ‘La Revue Blanche’ (julio 15, 1901):
Uno descubre fácilmente, más allá de los grandes antepasados, numerosas influencias probables: Delacroix, Manet, Monet, Van Gogh, Pissarro, Toulouse-Lautrec, Degas, Forain, Rops posiblemente… Todas ellas influencias pasajeras, tan pronto huidas como captadas: se ve que su fuerza interior no le ha dejado aún tiempo para forjarse un estilo personal; su personalidad radica en esta fuerza interior, en esta juvenilmente impetuosa espontaneidad…
Se nota en la reseña de Fagus que el escritor hizo referencia a la reputación de Picasso –siendo aún muy joven– como artista prolífico y de memoria visual bien desarrollada, faceta que a menudo se convirtió en el punto de partida para sus críticos, que atacaban su originalidad, especialmente en cuanto a la supuesta influencia del malagueño sobre otros artistas, su falta de técnica específica y la rapidez de su producción artística

Bohemios jóvenes en París
Durante toda su vida, el artista solía recordar con cariño ciertos amigos escritores del principio de su carrera, cuando todos eran bohemios jóvenes en París. Picasso y el poeta Max Jacob se reunían en la exposición montada por Vollard, al que Jacob acudió como crítico de arte:«"J’y fus si émerveillé par le lyrisme, la virulence, l’éclat des couleurs que je laissai un mot enthousiaste sur une table». Unos días después, el poeta recibió una invitación a visitar el artista en su estudio en place du Clichy. A pesar de los problemas lingüísticos, los dos se cayeron bien: «Picasso fit mon portrait au milieu des livres, des papiers. Je lui lus la nuit entière, non pas des articles de critique d’art, certes, mais les poèmes que je m’amusais à griffonner depuis mon enfance». Desde aquel momento, y durante toda su vida, Jacob llegó a ser uno de los admiradores más fieles de Picasso, mientras que el artista devolvió el favor por ser el padrino del poeta cuando éste se convirtió en católico. Eran muchas las colaboraciones literarias entre los dos amigos, incluyendo ‘Saint Matorel’ (1910), con grabados cubistas realizados por Picasso en Cadaqués, y ‘Le Siège de Jérusalem’ (1913). Jacob también fue el modelo de uno de los primeros retratos ‘Ingresque’ del año 1915, un dibujo regalado posteriormente a Dora Maar. Los dos amigos mantuvieron su amistad durante muchos años, pero con la detención e internamiento de Max Jacob en Drancy, donde murió en 1944, corrían los rumores de que Picasso no ayudó a su amigo, ni siquiera acudió a su funeral. Investigadores de hoy en día han probado la falsedad de estas acusaciones. En 1956, Picasso homenajeó a Max con la contribución de litografías y grabados en una espléndida edición de las memorias de Jacob durante el período que pasaron juntos en Montmartre. ‘Chronique des temps héroiques,’ como todas sus colaboraciones literarias, es ahora una verdadera pieza de colección. El otro gran amigo y figura literaria de la época picassiana fue el poeta, crítico y bibliófilo Guillaume Apollinaire. Los poemas de su primera época sobre los saltimbanques subrayaron la afinidad entre sus metáforas literarias y los cuadros y grabados realizados por Picasso sobre el año 1905.

«Ayant la forêt pour décor
Sur l’herbe où le jour s’exténue
L’arlequine s’est mise nue
Et dans l’étang mire son corps.

Sur les tréteaux, l’arlequin blême
Salue d’abord les spectateurs:
Des sorciers venus de Bohême
Avec des fées, des enchanteurs»

Estos dos cuartetos de una versión temprana del poema, finalmente publicados como ‘Crépuscule’ (Apollinaire envió esta versión a Picasso el día cinco de noviembre, 1905) reflejaban las preocupaciones visuales del pintor –observando una mujer desnuda mirando a su propio reflejo en un estanque– y el mundo marginal de la alambrista. Imágenes similares fueron evocadas por el artista durante su famosa época rosa, el más famoso siendo el gran cuadro que terminó aquel otoño: ‘Famille des Saltimbanques’ (National Gallery of Art, Washington.)
Apollinaire fue también crítico de arte, y en su ahora famoso libreto ‘Les Peintres cubistes’ (1913), afirmó que, en el cubismo de Picasso, el pintor había conseguido ni más ni menos que «la gran revolución de las artes… casi sin ayuda de los demás, [y que él] iba a hacer del mundo su nueva representación del mismo». En la misma publicación, Apollinaire incluyó varios de sus propios calligrammes – poemas que, por su composición tipográfica – funcionaron como collages cubistas.


El café Le Lapin Agile
Un lugar mítico de Montmartre, que frecuentaban Picasso y sus amigos artistas y escritores

Las aventuras de dos amigos
Pablo Canouris (un pintor hispano/albanés con los ojos de un pájaro y las manos de color azul celeste), el personaje central en la obra de Apollinaire titulada ‘La Femme assise’, también resultó ser una representación de Picasso. La novela, escrita en períodos distintos (y no publicada hasta después de la muerte de Apollinaire en el año 1920), estaba basada en gran parte en las célebres aventuras de los dos amigos. La pintora Irène Lagut, fiel colaboradora de Apollinaire en proporcionar detalles específicos de su vida y de sus aventuras amorosas para el libro, dio vida imaginaria a la protagonista, Elvire. El eje de la historia es el rapto de Elvire por el artista, y sabemos que el cómplice de Picasso, cuando cogió a Irène en su trampa y la encarceló, fue Apollinaire. La verdadera historia tuvo un final bien distinto: cuando Picasso había seducido a Irène, se enamoró de ella y aparentemente, ella aceptó su oferta de matrimonio. En la víspera de su marcha hacía Roma –se suponía que iban a viajar juntos como novios– Irène volvió con su antiguo novio, Serge Férat, que también apareció como uno de los amantes de Elvire en ‘La Femme assise’..
Picasso se conmovió muchísimo con la muerte temprana de Apollinaire en el año 1918; nunca olvidó los lazos de amistad que compartieron en su juventud. Incluso en la década de los cuarenta, Françoise Gilot recordó haber visto las cartas del poeta en el caos de los objetos más valiosos del taller parisino de Picasso. El biógrafo Pierre Daix se acordó también de una ocasión en 1966, cuando Picasso habló con él de unos cuadros y dibujos eróticos del comienzo de su carrera, y le dijo que la conversación le recordó otra –picante y divertida– que mantuvo con Apollinaire en aquéllos tiempos.

Una de las primeras mecenas de Picasso en París fue la escritora norteamericana Gertrude Stein, cuya obra literaria referente al artista contiene una mezcla de percepción, observación perspicaz y su propia invención. Por ejemplo, en su ‘retrato’ literario de Picasso, escrito durante la fase inicial del cubismo del artista (1909), experimentó con repeticiones basadas en los múltiples puntos de vista de los objetos dentro del genero cubista: «Algo procedió de él, claro que procedió de él, claro que procedió de él y tenía significado, un significado simpático, un significado sólido, un significado transparente». Mas tarde, en su libro ‘Picasso’ (1938), afirmó con bastante licencia dramática que «La pintura del siglo XIX perteneció a los franceses, en Francia, y no existió en otras partes, dado que fueron los españoles los responsables de la pintura del siglo XX en Francia».
En la ‘Autobiography of Alice B. Toklas’ (1933), de Stein, hay muchas referencias a los altos y bajos de la amistad que no sólamente mantuvieron ella y su amiga con Picasso, sino que mantuvieron con las mujeres de su vida también, incluyendo Fernande Olivier, Eva Gouel, Irène Lagut (que merece una mención sin importancia) y Olga, la primera esposa de Picasso. Pero una de las historias más memorables del libro está relacionada con el retrato de Stein, que pintó el artista en el año 1906 (Metropolitan Museum of Art, Nueva York.) Ella recordó que tuvo que posar unas noventa veces en su taller en Montmartre durante aquella primavera, y entonces «De repente, un día, Picasso pintó en blanco por encima de la cabeza retratada»- Cuando volvió de España al final del verano, pintó otra cabeza en su ausencia. Alice Toklas dijo: «Susurré al oído de Picasso que me gustó su retrato de Gertrude Stein. Sí, me contestó, todo el mundo dice que no se parece en nada, pero no me importa. Se parecerá». Y por supuesto, así fue, y la recordamos de esta manera.

El poeta que más persiguió a Picasso, desde los años de la Primera Guerra Mundial hasta mediados de la década de los veinte (y otra vez en los años cincuenta), fue Jean Cocteau. En efecto, en el último momento, él y Picasso supuestamente informaron a Gertrude Stein de que Cocteau substituyó a Irène Lagut en el ‘viaje de novios’ de Picasso a Italia en el año 1917. En realidad, se fueron juntos para trabajar en la producción ‘Parade’ de la compañía Ballets Russes, de la cual el poeta quería atribuirse todo el mérito; Picasso pensó que la creación era obra de él mismo y del compositor Eric Satie. Con muchas ganas de formar parte del círculo inmediato del artista (fue también amigo íntimo de Max Jacob y Irène Lagut), Cocteau escribió acerca del artista en algunas ocasiones. En su ‘Oda a Picasso’ (1917), experimentó con las mismas estructuras tipográficas usadas por otros escritores de la época, incluyendo Apollinaire, y se enfocó a la misteriosa y larga obra maestra de Picasso, conocida como ‘Hombre Sentado’ (colección Agnelli, Turin. El título del libro de Cocteau, ‘Le Rappel à l’ordre’ (1926), en el que fue reimpreso su primer ensayo largo sobre Picasso (1923), llegó posteriormente a ser asociado con el cambio hacía una forma más clásica en la obra de Picasso. De hecho, el poeta afirmó que él fue el responsable de haber distanciado al pintor de la ‘dictadura’ de los cubistas de Montmartre y Montparnasse. Sea cual sea la verdad, Cocteau fue incapaz de mantenerse al ritmo habitual del desarrollo cubista posterior del artista, y además había un grupo de escritores surrealistas más jóvenes ya llamando la atención del artista en los años veinte y treinta. Hay que decir que Picasso disfrutó bastante de la compañía de Cocteau, y solía invitarle a sus tertulias, pero en el año 1926 la prensa informó de cómo pensaba Picasso del talento del poeta: «Cocteau, c’est une machine à penser. Ses dessins sont fort gracieux, sa literature très journalistique. Si on faisait des journaux pour intellectuals, Cocteau servirait chaque jour un nouveau plat, une élégante pirouette. S’il pouvait vendre son talent, nous pourrions aller toute la vie à la pharmacie acheter un cachet de Cocteau sans arriver à épuiser son talent». El poeta quedó pasmado por estos comentarios, y se negó a creer que fueran las palabras de Picasso, más bien las de Picabia, según Cocteau.

El surrealismo y los escritores
Picasso solía decir que lo que le interesaba más del surrealismo eran los escritores. En los años veinte, André Breton intentó relacionarse –o por lo menos con su nombre– con el artista, para incorporarle en su nuevo movimiento artístico. Tenía algo de éxito, en la medida en que Picasso le dejaba reproducir sus cuadros y collages en la revista ‘La Revolution surréaliste’. Pero los escritores surrealistas más cercanos al artista eran Michel Leiris y Paul Eluard. En el caso de Leiris (también un antropólogo), compartieron pasión por la tauromaquia, y muchas veces, el escritor interpretó el arte de Picasso en relación con su hispanidad. Como dijo Marie-Laure Bernadac: « [Leiris] compare le cri de Guernica à celui du cante hondo, le travail du peintre à celui du torero et l’art de Picasso à la course de taureaux…». Al final de los años veinte y el principio de los años treinta, Leiris sería el responsable del conocimiento de Picasso de las obras de otro surrealista disidente, Georges Bataille. Él y Leiris reconocieron en el minotauro de Picasso un resumen en la forma en que la mitología y el rito habían emergido en el arte surrealista.

En los años treinta el escritor surrealista Paul Eluard y su mujer Nusch llegaron a ser miembros íntimos del círculo de Picasso (la admiración de Eluard por el artista fue tanta que se dice que le ofreció a su esposa, por lo menos, en una ocasión.) Picasso retrató a los dos –Eluard en travesti como un Arlesienne con un gato en brazos– y el poeta rindió homenaje al artista en varias ocasiones. En un artículo «Je parle de ce qui est bien» (1935), le comparó con Pygmalion y subrayó lo que él consideraba el factor unificador en el arte de Picasso: «Picasso busca la verdad. No aquella verdad que siempre dejará a Galatea inerte y sin vida, pero una verdad global que reúne la imaginación con la naturaleza, que considera todo real, que se mueve constantemente desde el detalle a la universalidad y lo contrario, y que se adapta a todas las variedades de la existencia y del cambio, con el único requisito de que sean novedosos y fructuosos». El libro de Eluard, titulada ‘Un Pablo Picasso’ (1947) incluye un ensayo sobre el artista y su obra, además de una selección de poemas. En uno de ellos – dedicado a Picasso– escribió Eluard:

«Toi tu as ouvert des yeux qui vont leur voie
Parmi les choses naturelles à tous les ages
Tu as fait la moisson des choses naturelles
Et tu sèmes pour tous les temps»

Entre los escritores que frecuentaban la ‘Última Tertulia’ de Picasso, como calificó de manera apropiada Roberto Otero su última exposición (Valencia, 2002), son dos hombres cuyos nombres están estrechamente vinculados con Picasso en sus propias carreras como escritores. El poeta catalán Josep Palau i Fabre, que conoció a Picasso en Francia después de la Guerra Civil, ha escrito varios libros importantes sobre el pintor y su obra, entre ellos tres volúmenes profusamente ilustrados, cubriendo el período 1881-1926 (anticipamos otro), además de poemas y obras de teatro dedicados a su amigo. Uno de mis favoritos es ‘Homentage a Picasso’ (representado por primera vez en 1971), que incluye varios episodios referente al arte y la vida de Picasso: la época azul, ‘Els Quatre Gats’, ‘Les Demoiselles d’Avignon. En una escena representando el taller del pintor, conseguimos ver el método de trabajo del artista, y lo que a él realmente importa. Cuando termina el cuadro, la modelo dice: «M’agrada com tot el que tu fas, encara que no ho entenc ben bé. Abraç’m….No, així no. Abraça’m fort, com tu saps fer-ho. Estàs més pel quadre que per mi». El pintor contesta: «Però si encara no te l’has mirat». La modelo responde: «I tú a mi tampoc».

Rafael Alberti fue el primero de los amigos escritores de Picasso que había escuchado la poesía del mismo artista, escrita justo antes del comienzo de la Guerra Civil, y éste fue el último en compartir la tertulia de Picasso. La amistad no se reanudó totalmente hasta que Alberti volvió de su exilio en Argentina e Italia en los años sesenta, coincidiendo con la última década de vida de Picasso, cuando el artista trabajaba con furia en sus cuadros, grabados y cerámicas. Alberti escribió numerosos poemas acerca de Picasso, algunos de los cuales resuenan de los sentimientos de los exiliados republicanos andaluces. Su emotivo ‘Mujer llorando’ no sólamente se inspira en las imágenes tradicionales de la Virgen, realizadas en madera y a veces incrustados de joyas de verdad, sino también en los cuadros y grabados de la ‘Mujer Llorando’, ejecutado por Picasso en 1937:

‘Se puede llorar piedras.
Lágrimas como gotas de piedra.
Dientes que caen de los ojos
Igual que si los ojos llorasen
Dentaduras de piedra.
Nunca el dolor lloró tan gran dolor
Lanzando goterones de piedra,
Dientes y muelas de dolor de piedra’.


Alberti también escribió sobre el legado del artista después de la muerte de Picasso en 1973, aquí en un poema titulado ‘Un día’, resumiendo en las palabras del escritor el fenómeno que fue Picasso durante su larga vida:

«Un día,
cuando después de cientos de miles de años,
si es que al hombre aún le exalta el pasado remoto,
se dirá al hallar tantos residuos de cerámicas,
ojos alucinados, búhos, caballos, toros
senos, palomas, arabescos raros:
Una vez en la tierra existió una edad maravillosa
A la que llamaremos picassiana».

Marilyn McCully

Historiadora
Doctora en Historia del Arte por la Universidad de Yale. Imparte clases de Historia del Arte en la Universidad de Princetown. Ha colaborando en la organización de varias exposiciones internacionales importantes. Colabora con John Richardson en su biografía en cuatro volumenes, ‘A Life of Picasso’. Ha publicado varios artículos y ensayos sobre Picasso, arte y arquitectura españoles, y sobre arte contemporáneo en revistas y catálogos en Inglaterra, Estados Unicos, Alemania, Suiza, España y Australia. Autora de ‘A Picasso Anthology: Documents, Criticism, Reminiscences’ (London, 1981; Princeton, 1982) y ‘Picasso: A Private Collection’ (London, 1993)’; y editó el catálogo del National Gallery of Art ‘Picasso The Early Years, 1892-1906’ (Washington,
1997).


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