MANUEL ALCÁNTARA Y LOS AUTÓGRAFOS (LINA QUESADA)
Pues sí. Resulta que mirando el coleccionable que distribuye SUR entre sus lectores y en el fascículo dedicado a D. Manuel Alcántara, me fijé en una foto de dicha publicación. El poeta aparecía delante de su biblioteca, yo siempre me fijo en las bibliotecas que aparecen con sus dueños, dicen mucho de ellos, y escudriño, si es que la vista me lo permite, los lomos de los libros allí colocados. Me llamó la atención el de uno en espacial: “Mi lucha por la montaña” de Pérez de Tudela y esto me hizo recordar el artículo publicado en SUR el 4 de Diciembre de 1998 titulado “Raúl y los montañeros”. En él venía a decir el gran Alcántara que el gol que marcó Raúl, movió los cimientos del deporte del balompié, erigiéndose como un dios deportivo sin rival alguno. Para seguir, recordando la actividad de unos alpinistas (homenajeando a los que escalan en Los Alpes, andinistas los que lo hacen en los Andes y yo añado por mi cuenta penibetistas los que escalamos montañas de la Penibética) que habían sido rescatados por la Guardia Civil en diversas parte de los Picos de Europa y que estos no firmarían autógrafos una vez conseguidos sus difíciles objetivos, a lo más que podría aspirar es a firmar su propia sentencia de muerte. Nada más cierto Don Manuel, eso es así.
El otro día nos dio una conferencia nuestra paisana sevillana Lina Quesada, andaluza, miembro del selecto grupo de cinco mujeres españolas que han conseguido tres o más montañas de 8000 metros y entre ellas el Everest. Allí entre otras maravillosas cosas que nos contó, se lamentó a su vez de la poca ayuda económica que le llega para financiar sus expediciones, de lo duro que es esto que ella ha escogido más o menos libremente (nunca se llega a saber qué motivos o sentimientos nos llevan a escoger este difícil y poco valorado ansia de subir montañas para luego bajarlas; como le contesté a uno una vez que me preguntó con su “mijita” de guasa, que qué hacíamos después de llegar a una cumbre) que le ha llenado de más momentos malos y tristes que de buenos, pero que estos superan en intensidad y felicidad a los primeros. Qué ha visto de todo, hasta a compañeros firmando su sentencia de muerte, entregando la cuchara y quedarse allí, para siempre, en las entrañas de una gigantesca montaña. Y la inmensa alegría de tornar de nuevo al valle, entera, contenta, pero a sabiendas de que un poquito de ella se ha quedado allá arriba y que así debe de ser.
Y terminó, y nos dejó con la boca abierta y con ganas de escuchar y saber más. Pero como todo en este mundo: se acabó, y ella, Lina, se marchó sin firmar autógrafos.


