MÁLAGA, REALIDAD Y MITO: LA ERMITA DE ZAMARRILLA
JOSÉ BECERRA
Transcurría la procelosa época de la Reconquista. Años después de que el regente Don Fernando lanzase el grito que enardeciera a sus infantes “¡ Que nos salga en sol en Antequera y que sea lo que Dios quiera!” y que la ciudad cayera en manos de la Cristiandad, un valeroso capitán castellano, Hurtado de Mendoza, mordería el polvo de la derrota en los aledaños de Málaga. Fue después del llamado “desastre de la Axarquía” (1483), cuando el ejército cristiano sufrió aplastante derrota a manos de El Zagal, gobernador de Málaga. El capitán Hurtado de Mendoza, adalid de las tropas cristianas caería también con su ejército a los pies de la torre de Zamarrillas, cuando a la ciudad la regía Hamet el Zegri, del linaje nobiliario del reino de Granada gobernada por los Nazaríes. Hubo, sin embargo, una segunda intentona y en ella, esta vez sí, el aguerrido capitán logró abatir el torreón de la avanzadilla de la medina.
Independientemente del hecho bélico, que recogen los cronicones de la ciudad con pelos y señales, cabría destacar la circunstancia que llevó al capitán cristiano a establecer sus tiendas de sitio al moro en un lugar que, en el entonces camino de Antequera, reverdecía por su abundancia: la zamarrilla. Es esta una planta labiada aromática de flores blancas o encarnadas, toda ella, incluso las flores, velluda, que en botánica entronca en la familia del aromático poleo que el ámbito rural se usaba y se sigue usando para, bien calentito, menguar los catarros recalcitrantes. La zamarrilla por su belleza, exultante en su época, debió llamar poderosamente la atención del capitán.
¿Pero quién fue este Hurtado de Mendoza? Desde luego su ascendencia es nobiliaria ya que se vincula con la alcurnia de los Mendoza, descendiente de los reyes de Navarra y con ello del Cid Campeador. El ilustre apellido se consolida con la Reconquista y las posesiones que obtuvieron en el norte de España y Andalucía. Presumible es que el personaje que nos ocupa fuese don Diego Hurtado de Mendoza, literato, político y guerrero y que en Andalucía llegó a distinguirse contra la rebelión de las Alpujarras de Aben Humeya.
El personaje, de cualquier forma, no era malagueño; pero fue en la reconquista de Málaga en donde adquirió notoriedad. Más que Hurtado de Mendoza en sí, con ser artífice de la victoria y de que en la Alcazaba ondeara la cruz y no la media luna, lo que tomó carácter de legendario fue el lugar en el que se dirimió la batalla. Sobre las inocentes zamarrillas los cuerpos cercenados por los alfanjes o las espadas de los combatientes de uno y otro banco. Sobre el blanco impoluto de las plantas el rojo intenso de la sangre. El camino de Antequera sumido en el ensordecedor fragor del combate por la conquista o defensa del torreón bandera Estertores agónicos, ayes de dolor, suplicas, batir del acero... El enfrentamiento más encarnizado en un lugar que hasta entonces había sido lugar de recreo y complacencia de los que no eran ajenos las humildes zamarrillas.
En el emplazamiento del Hurtado de Mendoza de las crónicas, los que habitualmente, en años posteriores transitaban por el camino de Antequera, cuenta la leyenda que en noches oscuras y tormentosas para unos y para otros luminosas y plenilunio, les llegaba el estruendo de la pelea, siempre lejano como impulsado de un soplo de brisa. Y dominándolo, los gemidos de los heridos, las invocaciones a sus respectivas divinidades, la petición de auxilio de los moribundos. Por esta razón, y entendiendo que había que interceder por sus almas errantes, se levantó en este lugar concreto de la antigua medina, una cruz primero, y luego una ermita.
Para recordar el episodio guerrero y la posterior aprensión de la ciudadanía y vencer su temor, no se sabe en qué medida producto de la imaginación, cruz y ermita persistieron venciendo el paso de centurias y el transcurso de acontecimientos más diversos.

