TURKY:
LA SEGUNDA OPORTUNIDAD
I
Una de dos, o soy un maldito perro, o me llamo maldito perro, porque no hago más que oír esas palabras de los humanos. Me tienen loco, y no los comprendo.
Creo tener catorce meses, soy macho y de raza “perro de aguas español”, que, la verdad, no entiendo qué significa eso, pero parece que los humanos le dan mucha importancia. Hay muchas cosas que no concibo de ellos. Sobre todo, sus cambios de humor. Tan pronto están contentos conmigo, como de inmediato están descontentos y me gritan, dándome a continuación un golpe con lo primero que pillan. Me tienen muy asustado, ya que no se cómo comportarme. Lo que hago con frecuencia es separarme de ellos todo lo que puedo e intentar pasar desapercibido, pero no siempre lo consigo.
Hoy me he despertado más temprano de lo normal. Anoche salí al campo para no encontrarme con el humano mayor, me quedé dormido debajo de un árbol. Hacía frío, pero el miedo superó la necesidad de cobijarme. El gallo de la granja entonó su canto matutino y me sobresaltó. No ha tenido otro sitio donde ponerse a cantar que al lado de mi oreja. No sé por dónde se escapa, pero por las mañanas, siempre está fuera del recinto que los humanos tienen para él y las gallinas.
Con mucha cautela, me dirijo hacia la zona donde suelen poner mi comida y el agua. La noche a la intemperie me ha abierto el apetito y, además, tengo sed. Aunque, pensándolo mejor, lo primero que voy a hacer es aliviar la vejiga. Voy a olisquear ese pequeño seto, pues creo haberlo marcado antes. Efectivamente, no hará ni un día que meé aquí, así que volveré a hacerlo como recordatorio.
Una vez hechas mis necesidades, pues nada más mear, me han entrado ganas de cagar, me dirijo hacia la parte trasera de la casa a comer algo. ¡Vaya, otra vez se han olvidado de mi! No me han dejado el cuenco con comida. ¿Y, ahora, qué hago? Tengo mucha hambre. Iré donde están los otros animales, por si puedo encontrar algo. No me lo pienso y me dirijo corriendo hacia la empalizada donde se encuentran las gallinas, ya que a ellas siempre las alimentan.
Cuando estoy llegando, compruebo que una gallina ha encontrado la forma de escaparse de la empalizada y está suelta. El humano siempre se enfada con las gallinas que se escapan, así que me dirijo hacia ella para atraparla y meterla de nuevo en su sitio y, así, evitar el malhumor del humano. Aunque estoy un tanto débil al llevar dos días sin comer nada, insisto en la persecución de la maldita gallina, que me está dando mucho trabajo el poder atraparla, ya que no hace más que ir de un lado para otro, evitándome. Así que me concentro en los movimientos que hace la gallina.
¡Por fin!. Menos mal que en un descuido que ha tenido, la he podido atrapar, porque estaba a punto de abandonar debido a mi fatiga. Estoy completamente exhausto. Así que me pararé un poco a tomar aliento. Para evitar hacerle daño a la gallina, la voy a dejar en el suelo sin soltarla de la boca, así podré descansar sin peligro de que se me escape.
¡Maldito perro, hijo de puta! ¿Qué haces con la gallina? ¡Suéltala!. Oigo decir al humano, que me está gritando desde la puerta de su casa. Yo sigo en la misma postura para evitar que la gallina haga algún movimiento y huya, pero pongo las orejas bien tiesas para oir las palabras de aquel hombre que suele darme de comer y beber y, muy de vez en cuando, algún golpecito en señal de cariño. Veo que tiene algo en las manos, es parecido a un palo largo, de color oscuro y con un agujero. ¡Suéltala o te doy un tiro, maldito perro! ¿Pero si la he cogido para ti, para que no te enfades? ¿Ahora quieres que la suelte y que se escape? Será mejor llevarla a su lado y dársela en la mano, quizás así se tranquilice.
Resuelto, me encamino hacia él, pero de pronto, oigo un ruido y noto un fuerte dolor en el costado que me hace soltar la gallina ¡Auuu!. Miro a mi alrededor buscando la causa de aquel intenso dolor, pero no hay nada ni nadie. Voy a lamerme para aliviarme. Así estoy un buen rato hasta que el dolor desaparece, aunque he notado que me ha salido un bulto en esa zona. En fin, uno más entre los que tengo.
Con la cabeza gacha, me dirijo hacia el árbol donde he pasado la noche, pensando que aquel humano no me va a dar de comer hoy tampoco. Yo sólo quería ayudarlo. ¿Porqué esos gritos? ¿Y el dolor, de dónde vendría? La cosa que tenía el humano fue la que hizo ruido y echó humo, ¿sería ella la causante del dolor? Creo que no, porque no se acercó a mí. Habrá sido algún insecto que me ha picado.
Como me aprieta el hambre, en vez de acostarme en mi improvisada cama, he decidido ir a buscar algo de comer. Lo que sea. Espero encontrar algún alimento alrededor del cercado de las gallinas, que era mi primera intención. Distingo en el suelo unos granos que he visto comer a los pollos, así que no me lo pienso y me lanzo a por ellos con todo mi apetito. Están secos y no saben a nada, pero mejor esto que el estómago vacío. Voy olfateando alrededor de la cerca con mucha ansiedad, yendo de un sitio a otro, esperando encontrar más alimento. Al cabo de un tiempo, desisto de ello, pues parece que ya no queda nada de aquel grano. Entonces me dirijo hacia campo abierto para comer amapolas y espigas verdes silvestres.
Ya he saciado a medias el hambre, al menos, lo que he comido, me ha calmado esos retortijones que sentía en el estómago. Ahora tengo sed. Así que miro hacia el abrevadero de los caballos y, como no hay ninguno bebiendo ahora, me dirijo hacia allí. No deseo encontrarme con ninguna de aquellas bestias, pues en una ocasión me patearon por acercarme a su comida, produciéndome una intensa cojera durante unos días.
¡Oh, vaya! Ahora viene uno de los caballos a beber, justo cuando me acerco yo. Le ladro con todas mis fuerzas para quejarme y hacerle comprender mi malestar, aunque el caballo no me presta la menor atención, yo insisto y le ladro un poco más. ¡Cállate, joder! Oigo que me grita el humano. Decido hacerle caso, así que me callo y me siento a la espera de que el dichoso animal termine. Mientras espero, miro a mi alrededor y veo una mariposa revoloteando. Es tan tentador el ir tras ella, que decido hacerlo y olvidarme por el momento del agua. Y ahí estoy, trotando detrás de aquel insecto, dando saltos e intentando cogerla con las patas o con la boca, aunque la muy condenada se resiste, y vuela un poco más alto para evitar que la alcance y se dirige hacia una zona de zarzas, lo que ocasiona que varias espinas se me hinquen en las patas, y de esa forma consigue que desista del intento. Desalentado por el fracaso de la caza, dirijo mis pasos hacia el abrevadero, donde el caballo ya ha terminado de beber y ha dejado el sitio libre para mí. Me lanzo en una veloz carrera hacia aquel lugar, no vaya a ser que a algún otro caballo se le ocurra la idea de ir allí. Por suerte, ninguno ha sentido la necesidad de beber, así que puedo hacerlo con tranquilidad. Y me dedico durante unos segundos a saciar mi sed.
¡Uf, que bien me he quedado! Al entrarme ganas de orinar, intento olfatear algún rastro de olor de alguna vez que lo haya hecho por aquí. Busco desesperadamente, pues la necesidad de orinar es muy fuerte, y, como no encuentro nada, me paro ante un matorral y le dejo todo lo que a mí me sobra. Es entonces cuando oigo el silbido con el que el humano mayor me suele llamar. ¡Igual quiere jugar conmigo, como cuando era cachorro!
No me lo pienso y voy corriendo hacia allí. Cuando cruzo un seto, veo que el humano está cerca de las cuadras y, me dirijo hacia él a toda velocidad. Compruebo que no lleva nada en las manos con lo que pueda hacerme daño, así que cuando llego a su lado, alzo las patas hacia su pecho para indicarle que estoy muy contento de que decida jugar conmigo. Le muevo el rabo con todas mis ganas indicándole mi alegría. Sin esperarlo, el hombre me grita algo que no entiendo y me da una patada en el pecho que me deja sin respiración. El dolor es intensísimo y cualquier intento por respirar es un sufrimiento para mí. Me tiro al suelo, intentando encontrar una postura que me permita respirar sin que me duela mucho. Me pongo boca arriba y consigo respirar, con mucha dificultad, pero ahora sí entra aire en mis pulmones.
¡Maldito perro, pues no ha intentado atacarme, el muy cabrón! Oigo al hombre y no lo entiendo. Yo sólo acudía a su llamada. ¿Y expresar mi alegría por verle es atacarle?. De verdad que no comprendo a estos humanos. Tienen una forma de ser muy complicada. No son coherentes. Creo que algo en su evolución falló, porque su mente está enferma.
Poco a poco me voy recuperando. Todavía sigo tendido en el suelo ya que el dolor es aún muy intenso. Puedo ver que el hombre va a las cuadras y, tras unos segundos, sale con algo parecido a una cuerda, pero no es flexible, es rígido y de color gris claro. ¡Ah, ya sé lo que es! Eso lo utiliza en las cercas para que los animales no se escapen. Lo llaman alambre. Viene hacia mí, hablando en voz tan baja, que no entiendo lo que dice y sin dejar de mirarme.
Intento incorporarme para recibirlo. No puedo hacerlo, me duele mucho el pecho y el conato me ha producido tos y más daño.
El hombre está ya a mi lado, desenrollando el alambre. Ha partido un buen trozo del rollo que traía y lo ha depositado en el suelo, cerca de mí. Yo no hago más que mirar sus movimientos, intentando saber lo que pretende hacer. Aunque el esfuerzo me ha producido un ligero mareo, sigo sin perderlo de vista. Ha vuelto a entrar en las cuadras con el rollo de alambre, lo que aprovecho para un nuevo intento de ponerme en pie. Nada, no puedo. Sigue el dolor y la cabeza me da vueltas, girando y girando sin parar, lo que provoca que tenga que cerrar los ojos para aliviar esta sensación.
Creo que el tiempo se ha parado. Parecer ser que ha decidido hacer un alto para provocarme aún más angustia. Lo sé, es sólo mi imaginación, pues han pasado dos minutos desde que el humano me golpeó con tanta violencia.
Ya sale de nuevo y dirige sus pasos hacia mí. Toma el alambre del suelo, hace un nudo, y me lo pasa por el cuello, a continuación, toma mis cuatro patas con una mano mientras que con la otra las anuda de dos en dos con el alambre. Me ha apretado muy fuerte el nudo y cualquier movimiento me produce un poco de dolor, así que me voy a quedar muy quieto para evitar todo tipo de malestar.
¡AUUUU!
Me ha cogido en brazos sin ningún miramiento, produciéndome tal daño, que no he tenido más remedio que gritar. Mi corazón se va a desbocar. No sé qué pretende este hombre haciendo esto, pero estar inmovilizado no es nada agradable.
Me tira en la parte trasera de su camioneta, produciéndome otro intenso dolor y provocando que grite de nuevo. Mi pánico es tan grande, tan intenso, que cualquier movimiento ocasiona que grite. El hombre no hace más que decir que me calle, que soy un maricón de perro, pero yo ya no me puedo controlar. TENGO MIEDO, MUCHO MIEDO. Mi cuerpo reacciona y me pongo a temblar, con tanta violencia que el alambre me está hiriendo.
Después de unos pocos minutos, la camioneta se para. El hombre sale y abre el portón trasero. Toma con sus manos la parte del alambre que va desde mi cabeza a las patas delanteras y me arrastra. De nuevo grito de dolor y pánico, lo que provoca que el hombre me golpeé con violencia en la boca. Intento morderlo, pero las ataduras impiden moverme con libertad y fallo la intentona. Esto provoca una nueva reacción de violencia en el humano, que toma el alambre y me saca del coche asiéndolo por él, lo que ocasiona que el alambre se meta en mi piel de cuello y patas.
¡AUUUU!
Un nuevo alarido me sale de mis entrañas. ¿Cuándo va a parar este dolor? ¿Cuánto tiempo más me va a maltratar este animal?
¡Me ha colgado de un árbol! El alambre me está ahogando y lucho todo lo que puedo por librarme de él, pero no lo consigo. Sólo me hago más daño.
Oigo que el hombre sube a su vehículo y se marcha.
¡Por fin!
Ahora debo intentar tranquilizarme. Dejar mi mente en blanco, no pensar en lo que ha sucedido, para así poder liberarme del miedo y pueda pensar con todos mis sentidos el siguiente paso que debo dar.
Ahora ya respiro más pausadamente y mi mente no está embotada. Debo intentar moverme y tratar de quitarme estas ataduras. Ya está de nuevo aquí el dolor. Las intentonas por soltarme están produciendo que la herida de la cabeza sea cada vez más grande y más dolorosa, pero creo que estoy consiguiendo mover el alambre, porque lo tengo ya por la oreja derecha. Voy a probar de nuevo, por si consigo zafarme. ¡AUUUU! ¡Qué dolor! Se me ha desgarrado la oreja y me he producido un corte muy profundo en el cuello. Creo que estoy perdiendo sangre, noto algo caliente por el pecho.
Estoy muy cansado, casi no tengo fuerzas para tener los ojos abiertos. Los voy a cerrar un momento para descansar.
Oigo voces de humanos. Se están acercando. ¡Otra vez, no! ¡Ya basta!.
¡Pobre perro!¿Pero quién ha podido hacer esto?. Es una mujer la que ha dicho eso, aunque hay alguien más con ella, ya que percibo dos olores distintos. Ya no noto dolor y estoy cada vez más cansado. Haciendo un esfuerzo, consigo abrir los ojos y veo que me están trasladando en brazos. Miro a quien me lleva y compruebo que hay como gotas de agua en sus ojos que caen sobre mi pecho, parece que esté llorando. Y oigo a la otra persona decirle que se dé prisa, que le queda poco. ¿Le queda poco, a quién? Me da igual, yo voy a cerrar los ojos y descansar, mis fuerzas me están abandonando a marchas forzadas. Ya no siento nada, me encuentro tan bien, que no me importa quedarme así para siempre.
II
Hace ahora quince días que me trajeron a este recinto donde estoy. Según parece me han operado las heridas del cuello y me han reconstruido la oreja. El lugar donde vivo actualmente es muy reconfortante, porque estoy rodeado de perros y gatos. A mí me dejan campar por todo el recinto. Recorro toda la instalación sin que me pongan límites. Los humanos que hay aquí son muy distintos al del lugar donde estaba antes. Estos juegan mucho con nosotros, nos acarician y nos dan de comer dos veces al día. Esto es lo más parecido a un hogar que he tenido en mi corta vida. Estoy muy contento de estar aquí.
En estos momentos estoy un poco ansioso porque llegue una mujer que me saca a pasear por los alrededores. Trae con ella a una perra con la que me llevo muy bien y juego mucho. Hace dos días me llevó a un sitio con mucha agua donde nos encontramos con otros perros y estuvimos casi todo el día jugando y comiendo. Fue muy divertido. Aunque yo me encontraba un tanto preocupado porque había muchos humanos y no sabía muy bien cómo comportarme. Era reticente a tener contacto con ellos, pero al poco tiempo me demostraron que no tenía nada que temer, así que me fui acercando hasta que los fui saludando uno a uno y, todos, me recibieron fenomenalmente. Desde que volvimos de allí, he estado pensando en esos agradables instantes que pasé en ese sitio.
Me parece que ya está aquí la mujer que me saca a pasear. ¡Si, es ella! ¡Y trae a la perra! Qué alegría me da verlas a las dos. Sólo tiene palabras de cariño para mí y me trata siempre tan bien, acariciándome a cada instante, con lo que me gusta que me hagan eso.
Acaba de ponerme el collar con el que me saca a pasear, estoy súper contento, me pongo sobre las patas traseras y le cojo el cuerpo con las delanteras y ella se deja. No me dice que me baje, sino que me toma ella de las manos y las aprieta con las suyas. Es fantástico, por fin estoy en un sitio donde parece que me quieren.
¿Sabes una cosa Turky? Me dice llamándome por el nombre que me han puesto en este recinto. Ya no me llaman ¡maldito perro!.
¡Hoy te vas a venir a vivir conmigo, a mi casa, que va a ser la tuya desde hoy! ¿Quieres?
¿Qué si quiero? ¿Y me preguntas que si quiero? ¡Claro que quiero! He deseado toda mi vida tener un hogar, un verdadero hogar donde poder convivir con los humanos y jugar con ellos y, trabajar para ellos. Como no te puedo decir esto con palabras, me alzo sobre mis patas y te doy un lametón, que viene a ser lo mismo. Espero que lo entiendas.
Verdaderamente este es el día más feliz que podía desear. Tengo un hogar donde me quieren y donde voy a convivir con otros animales y, además, es el día que vuelvo a creer en los humanos. Es el día, en el cual, me gustaría ser humano, para decirles con palabras todo lo que siento, para hacerles partícipes de esta felicidad tan grande que me acaban de regalar.
¡Mil gracias por querer ser mi AMA! ¡Mi auténtica AMA!
Autor: GABRIEL RUIZ DEL CASTILLO
NOTA DEL AUTOR: Este relato está basado en hechos reales. Aunque todo lo aquí relatado no ocurrió así, sí es cierto que Turky, es un perro de aguas español que fue encontrado agonizando colgado de un árbol, en un pueblo de Sevilla. La señora que lo localizó, lo llevó a Parque Animal de Torremolinos para que fuera tratado y cuidado. A las tres semanas de su ingreso en dicha Asociación, fue adoptado por Ana Maria Ariza Guillen, mi querida esposa.


